Una herida que no cierra: las mujeres de confort en China

Géneros | Por Federico Vélez

Un poco de historia

El contexto previo a la segunda Guerra Mundial (1938-1945) en China estuvo marcado por la segunda guerra sino-japonesa, cuyos antecedentes comienzan en 1931 bajo las pretensiones imperialistas de este último de lograr su expansión sobre el continente asiático. De esta manera, se orquestó un incidente que involucró a la South Manchuria Railway Company, que consistió en la explosión de unos vagones de tren. La acusación falsa hacia disidentes chinos sirvió como pretexto para justificar la intervención japonesa sobre Manchuria a manos del Ejército de Guandong (grupo del ejército imperial japonés). Junto a la invasión, se suma el ataque a varias ciudades alrededor de Manchuria, y en 1932 se produjo, como segundo incidente, una serie de protestas anti japonesas en Shangai, organizadas por el propio Servicio Especial Japonés. Esto habilitó el accionar de la Armada Japonesa sobre territorio chino, lo que desencadenó un enfrentamiento entre las fuerzas de ambos países.  

La situación se empeora en 1937 con el incidente en el puente de Marco Polo, tomando control sobre las ciudades de Beijing y Tianjing, y en diciembre de ese año se produce la invasión de Nanjing (capital en ese entonces) dando inicio a lo que posteriormente se conocería tristemente como “la masacre de Nanjing”. Esta guerra también ha sido conocida como la guerra de la Resistencia, o la guerra de Asia Pacifico, y duró desde 1937 hasta la rendición japonesa en 1945.

Durante este periodo se establecieron “estaciones de comfort”, es decir, centros japoneses de explotación sexual, donde residían mujeres secuestradas de las zonas de guerra. Estas estaciones se extendieron por China, Taiwán, Filipinas, Malasia Británica, Nueva Guinea, Isla Sakhalin, Singapur, Japón, Indias Orientales Holandesas, y Burma. Los principales países afectados por su parte fueron Corea, China, Tailandia, Vietnam, y Filipinas.

El caso chino

Una vez que eran capturadas, ya sea por la fuerza o por engaño, las mujeres eran trasladadas a los centros de comfort, donde se les asignaba un numero y perdían su identidad (método similar a los campos de concentración nazis). Luego eran sometidas a exámenes médicos y bajo una estricta vigilancia eran forzadas a prostituirse para satisfacer al personal militar. El pago dependía del rango militar (soldados, oficiales o administración); una vez que se les entregaba el ticket, se les asignaba una habitación.    Aunque no hay cifras exactas, el número de víctimas se estima entre 200.000 y 300.000 mujeres asiáticas.

Según Su Zhiliang, director del Centro de Investigación sobre las Mujeres de Comfort chinas, de la Universidad de Shangai, el número asciende a 400,000.

Peipei Qiu, profesora e investigadora de estudios asiáticos y feminismo, recoge el testimonio de John Mage, sacerdote estadounidense de la iglesia episcopal de Nanjing, sobre una joven que conoció en un hospital, en 1938. La misma contó que los soldados japoneses entraron a su casa, acusaron a su hermano de soldado, mataron a su hermana y a su madre al resistirse a ser violadas, mataron a su hermano, y su padre fue asesinado con una bayoneta. Ella fue llevada a unas barracas donde fue abusada sexualmente todos los días durante un mes, al próximo cayó gravemente enferma. Existen miles de casos igualmente brutales, y no solo en China, el modus operandi se repetía de manera similar en el resto de los países.

La crueldad de esta barbarie cometida contra el pueblo chino ha llevado a buscar explicaciones. La principal apunta hacia el factor psicológico, los chinos eran vistos como enemigos nacionales de Japón, y bajo esta lógica, la mujer era el cuerpo de la nación, por lo tanto, los ataques perpetrados contra las mujeres chinas eran tomados como un gesto de conquista que calaría en lo profundo del ciudadano y del soldado chino. La mujer, entonces, era parte del campo de batalla a conquistar.

La “justificación” japonesa

Tras darse a conocer los crímenes cometidos por el ejército, el gobierno japonés no tardó en formular argumentos en un intento de justificar tales atrocidades. El primero de ellos fes la prevención de violaciones, dado que, si los soldados permanecían en el territorio, debían contar con un centro para satisfacer sus necesidades sexuales, evitando casos de violación en las ciudades.

El segundo fue la prevención de enfermedades, algo que tampoco pudo ser evitado, ya que las revisaciones médicas eran demasiado básicas y, por tanto, no existía un tratamiento médico adecuado.

Hasta nuestros días, Japón se niega a reconocer lo sucedido con las “mujeres de comfort” y rechaza cualquier tipo de rectificación o compensación. En las escuelas, no existe mención alguna de lo sucedido, incluso se acusa de censura cuando se busca en internet sobre el tema.

El santuario sintoísta de Yasukini ha sido objeto de conflicto entre ambos países, su construcción está destinada a honrar a todos los japoneses caídos en distintos conflictos armados desde su fundación, en 1867, entre ellos varios criminales de la segunda Guerra Mundial. En 2013, Shinzo Abe, primer ministro japonés, visitó el santuario, despertando la ira de Beijing y Corea del Sur; en agosto de este año cuatro ministros de gobierno hicieron otra visita.

Corea del Sur ha sido uno de los países más activos en su pedido de justicia, incluso llego a obtener una oferta de compensación por 8 millones de dólares, pero el acuerdo fue negado por el gobierno japonés debido a dos estatuas conmemorativas, una de ellas al frente del consulado japonés en Seúl. En abril de este año, Amnistía Internacional concedió un reconocimiento póstumo a Kim Bok Dong, una ex esclava sexual que, tras haber sobrevivido a las estaciones de comfort, dedicó toda su vida a ayudar a otras víctimas. En enero de 2019 falleció, a los 92 años, sin encontrar la justicia tan anhelada.

Un perdón, un reconocimiento explicito de lo ocurrido y una compensación es la tarea pendiente a la que Japón se niega rotundamente, y que solo deja una herida abierta en millones de víctimas a lo largo de Asia y en la conciencia de sus pueblos.

 
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