La tetralogía de las minúsculas

Literaturas lusófonas | Por Miguel Koleff

Contrariamente a lo que pauta la gramática, una obra literaria puede ser escrita con minúsculas. Esto nos lo hizo saber José Saramago cuando, en “El viaje del elefante” (2008), aplanó las diferencias entre los miembros de la corte de juan tercero para que estuvieran a la altura de los verdaderos personajes del cuento, el elefante salomón y el cornaca subhro, poniendo en evidencia que nadie vale más que nadie por más que se lo crea. Pero si el Nobel portugués se atrevió a este desafío limitándose a la transgresión de los nombres propios, su sucesor valter hugo mãe (también escrito en minúsculas) llevó el planteo a un plano infinitamente superior, no solamente escribiendo un texto de cabo a rabo con esa impronta, sino continuando con esa osadía en tres libros más.

Queda claro en esta voluntad conspirativa que, al entonces joven autor, no le interesaba apenas conjurar al poder como ponerlo entre las cuerdas y atenazarlo, sea poder a secas o salazar que –en este caso- es su equivalente.

No se puede acceder a la «tetralogía de las minúsculas» sin estas reservas. El conjunto de ejemplares firmados por el escritor portugués entre 2004 y 2010 lleva implícita esta moción de orden. “o nosso reino” (2004) [nuestro reino], “o remorso de baltazar serapião” (2006) [el remordimiento de baltazar serapião], “o apocalipse dos trabalhadores” (2008) [el apocalipsis de los trabajadores] y “a máquina de fazer espanhóis” (2010) [la máquina de hacer españoles] sigue una línea cronológica que tematiza las diferentes edades del hombre (la niñez, la juventud, la adultez y la vejez), pero a partir de una constante: la cruel dictadura que ha atravesado diversas generaciones y que ostenta secuelas repartidas por doquier.

No se trata de una saga en sentido estricto, ya que no repite personajes ni tramas secretas, pero sí la instalación de un «lugar común» que se yergue como una sombra: la figura fantasmática de António Oliveira Salazar y sus 40 años de impunidad.

Considerando esta lógica, los cuatro volúmenes que dan cuerpo al «espectro» de la represión, no indagan en sus manifestaciones más viscerales (persecuciones, muertes, torturas, etc.), sino en la sutileza con que se fue imponiendo el régimen hasta transformar las condiciones de vida del país y condenarlo al ostracismo. En esto radica su fuerza evocativa y el motor que dinamiza las historias. De ahí que el primero y el último de los libros se hermanen en esa tarea de expurgar la memoria y tornarla más permeable. Si benjamim, en “nuestro reino” vive rodeado de mitos patriotas y patriarcales imbuidos de fe popular, el anciano señor silva de “la máquina…”, en vísperas de su muerte, pone en jaque ese universo de falsos mitos al advertir el fraude en el que había vivido, estafado en sus buenas intenciones.

Agamben afirma que existe una forma engañosa de poder, «que no actúa de forma inmediata sobre aquello que los hombres pueden hacer –sobre su potencia- sino más bien sobre su impotencia, es decir, sobre lo que no pueden hacer, o mejor aún, pueden no hacer». Estas palabras explican inmejorablemente el modo a través del cual se construyen estas novelas encadenadas por una sumisión que se elabora como retrato de época. Es como si el autor quisiera exorcizar los demonios que le dieron entidad al siglo XX bajo el signo de un cristianismo reaccionario, un fascismo confeso y un ordenamiento político-moral conservador y segregacionista, dejándolo al desnudo.

"nuestro reino” comienza con la descripción pavorosa de una villa de pescadores en el que las necesidades económicas, físicas y espirituales juegan un papel decisivo. A falta de recursos eficientes para darle solución, sus habitantes no tienen otra alternativa que la de recurrir a claves místicas para enmendar sus efectos más nocivos, delegando en sus creencias religiosas la posibilidad de reparación de sus angustias. De esta manera, el texto todo está desbordado por el despliegue imaginativo del pequeño benjamim que –a través de una suerte de taumaturgia- disfraza la tragedia que se cierne sobre los suyos apelando a las consignas de ese catolicismo altanero y falaz alentado desde los altares, frente al desparpajo de las respuestas oficiales.

Más agudo es el segundo libro, “el remordimiento de baltazar serapião”, ya que no necesita de ninguna mediación, ni teórica ni figurativa, para llevarnos al interior del Portugal salazarista, rehabilitando la Edad Media en la que se ha transformado el país bajo la égida del liderazgo soberano y de ese pensamiento reaccionario del que se nutre su sustento. Patriarcal y machista, el universo expuesto en la narrativa hace de los personajes femeninos elementos subsidiarios y prescindibles del derrotero que acompañan sin otro remedio que el de la obediencia.

La tercera de las novelas, “el apocalipsis de los trabajadores” nos muestra a dos mujeres adultas sumidas en la lucha por la sobrevivencia, al lado de un conjunto de inmigrantes ucranianos que, llegados al país, deben vérselas con condiciones materiales adversas para autoabastecerse y ganar autonomía e independencia. Las relaciones laborales y, sobre todo, la confusión que pesa sobre la imagen del «patrón» que a veces parece ser dueño, padre y señor de sus empleados, patentiza el universo proletario de la segunda mitad del siglo XX que sirve de marco a la novela y que denuncia el capitalismo disciplinario devenido como norma.

Por último, “la máquina de hacer españoles” pone en escena al señor Silva, un hombre de 84 años que convive con otros de su misma edad en un asilo de ancianos recordando las proezas juveniles de un tiempo dominado por la ignominia y las ilusiones de patriotismo. El foco narrativo concentrado en el protagonista está muy bien seleccionado porque –a lo largo de ese balance colectivo que hace con sus congéneres en los ratos libres- no solo repasa su trayectoria vital, sino que se arrepiente de esa suerte de complicidad prestada al sistema en virtud de los discursos triunfalistas que lo embaucaron.

Como vemos, esta breve sinopsis pone en evidencia como el poder sustantivo es capaz de vulnerar algunas vidas, sus avatares sencillos y domésticos, reduciéndolos a letras minúsculas para que se reproduzcan a su margen sin amenazar el orden existente. «Nada nos hace tan pobres y tan poco libres como este extrañamiento de la impotencia», parecieran susurrarnos en sordina las víctimas de sus tramas. Ahora bien, como lo plantea el sr. silva en la última novela y Agamben nos recuerda con aguda inteligencia, «así como la ardiente consciencia de lo que no podemos ser es la que garantiza la verdad de lo que somos, así también la lúcida visión de lo que no podemos o podemos no hacer es la que le da consistencia a nuestro actuar». No hay dudas de que en esta línea se inscribe la ficción de este escritor lusitano que de a poco se está dando a conocer en nuestro país.

 
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