“Jardín salvaje”, de Leonor Mauvecin

Poesía | Por Leandro Calle

En este año tan particular debido a la emergencia sanitaria, la poesía ha decidido permanecer en su habitual combate. Detrás de ese combate están los escritores, los lectores y, fundamentalmente, los editores, que tienen que redoblar apuestas en estos duros tiempos económicos. “El mensú ediciones”, acaba de publicar dos hermosos libros de la poeta cordobesa Leonor Mauvecin: “Jardín salvaje”, y “Postales de otoño”.

Leonor, de reconocida y larga trayectoria en nuestra ciudad como poeta y como tallerista, sigue construyendo a lo largo de estos años una obra concisa y madura. Nos detendremos en “Jardín salvaje”, libro que, si bien fue editado este año, lleva ya bastante tiempo de maduración en manos de la autora.

El título es casi “oximorónico”, quiero decir, que pareciera indicarnos esa figura literaria que, reuniendo los opuestos, crea un concepto nuevo. Un jardín, aparte de ser una metáfora de la belleza creada, es también domesticación de la naturaleza. Un jardín concibe de algún modo un orden, un cosmos trabajado sobre el caos natural del mundo, más allá de que todo caos tiene por supuesto su orden y el poeta lo sabe. “Jardín salvaje” manifiesta entonces dos aspectos de la belleza: la belleza de la creación humana (el jardín) y la belleza que nos ofrece la naturaleza (lo salvaje). Un jardín es algo que se debe cuidar. Lo salvaje siempre acecha, está ahí a la orden del día, con sus yuyos, sus hormigas y pequeñas especies que atentan contra el ordenado mundo de la belleza humana. Lo salvaje en manos del ser humano muchas veces se convierte en paraíso, edén, ensoñación.

La tensión entre naturaleza y creación humana, entre belleza natural y belleza humana es la que genera una tercera composición: el jardín. Y de algún modo todo jardín es salvaje en su latencia. Me atrevería a decir que el poema, es un jardín salvaje.

El libro se encuentra atravesado por el factor tiempo. Hay una conciencia resignada ante la contingencia humana. Es entonces el momento en el que el pasado vuelve y los recuerdos se amalgaman con el olvido. El futuro está presente, pero sobrevolando siempre la interrupción de la existencia. Por eso, la presencia actual del poema, el hoy, se convierte en momento sustancial: “Hoy, que nunca fue ayer/ busco algún septiembre./ Aunque sé que es abril/ y el otoño inevitable/ deshoja toda primavera./ Hoy/ que nunca más será mañana/ y acaso sea invierno/ guardo entre los libros/ algún pétalo.”

Ese “otoño inevitable” aparece más de una vez y se conecta al mismo tiempo con el libro “Postales de otoño”. No es un lamento. Es la constatación serena del paso del tiempo, la aceptación. Leonor teje una atmósfera poética con la calidad a la que ya nos tiene acostumbrados. Uno pasea por este jardín y se maravilla ante cada resultado. Sin embargo, en cada rincón acecha lo salvaje con su porción de muerte.

La poeta sabe manejarse en estas lides. Por eso nos advierte y en la perfecta geometría que domestica lo salvaje deja entrever una fisura, una grieta por donde todo cobra sentido: en el poema “Mantra” hacia el final del libro: “El sonido que recorre mi cuerpo/ y envejezco”. Todos envejecemos y cuanto más pasa el tiempo, el verso de Darío se hace cada vez más luminoso: “Juventud, divino tesoro…”.

Lo cierto es el paso del tiempo; pero también es real la poesía y el acierto de esta tensión entre el jardín y lo salvaje. Dice el poeta griego Yorgos Seferis: “el fresco jardincito que cambiaba de forma, crecía y decrecía; / cambiando como nosotros mientras mirábamos la forma de nuestro deseo y de nuestro corazón…” (Traducción del poeta platense Horacio Castillo).

Recorrer el jardín salvaje que es este libro nos vuelve dichosos. Alcanzamos a distinguir el jardín de la infancia, el del amor, de la familia, aquel del pensamiento meditativo, también el posible de la muerte.

La segunda sección es la que da título al libro, y probablemente haya sido el núcleo primero en la génesis del poemario. Esa segunda parte, manifiesta un erotismo sublime desde el primer poema:

Crecen langostas voraces

debajo de mi piel.

Y una serpiente oscura

se enredó en el pelo.

En el jardín

el pasto crece en matorrales

y las hormigas devoran los geranios.

Mientras la noche

abraza el sonido de los grillos

y miles de chicharras perforan el oído

una araña

desova entre mis piernas

hermosos huevos azules”.

Jardín salvaje es el poema. Leonor, que allí trabaja la poesía (esa salvaje) desde hace mucho tiempo, conoce la tensión que produce la belleza. Este libro es fruto no de haber domesticado a la salvaje poesía, sino, tal vez, de haberse dejado empapar de su misterio.

 
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