Elogio de la vida intensa

Córdoba. Libro de los pasajes | Por Diego Tatián

Popularizado por Luciano de Samosata, el “diálogo de muertos” fue un género recurrido en la Antigüedad, que se extiende hasta autores más recientes, como el poeta norteamericano Edgar Lee Masters en su “Antología de Spoon River”, el chileno Juan Rafael Allende -quien escribió una novela con el lindísimo título: “Cosas de los vivos contadas por los muertos”- o el propio Borges, en una página en la que hace dialogar a Rosas y Quiroga. Pero más extendido aún, hasta el punto de que es posible definir a la cultura misma de ese modo, es el diálogo “con” muertos que practica cualquiera que lee. Algunos, como Maquiavelo, advirtieron esa semejanza entre un cementerio y una biblioteca. La mayor utilidad del diálogo con muertos se revela a quienes están vivos en la pregunta ¿cómo orientarse en tiempos oscuros?

Pero hay diálogos con quienes ya no están que no se producen tanto a través de la lectura como por la memoria de una oralidad. Aunque no hayamos conocido sino de manera fragmentada y apenas episódica los “decires” de esa persona, en un momento preciso se entabla un diálogo imaginario con ella sin que nada antes hubiera permitido presumirlo. Hay seres, en efecto, cuya memoria ofrenda un enigma y una claridad al mismo tiempo; seres que se imponen cuando la pregunta sobre cómo afrontar tiempos oscuros apremia.

El largo pasaje por Córdoba de María Saleme no fue previsto de ese modo. “Me vine a Córdoba por dos años y se hicieron cuarenta”, dijo una vez. Tucumana de nacimiento, había llegado a enseñar en la Facultad de Filosofía y Humanidades (como “extranjera”, remarca Adela Coria en su bello libro “Tejer un destino”) en 1956, al mismo tiempo que el español Juan Larrea. Con apenas 37 años, había llevado una vida intensa y colmada de experiencia no solo académica, sino también política y militante. Se formó e inició en la docencia universitaria con Rodolfo Mondolfo, Tenato Treves y Silvio Frondizi, al tiempo que desarrollaba la que era quizá su vocación más entrañable: la educación popular, la alfabetización de obreros y campesinos de pueblos originarios.   No comulgó con la universidad peronista y fue separada de su cargo, entre otras cosas por negarse a llevar luto tras la muerte de Evita. Fue otra vez expulsada en 1966, lo que le permitió continuar su tarea de alfabetización en México y luego volver a las aulas cordobesas con la primavera camporista.

En la madrugada del 24 de marzo de 1976 fue secuestrada de su casa junto a su familia. El cuerpo de su compañero, el editor Alberto Burnichon, apareció algunos días después con siete balazos. María debió dejar nuevamente la universidad y trabajó de lo que pudo para sobrevivir: como empleada doméstica y como cuidadora de ancianos, entre otras labores. Volvió a la Facultad de Filosofía de Córdoba tras la dictadura, y fue elegida decana. Quería mucho a la Facultad, la consideraba su casa: “Para mí es muy importante este lugar donde he visto destruir y crecer a los árboles, y destruir gente”. Allí dejó una estela hermosa y una marca fundamental en varias generaciones de importantes pedagogas y pedagogos que llega hasta hoy y continuaron su legado.

La de María Saleme fue una pedagogía de la insumisión, conducida por un socratismo en acto que aprendió de su viejo maestro Mondolfo. Desestimó la obediencia a la autoridad intelectual por considerar que impide el pensamiento, que es de lo que se trata. Tal vez haya sido ese el principio más inconmovible de su práctica docente, lo que la hizo una mujer de palabra, en el sentido más hondo. Más allá de algunos artículos, su único libro se llama “Decires”. Contiene prólogos, conferencias, entrevistas y diálogos.

La sabiduría de María Saleme tenía algo antiguo, abrevaba en la potencia de la oralidad y del silencio. “He recuperado muchas veces el silencio, pero yo soy más bien el silencio” dijo en una intervención.

He pensado muchas veces y pienso ahora en ese silencio, y en las pocas palabras que le oí decir. No tuve la fortuna de ser su estudiante. Me acompaña sobre todo un diálogo casual, en la verja de su casa que, como la que habitó de niña, quedaba en una calle de tierra. Éramos vecinos. Al verme pasar me llamó para decirme que había leído algo que yo escribí. Por la precisión de sus observaciones, era obvio que lo había hecho con mucha atención y me lo comentaba ahora con parsimonia y exquisita gentileza. Me dijo también que no dejara de ir a verla siempre que pudiera, solo para conversar. ¿Solo? La conversación era para ella, presumo ahora sin que en su momento haya entendido la importancia que su invitación revestía, el acto más intensamente político. Después no volví a verla ya nunca más; al poco tiempo murió.

¿Cómo orientarse en tiempos oscuros? Es por relación a esa pregunta que tienen sentido los maestros, aunque basten unas pocas palabras o unos pocos gestos sin ostentación para que podamos sentirlos como tales. La transmisión que marca una vida, en efecto, es siempre misteriosa y a veces se vale de la brevedad. Muchas personas que resguardan la confianza en que la educación puede cambiar la vida de la gente y volver más libre a los seres humanos, mantiene un diálogo ininterrumpido con su palabra y su silencio. Como si se tratara de un raro tesoro conservado en la memoria de quienes la escucharon, la vieron enseñar, la vieron vivir y, sin jamás advertir en ella siquiera una queja, la vieron resistir la adversidad de los tiempos con palabras esenciales guardadas en su poderoso silencio.

 
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