En la linde del paraíso

Córdoba. Libro de los pasajes | Por Diego Tatián

Decir en Córdoba Romilio -como decir Deodoro, como decir Glauce- no precisa de nada más para hacer saber de quién se habla. En su caso, ese nombre es una suerte de precipitado cultural que decanta de ese modo después de sustracciones, sustituciones y alteraciones, deliberadas o debidas al azar. Su portador había nacido Ramón Romilio Peralta Rivero. La supresión del primer nombre, la omisión del apellido paterno y la modificación de Rivero por Ribero buscaba, sin dudas, algo escondido que recuperar: algo perdido, soterrado, humillado. O algo inexistente que inventar. Tal vez ambas cosas.

Cuando, en 1963, Losada publicó (con un misterioso dibujo de Xul Solar en la tapa) “Libro de bodas, plantas y amuletos”, Romilio Ribero tenía 30 años. Fue el segundo y último libro que vio impreso; en 1961, Francisco Colombo había editado “Tema del deslindado”. Luego todos sus poemas quedaron “olvidados”, hasta ser recuperados por Alción, en un total de 24 volúmenes desde los años 80. Romilio había muerto en 1974. Los títulos de los libros inéditos son tan bellos como: “Libro de los manuscritos”; “Libro de oscuras dinastías”; “Libro de viaje de los varones prudentes”; “Las mujeres, las magias”; “Las pálidas esmeraldas”; “Libro de las hechiceras y los matrimonios”; “Libro del lejanísimo día”; “Libro de los desamparados”; “Todo fénix es la mirada”

El participio “deslindado” adjudicado a alguien -en este caso auto adjudicado- aloja una imposibilidad. ¿Qué significa? ¿desterrado? ¿puesto fuera? ¿separado? ¿excluido y ya sin linde, ilimitado? En un bello ensayo sobre su obra poética, Oscar del Barco dice: “desplazado”, “olvidado” (por un olvido “protector”). Tal vez el deslinde sea, en su caso, la condición de una poética de la irrupción: “la poesía de Romilio Ribero irrumpe como un vendaval de locura”.

Cuando Romilio nació (en Capilla del Monte en 1933) hacía ocho años había muerto, en la misma localidad serrana donde vivía desde 1890, el zoólogo alemán Aldolf Döring. También geólogo y químico, Döring había llegado a Córdoba en 1872 junto a otros científicos europeos, a instancias de Sarmiento, para impulsar el conocimiento natural, de escaso desarrollo debido al perfil teológico que por entonces revestía la UNC. Unos pocos años de diferencia nos privaron de una relación, que hubiera sido sin duda extraña, entre el sabio alemán y un bizarro artista de rostro aindiado, de cuna pobre, que dibujaba, pintaba, escribía poemas, y llevó una vida marcada por el exceso y la transgresión (por una completa inexistencia de linde).

No conoció a Döring más que por su leyenda, pero sí de casualidad a Manuel Mujica Lainez, quien impulsó su trabajo en Buenos Aires y lo promovió entre los escritores agrupados en torno a la revista Sur. Manucho lo visitó un día en su taller aledaño a la Escuela Olmos, interesado por un cuadro suyo que vio por azar en un escaparate. Estudioso de la obra de Romilio, Aldo Parfeniuk relata en alguna parte ese encuentro casual, no motivado por las letras sino por una pintura (como sus poemas, los dibujos y pinturas de Romilio están plagados de magias y hechicerías).

La historia más conocida, por la que Romilio suele ser evocado, refiere a los años en los que vivió en el teatro Rivera Indarte junto a su esposa Susana Sumer. El entonces gobernador Zanichelli había hecho las gestiones para su alojamiento en una de las buhardillas, pero al parecer todo el teatro era tomado por las noches por artistas y poetas de diversa laya. Juan Maldonado (editor de Alción, a cuya sensibilidad debemos la recuperación pública de la obra inédita de Romilio) relata que de esos encuentros surgió una especie de efímera cofradía clandestina llamada “La tertulia esdrújula”, de la que se conoce un Manifiesto fundacional y ninguna otra cosa. Todo ello sucedió en Córdoba, en un lejanísimo día.

Hace algunos años, Marcelo Casarin escribió “El heredero”, una sugestiva ficción de fina ironía que vincula y tensiona al mismo tiempo los grandes nombres de la literatura argentina del siglo XX. En ella, Juan José Saer, Daniel Moyano y Ricardo Piglia disputan el lugar de “heredero” de Borges, en una ceremonia presidida por Bioy Casares que tiene lugar en “El Paraíso”, la casa de Mujica Láinez en Cruz Chica. Antes del veredicto, guiados por Moyano, los candidatos a “heredero” deciden ir en taxi a Capilla del Monte, en busca del lugar preciso en el que se hallaba el rancho -y del que ya no queda nada, solo los molles que le daban sombra- donde Romilio nació y pasó su infancia. Esa línea imaginaria de 15 kilómetros que une el ranchito desaparecido de Romilio (el “Paraíso destronado”) en Capilla del Monte y “El Paraíso” de Mujica Láinez -convertido hoy en una casa museo- en Cruz Chica, de algún modo establece los bordes no geográficos de la literatura argentina. Une y separa dos estirpes (“Estas son mis estirpes. El orden del reinado. / Las primeras abuelas y los primeros padres / con las primeras lunas y los primeros frutos”). Traza un “deslinde” entre “El Paraíso” y el “Paraíso destronado”.

Emancipadas de todo lo que pudiera decirse conclusivamente de ellas, la poesía y la obra plástica de Romilio Ribero evocan un mundo desamarrado y arcaico, vivo, en el que todo puede volver a suceder o suceder por primera vez. Preservan un recuerdo o una esperanza que, de solo existir, corroen la interpretación del mundo impuesta por los poderes para dar testimonio de su fragilidad. No quisiéramos, nadie quisiera, vivir en un mundo en el que ya no exista esa potencia de lo arcaico capaz de hacer que todo comience otra vez.

 
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