Apantallados

Medios y política | Por Silvia N. Barei

Seguramente, todos recordamos “Casa tomada”, el cuento de Cortázar: se publicó por primera vez en 1947 y después fue recogido en su libro “Bestiario”, de 1951. Dicen que Cortázar se basó en una casa de Chivilcoy -todavía en pie- en la que unos extraños e invisibles invasores acaban por instalarse y los hermanos que viven allí tienen que irse; nunca averiguan quiénes toman la casa, y la naturalidad con que lo hacen resulta inquietante. Más que inquietante, hay algo del orden de lo indiferente que se vuelve perverso y casi patológico, algo distorsionado, desencajado, que es a la vez destituyente.

Des-encajado es la palabra perfecta, algo que no se ajusta bien, y que en este momento asocio a esa caja plana que es la pantalla de nuestros dispositivos electrónicos, que, según el contenido, se vuelve imagen que repulsa y fascina al mismo tiempo.

Un video porno interrumpe una lectura de poemas. Una escena íntima se muestra grosera y grotesca en una sesión virtual parlamentaria. Una mujer pasa desnuda lentamente por detrás de un profesor que da clases.

Las pantallas se nos han hecho familiares, no diría acogedoras, porque es mucho, pero sí un espacio que por estos días se ha vuelto una sincronía lineal que marca nuestra cotidianidad. Más que una herramienta, ahora es prácticamente una necesidad cuya utilización nos vincula al entorno de la manera en que, en cuerpo presente, la pandemia no nos deja hacer.

Hace más de 80 años, en la misma época en que Orwell escribía su brutal distopía tan actual, Walter Benjamin hablaba del valor exhibitivo de la obra de arte; analizaba la transformación de su función de deleite, antes dirigido a una élite ilustrada, en una diferente apropiación estética por la cultura popular. Sobre todo por el cine, puerta de ingreso a la cultura audiovisual. En estos días cuando parece haberse desplazado esta función a la vida cotidiana, tal vez porque no estamos hablando de arte, sino simplemente del valor exhibitivo que adquieren los cuerpos en las pantallas: el flujo del mundo, en imágenes que muestran todo según la lógica del desparpajo y las posibilidades de la técnica.

Todo se expone, todo se mira, todo se exhibe, todo se ve, todo se graba, todo se espía, no porque sea material sino porque puede subirse al “aire”. O tergiversando a Marx y Engels, todo lo sólido se aparece en el aire. Como si todo lo que circula, incluido lo íntimo, lo obsceno, lo reprimido, lo escabroso o lo torpe esperasen su oportunidad para colarse entre los intersticios de lo que debiera estar obturado, y se proyectasen en una superficie que, por un momento, parece rellenar el hueco e igualarnos a todos con la forma más explícita del exhibicionismo.

Un afuera procesado por algoritmos y un adentro (íntimo) sometido a la mirada de todos, pagando este interior el precio de convertirse en espectáculo y mercancía. Y es así por el poder de la repetición: encontramos circulando en nuestras pantallas los memes paródicos copiando, exagerando y reescribiendo escenas de los más insólitos y a la vez conocidos personajes, de Madame Bovary hasta los Simpsons, de Rembrandt a Madonna, de los frescos de Pompeya a las conejitas de Playboy.

Más allá de las intencionalidades o los supuestos descuidos, el mundo de lo privado, de lo íntimo, parece haberse transparentado en el ácido de las pantallas. Gestos, poses, cuerpos, rostros irrumpen la “normalidad” plana donde las imágenes, para decirlo en términos del filósofo coreano Byun-Chul Han “no se pueden velar. Por su esencia misma son transparentes. Tan solo tienen que estar dadas. Rechazan toda metáfora, todo revestimiento velador. Hablan directamente”. Es decir, traen a un primer plano visual lo que no mostramos públicamente ni funciona políticamente como “correcto”.

Lo que debería ser secreto, o al menos discreto, irrumpe en la imagen que se repite luego al infinito en tantos dispositivos que ni el mismo Alan Turing hubiese imaginado.

Tenemos explícitamente aquello que es del orden de lo íntimo (las relaciones sexuales de una pareja) o del orden de lo escabroso y tabú (las escenas pornográficas que esconden una violación). Cómo diría Gruner, hay siempre una figura que desarmoniza, quiebra, fragmenta aquella especie de extraña normalidad con que compartimos ahora la lejanía con otros. Y, sin embargo, los avatares de la técnica lo permiten: hay un desborde que la misma tecnología exacerba, un movimiento de pulsión que irrumpe nuestro descuidado discurrir, una manipulación de la afectividad que se acopla perfectamente a la experiencia del sujeto posmoderno.

Con más o menos buena voluntad, con más o menos humor o tolerancia, con más o menos grado de compromiso según la seriedad de la actividad que realicemos, las pantallas constituyen ahora terreno de nuestra experiencia laboral, amical, fraternal, amorosa y hasta odiosa. Del otro lado están nuestros colegas, compañeros, amigos y parientes. Pero qué pasa cuando ese terreno de experiencias que nos mantiene cerca y a la vez separados de los otros, casi como en un compartimento cerrado, convoca, de manera pública, a aquello que pertenece al plano de lo personal más recóndito. Aquello que desarmoniza la experiencia sin ninguna profundidad -y también sin ningún pudor- y pone al desnudo la intimidad como si esto fuera realmente “la nueva normalidad”.

No se trata de pacatería, falsa moral o arqueología luterana, porque no es lo mismo erotismo que pornografía, no es lo mismo exhibicionismo que dandismo posmoderno, no es lo mismo ser un analfabeto digital que ser un desubicado apantallado. Porque el daño no es solo gravemente personal. En los casos que nombré, la matriz machista y patriarcal tiñe todo engranaje y se hacen visibles las condiciones que enfrentan desamparo y poder y cuyos efectos multiplicadores nadie puede ya predecir o controlar.

Suele decirse jocosamente que del ridículo no se vuelve. Y ya sin ningún humor, menos se vuelve del daño político, del daño a la vida de la polis, a la vida juntos. Ni qué decir del daño moral y su entramado social, la “casa tomada” que no hemos podido defender por no ver la diferencia entre experiencia privada y pobreza de la experiencia exhibicionista en la que parece reinar un sujeto adicto a las pantallas, apantallado, destituido de su responsabilidad de pertenencia a una comunidad.

 
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