Cantar en la luna

Córdoba. Libro de los pasajes | Por Diego Tatián

Alicia Terzian comienza a trabajar cuando ya no queda casi nada del día. Prepara su copa de cognac cerca de la medianoche y escribe música hasta la primera luz de la mañana. Lo hace desde hace muchos años, no como un simple trabajo sino porque tiene cosas que decir. Entre tantas enseñanzas de su maestro Alberto Ginastera, quizá haya sido esta la que atesora con más gratitud. Jamás, en efecto, la técnica es un fin en sí mismo (quizá ni siquiera la música lo es) sino siempre un instrumento del que se vale quien tiene algo que decir. Alicia Terzian es la más importante compositora argentina, ha dejado una marca no solo en la música contemporánea sino también en una forma de concebir la cultura como algo vivo, como promesa de un país y de un mundo en el que las personas encuentren su plenitud y su misterio.

Comenzó sus estudios musicales en el Conservatorio Nacional de Música de Buenos Aires, aunque tal vez debiéramos situar el verdadero comienzo de todo en las antiguas melodías armenias que, desde muy niña, le escuchaba cantar a su abuela en una casona del barrio de Alta Córdoba, donde nació y transcurrió su infancia. Su padre, don Juan Terzian, atendía en esa misma casa frente al Mercado -demolida hace ya muchos años- una tienda de ropa y mercería llamada “Masis”, por cuya puerta pasaba el tranvía 3.

Siendo muy joven Alicia Terzian se fue de Córdoba. En Buenos Aires, tuvo la fortuna -en el doble sentido de azar y de buena suerte- de estudiar con el maestro Alberto Ginastera, quien un día le pidió un ejercicio de politonalismo. Alicia, de apenas 18 años, compuso la “Toccata op. 4”. Dos años más tarde, a los 20, le dijo a su maestro que quería componer un concierto para violín. “Terzian -le espetó Ginastera-, si va a hacer eso estudie y analice todos los conciertos de violín del siglo XX. Para hacer algo suyo, tiene que saber lo que hicieron los demás”. Compuesto durante 1954, el “Concierto para violín y orquesta Op. 7” fue estrenado en el Teatro Colón 15 años después.

En el segundo movimiento de esa obra de juventud se revela plena la influencia de la tradición musical armenia. Allí, Alicia Terzian ya trabaja con microtonos, típicos del canto religioso de la iglesia ortodoxa, e interviene con sutiles variaciones a una antigua canción popular (“Hija, tu madre ha muerto”) compilada por el padre Gomidas. Años más tarde tuvo la oportunidad de profundizar su estudio de la música medieval armenia con el padre Leoncio Dayan -que investigaba precisamente los microtonos- en el Monasterio Mejitarista de San Lazzaro degli Armeni, de Venecia. “Me mostró los antiguos manuscritos, investigué la música religiosa de los siglos IV al XII. Descubrí la relación entre la música religiosa microtonal y el canto folclórico de los armenios. La gente que trabajaba el campo, ¿dónde cantaba? en la iglesia. Era lógico que se fusionara el microtono religioso en la música del pueblo”. Durante su estadía veneciana, no solo estudió la escala tonal usada por los armenios sino también antiguas notaciones y maneras perdidas de escribir música.

Quizá la obra de Alicia Terzian sea el efecto de una conjunción fecunda entre el vanguardismo abierto y experimental de Ginastera y la música medieval armenia. Pero es irreductible a esa conjunción en la que se nutre (e irreductible también a Bartók, Stravinsky o Ligeti, de quienes también se nutre).

El maestro Ginastera no solo introdujo a su discípula en la música concreta, sino también le brindó la posibilidad de conocer en persona a grandes compositores contemporáneos como Iannis Xenakis u Olivier Messiaen, invitados a Buenos Aires por el Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales del Instituto Di Tella, que Ginastera dirigió hasta finales de los años 60. Cuando este Centro fue cerrado, como una continuidad suya, Alicia Terzian creó los míticos Encuentros con la Música Argentina Contemporánea, para los que convocó a 24 compositores experimentales de alta calidad estética. Y propició una gran interlocución entre las ideas y las artes.

Desde entonces, nunca dejó de derribar barreras ni de promover una polinización entre músicos, artistas plásticos, filósofos, dramaturgos, actores e intelectuales de la vanguardia porteña. También aquí se detecta la lección de Ginastera, quien no dejaba de repetir a sus estudiantes que, además de escuchar todo lo nuevo que sucede en la música, un buen compositor, para serlo, debe interesarse en la pintura, la filosofía, la historia, la literatura… “Hice mucha música de teatro, estuve cerca de los actores y de los pintores. Las obras teatrales terminaban siendo óperas de cámara, porque hacía cantar a los actores o ponía un coro al final. ¡Me encantaba hacer esas cosas!”. Vestigio de esa osada contaminación de las artes son, entre muchos otros, “Les yeux fértiles” (1998) a partir de un poema de Paul Éluard; la música para piezas teatrales de Abelardo Castillo, o “Canto a mí misma”, de inequívoca remisión whitmaniana.

Al ver por televisión el alunizaje en 1969, Alicia Terzian se conmovió y, esa misma noche, compuso “Carmen criaturalis” (una obra microtonal para corno, orquesta de cuerdas y percusión). “Imaginé cómo sería el canto de una criatura humana en un mundo completamente deshabitado y con sonidos desconocidos, como la luna. ¿Qué cantaría? Sería un canto angustiante que busca sonidos y palabras de un ser que está tratando de buscarse a sí mismo en este nuevo mundo… sería un canto que busca tres palabras: amor, vida, dios”. También en la Tierra, la creación, la experimentación con los sonidos y con los sentidos, la estética y la historia de la música, finalmente parecieran solo buscar una respuesta a la pregunta que Alicia Terzian mantiene como la más importante: “¿quén soy?”. Acaso impulsada por esa pregunta, antes de tanta música, Alicia Terzian se fue de Córdoba. Acaso aún hoy es acechada por ella en su casa de Buenos Aires, mientras compone y crea como quien respira.

 
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