Vidas paralelas

Córdoba. Libro de los pasajes | Por Diego Tatián

La madre y el padre de Gumersindo Sayago eran docentes en Santiago del Estero. Gumersindo nunca hubiera venido a Córdoba de no haber contraído tuberculosis, enfermedad que marcaría su vida para siempre. Se estableció en La Estancita para curarse, y poco después comenzó sus estudios de Medicina. Junto a Ismael Bordabehere y Enrique Barros fue uno de los dirigentes estudiantiles de 1918, firmante del “Manifiesto Liminar” que Deodoro Roca había redactado con indignación sagrada. La intensidad de la revuelta reformista dio origen a su pasión científica y social.

En el Congreso de Estudiantes Universitarios, que se reunió en el Teatro Rivera Indarte ese año, propuso crear la Casa del estudiante tuberculoso, y poco después publicaba “La tuberculosis en la Provincia de Córdoba”. Más tarde, su trabajo en el Hospital de Clínicas o en el Tránsito Cáceres, y la enseñanza en la UNC, fueron la base donde se gestaron sus contribuciones al desarrollo de la tisiología. Organizó congresos, fundó sociedades científicas y creó revistas para la investigación médica. Tan grande fue su aporte en el campo de la tisiología -hoy cuidadosamente estudiado por los historiadores de la medicina-, que la “escuela Sayago” adquirió un renombre internacional. El Dr. Sayago fue, así, requerido por investigadores y centros de salud de Italia, Austria, Checoeslovaquia, Suecia, Alemania y Francia, países que recorrió con propósitos científicos en 1926. Dispensarios rurales de América Latina y cátedras universitarias llevaron su nombre, y lo hacen hasta hoy.

Su paso por Córdoba dejó muchas marcas, científicas y políticas. En realidad, ambas cosas iban juntas en su manera de concebir el mundo; fue, en efecto, uno de los principales impulsores de la medicina como práctica social. En 1946 apoyó a la Unión Democrática; durante el peronismo fue nuevamente separado de la cátedra (ya había sido expulsado de la Universidad tras el golpe de 1930), que le será restituida en 1955 y que ocupó hasta su muerte en 1959.

Era el clínico de don Manuel de Falla cuando el compositor murió en 1946, y uno de los impulsores de la escultura en su homenaje, que realizó el español Vicente Torró Cimó para su instalación en el Parque Sarmiento. Imagino una extraña sintonía entre el médico santiagueño y el músico gaditano, que excedía el cuidado de la salud y se extendía en largas conversaciones al caer la tarde en la casa de Alta Gracia, donde quizá don Manuel le interpretaba algún fragmento de la “Atlántida”, que componía por entonces. O departían al caer la tarde sobre la mejor manera de proteger los árboles de las plagas que estropeaban la fruta. Si existieron, el tiempo se llevó esas conversaciones para siempre.

Santiagueño como Sayago, aunque más joven que él, Ramón Carrillo murió antes, exiliado, en 1956. Ambos tenían una idea similar de la medicina, una idea que atribuía un origen social a la enfermedad y asimismo una concepción social de la salud. Carrillo escribió: “Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios como causa de la enfermedad son unas pobres causas”. El campo de su interés original había sido la neurología, como el de Sayago el de la tisiología. Sus estudios los cursó en Buenos Aires, donde se graduó en 1929. Como Sayago, recorrió Europa durante varios años, e investigó en centros de salud con científicos destacados. Al regresar de su viaje adscribe a las corrientes antiimperialistas y traba amistad con Manzi, Discépolo, Scalabrini Ortiz, Jauretche, y otros artistas que dotarán al peronismo de una relevancia cultural que le retaceaba la mayoría de los intelectuales argentinos.

En 1946, Perón lo designó frente a la Secretaría de Salud Pública, poco tiempo después convertida en Ministerio. Su gestión fue la puesta en práctica de una concepción de la medicina como un derecho público orientado por la gratuidad, y enfatizó la reforma social como el modo más eficaz de erradicar las enfermedades. En efecto, “la mala vivienda, la alimentación inadecuada y los salarios bajos -escribió- tienen tanta o más trascendencia en el estado sanitario de un pueblo, que la constelación más virulenta de agentes biológicos”. Los índices de disminución de enfermedades gracias a sus años de trabajo durante el peronismo fueron impresionantes. Incluida la mortalidad por tuberculosis, en la que desde hacía años tanto trabajaba en Córdoba su colega coterráneo, con quien quizá nunca llegó a conversar. Tampoco sabemos qué pensaba uno del otro, aunque podemos presumir una mutua antipatía.

Cuando se produjo el golpe de Estado de 1955, la dictadura expropió la biblioteca del Dr. Carrillo y su casa fue saqueada. Se lo consideró “prófugo” y debió permanecer exiliado en Brasil. Enfermo, murió un año más tarde. Los hospitales impulsados por él que estaban a medio construir quedaron abandonados, como un extenso complejo de hospitales infantiles o la ampliación del Borda. Emblemático fue el abandono del centro de salud que hubiera sido el más grande de América Latina, conocido como el “Elefante Blanco” de Villa Lugano, cuya estructura fue finalmente demolida en 2018. Se había previsto establecer allí un centro con especialidad en el tratamiento de la tuberculosis. De haber sido diferente la historia, la “escuela Sayago” quizá hubiera podido encontrar en el Elefante Blanco las mejores condiciones para terminar con la tuberculosis de manera definitiva.

De haber sido diferente la historia, en alguna dimensión imaginaria del tiempo, estos dos santiagueños políticamente enfrentados -reformista uno, peronista el otro- tal vez hubieran conversado y coincidido sobre la manera de combatir científica y socialmente las enfermedades que diezmaban a las clases populares argentinas, además de recordar veranos tórridos y las mismas noches provincianas bajo las que fueron niños. La cultura política de la Reforma y la sensibilidad social del peronismo hubieran dado lugar a algo que nunca sabremos qué es.

 
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