Los Nobel, la paz y la guerra

Historias | Por Roy Rodríguez

Las costas de Bakú, sobre el mar Caspio, albergaron algunas de las contradicciones más punzantes de los modos de producción y consumo occidental. A fines del siglo XIX, en la capital de Azerbaiyán hubo un lugar llamado Ciudad Negra. Lindaba con Ciudad Blanca. En uno se extraía el petróleo y vivían los parias. En otra descansaban los empleados de Branobel, la compañía de los hermanos Ludwig, Robert y Alfred Nobel -creador de la dinamita y del premio más importante a los que trabajan por la paz-.

Rebecca Lindsay Hastings presentó recientemente su tesis de doctorado en la Universidad de Oregón. Su investigación que cuenta detalles de producción de petróleo en Bakú y la cuenca del Cáucaso y se hizo pública casi al mismo tiempo en que volvían las escaramuzas entre Armenia y Azerbaiyán. En un capítulo muestra, de qué manera los hermanos Nobel, asociados a integrantes de la antigua nobleza rusa y familias armenias acrecentaron sus riquezas bajo la sombra del zar Alejandro II.

Cuentan las historias de los lugareños que, en las costas de Bakú, el petróleo brotaba casi naturalmente. Tanto que a los visitantes se los acompañaba a un popular pasatiempo: encender fogatas sobre el agua durante las noches.

Idas y vueltas

Cuando en 1872 el zar Alejandro II decidió privatizar tierras de uso campesino para la explotación petrolera, los hermanos Nobel se encontraron con una especie de resarcimiento. Y volvieron a convertirse, como su padre, Immanuel, en socios principales del régimen zarista.

Immanuel Nobel, llevaba el título de inventor e ingeniero. Hacia 1840 había dejado Suecia con rumbo a Finlandia, recalando luego en San Petersburgo, capital del Imperio Ruso.

Convenció al zar de su capacidad, e instaló una fábrica de armas y explosivos que proveyó a los ejércitos de Alejandro I. Con “Fonderies et Ateliers Mécaniques Nobel Fils” funcionando, llegó la guerra. Por la posesión de la península de Crimea, Rusia y el Imperio Griego se enfrentaron al imperio Otomano (Turquía), Gran Bretaña, Francia y Cerdeña. Las balas, minas y cañones de Nobel contribuyeron a un saldo atroz: medio millón de muertos.

Tras la derrota en Crimea, Rusia perdió sus posesiones Y la fábrica del primer Nobel terminó primero en manos sus hijos y después en la de sus acreedores. El patriarca regresó a Suecia junto su esposa y sus hijos menores, Alfred y Emil. Ludwig Nobel continuó trabajando a la sombra del zar.

Dinamita

Mientras tanto, de vuelta en Suecia, Alfred iba a coronar el desvelo de su padre: controlar la nitroglicerina y fabricar lo que se llamó dinamita. Ni siquiera una explosión que mató a su hermano lo amedrentó: en 1867 patentaría el invento con el que la modernidad abriría caminos y sembraría muerte.

Desde sus oficinas dudó del éxito del emprendimiento petrolero. Sin embargo, invirtió en la empresa de sus hermanos. Hacia 1880 las refinerías de Branobel, sus pozos y el ferrocarril los convertían en lo que Robert W. Tolf llamó “Los Rockefeller de Rusia”.

Por entonces nació la Ciudad Blanca o Villa Petrolea: una espacio diseñado y construido para que los empleados de Branobel tuvieran “condiciones de vida favorables de vida”.

La tierra fue alquilada a campesinos. Y como la superficie emanaba petróleo, se la cubrió con tierra fértil de Lankaran. El agua potable llegaba en barcos desde el Volga. Allí estaba la mansión de los hermanos Nobel, en donde residían alternativamente Ludwig o Robert.

La pequeña ciudad lo poseía todo: desde la casa central de la firma, adornada con alfombras persas, hasta un parque de diez hectáreas con especies exóticas, un colegio que enseñaba alemán y sueco, y las casas de cada uno de los empleados. Era el triunfo de la modernidad, la Ciudad Blanca. A apenas kilómetros de la contaminación, los incendios, derrames y combustiones de las destilerías de la Ciudad Negra.

Alfred Nobel murió en 1896. Antes testamentó: como no tenía herederos, los intereses de su fortuna se repartirían anualmente en cinco partes iguales y servirían para premiar a quienes se hubiesen destacado por su trabajo en física, química, medicina, literatura y la “fraternidad entre los pueblos.”
La Revolución Bolchevique interrumpió la buena vida de la Ciudad Blanca. Meses después, Branobel vendió a la Standard Oíl Cleveland de los Rockefeller sus posesiones en Bakú. El pacto se selló en Nueva York. Y el precio fue alto. Todos tenían la esperanza de que la revolución perdería fuerzas. Fueron vanas. Sin poder volver a Bakú, Branobel fue liquidada en 1959.

El mal negocio de los Rockefeller engrosó la fortuna que Alfred destinó a los premios. El primer Nobel de la Paz se entregó en 1901. Fue para Jean Henri Dunat. Se le reconoció su contribución para la creación de la Cruz Roja. Dunat declaró haberse inspirado en una enfermera que había trabajado en la Guerra de Crimea, la del medio millón de muertos. A un lado de la línea de fuego, Florence Nightingale, fundó la enfermería moderna mientras curaba soldados. Al otro, las entrañas de León Tolstoi tomaban nota de La Guerra (y La Paz). Nunca recibiría el Nobel.

 
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