La balada y el tiempo

Con el misterio entre los dientes | Por Nicolás Jozami

Estas últimas semanas asistí como docente a exámenes virtuales finales -y por ende al egreso o “recibida”- de dos de nuestros estudiantes de la modalidad de adultos en el colegio secundario donde trabajo. Las materias que debían rendir eran Inglés y Lengua, respectivamente. La sensación fue extraña al final, cuando les dijimos su nota, tras desconectarse un momento y volverse a conectar para saber el resultado; ambos estudiantes, a su turno, mirando y agradeciendo a cámara, se tomaron la cabeza y felices (diría más bien, descomprimidos) nos comentaron lo que les había costado llegar hasta ahí, los obstáculos que sortearon, y a su vez lo que les esperaba y lo que tenían pensado hacer ahora que habían finalizado esta etapa, ya que hacía unos años que debían estas materias y no encontraban el momento para rendirlas. Esa foto representa el momento transitado y la alegría por llegar a una meta, sobre todo en estos tiempos. Fue un instante, una epifanía que condensó tanta experiencia y tanto ir y venir en el tránsito escolar. Esto me llevó a pensar -aunque sé que la incertidumbre lo cubre todo- con qué comenzaría (o se podrían comenzar) las clases presenciales el año que viene, o cuando vuelvan.

La literatura -y en este caso la poesía- posee condiciones para explorar este tipo de cuestiones, me refiero a la indagación humana en medio de una zozobra generalizada. Seguramente las otras asignaturas y disciplinas también las poseen, pero entiendo que el arte logra, como pocas otras cosas, frenar la pelota, suspender el movimiento mundano, (“Paren el mundo que me quiero bajar”, y vaya mi mini homenaje a Quino) y hasta la credulidad en el miedo y la insatisfacción.

Es así que, pensándolo, en el aula comenzaría hablando sobre el tiempo. Sobre lo que es un año en la vida de una persona. ¿Qué es un año en la vida de alguien? ¿y qué prioridades están antes respecto a lo que deberíamos hacer en el tiempo, momento o año deseado y que, por circunstancias que nos exceden, no logramos hacer?

La discusión entre “año escolar perdido” y “año escolar salvado” está a la orden del día; la confusión no parte desde dentro de las instituciones escolares, sino desde el acomodamiento exterior al nuevo escenario, nuevísimo, en torno a cómo continuar con las clases. En medio de ese torbellino, el tiempo pasa, transcurre, y por eso entiendo necesario hablar del tiempo. Adelanto aquí lo que sería -o me gustaría que fuera- el tema de mi clase.

En cuanto al qué dar, pediría que leyéramos entre todxs la “Balada del viejo marinero”, de Samuel Taylor Coleridge, poeta romántico inglés del siglo XVIII. No me detendré -ni detendría en clase- en la inscripción romántica del poeta, ni en los recursos estéticos o las formas en las que el poema se sustenta; solamente buscaría echar luz en el tema, la zona temática sobre la que se construye la historia del poema, y que es la siguiente: un invitado a una boda es detenido -antes de ingresar a la iglesia- por un anciano marinero de barbas grises, quien le narra la terrible y hasta demencial historia marina que vivió con tripulantes en un barco arreciado por una tormenta demoníaca, donde no faltan criaturas reptantes, eventos meteorológicos difíciles de describir, así como visiones de hombres, mujeres, santos y animales que rodean la arquitectura verbal y enfáticamente compungida del marinero.

He allí lo que muestra el poema. Voy al tiempo, nuevamente: el invitado a la boda es detenido y queda atrapado, detenido en su discurrir temporal, en lo proyectado, embelesado por la fuerza del relato de un desconocido. El invitado a la boda “no va” a cumplir lo que tiene premeditado; queda trágicamente obnubilado, escuchando y preguntando. Creo que la balada tiene esa especie de burbuja dentro de la burbuja, ya que no olvidamos en su lectura que hay efectivamente urgencias del que escucha (que somos nosotros, en fin, los invitados a la boda de la cotidianeidad y de la rutina), y que deja de lado para someterse de la mejor forma a lo que surge, ya que -no es un dato menor- el marinero lo asalta justo antes de ingresar al evento social. “Él lo detiene con su ojo brillante/ El Invitado-a-la-Boda se queda quieto,/ Y escucha como un niño de tres años:/ El marinero hizo lo que quiso./ El Invitado-a-la-Boda se sentó en una piedra:/ No puede elegir sino oír;/ Y así le habla el hombre antiguo,/ El Marinero de ojos que brillan”, se lee en la primera de las siete partes del poema. El invitado llega tarde, o mejor pensemos que se “pierde” la boda, lo que tenía planeado hacer. Coleridge, de manera sutil, nos va recitando -dosificadamente- la aparición de la novia, roja como una rosa, algunos movimientos sobre lo que sucede en la boda, allá adentro, mientras el invitado queda inmerso en el trance de la visión que le narra el anciano.

¿Qué perdió? ¿Ganó algo? ¿Cómo se miden (temporalmente) las experiencias vitales, las que nos tornan capaces de comprender mejor nuestra realidad y la de los demás? De esto pediría que hablemos en clase, tomando como eje el poema. La pandemia, esto que sucede, es algo inmanejable, es el anciano marinero que con su mano huesuda aparece y nos detiene, pero no para dejarnos estáticos, sino para contarnos algo de lo que debemos sacar partido, docentes, estudiantes, comunidades educativas, en fin, lectores de Coleridge. Discutamos, claro, los mensajes mediáticos, los errores ministeriales, las decisiones gubernamentales en esta “tormenta inesperada” que se llama Covid-19, pero en el recreo. El poeta romántico cierra su balada diciendo del invitado que “un hombre más triste y más sabio/ se levantó a la mañana siguiente”.

Pongo un último ejemplo -lo pondría en clase- para que lo conversemos, un ejemplo criollo, cotidiano. ¿Qué pasaría si al novio de la boda, en el momento en que se produce el acto religioso, le dan ganas incontenibles de ir al baño? ¿A quién culpar de que sus tripas lo engañen, le jueguen una mala pasada? ¿qué juicio le hacemos a la Naturaleza? En el año escolar que transcurre en estas condiciones, podríamos dar cuenta de lo que debimos aprender a la fuerza, y no me refiero a los contenidos prioritarios, ya que en muchos casos esto desnudó las inmensas diferencias entre escuelas y escuelas; uno de esos aprendizajes, es que ante la inminencia de lo inesperado, descubrimos que los proyectos y objetivos que no se cumplen en el tiempo que deseamos, tienen otros secretos, donde a veces se esconde la magia y el trance de un inesperado crecimiento vital, sensible, y aunque remoto, social y empático.

El gesto de tomarse de la cabeza de nuestros estudiantes al dar su última materia cifró un momento que contuvo días y días, y a veces ausencias, de su trayecto en el período escolar. ¿Qué es la boda frente a relato del marinero que irrumpe? ¿Qué es un año en la vida de una persona, o más bien de un estudiante? Son los instantes en los que se produce la revelación del crecimiento, del aprendizaje, muchas veces, en momentos tan difíciles como estos. 

 
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