Selfie

Un recreo de todo esto | Por María Belén Davil

A los veinte me puse de novia. A los veintiséis nos fuimos a vivir juntos. Hace un mes nos dejamos.

El departamento se volvió un híbrido insoportable entre pasado y futuro, todavía encuentro en los rincones fotos de los dos juntos, algún peluche de cumple mes, una media de él perdida debajo de la cama, filos de afeitadoras en el botiquín del baño. En el medio de todo eso, una caja llena de juguetes sexuales que dice “Bienvenida a la soltería” que me regaló una prima siete años más chica que yo, algunos libros de autoayuda que me compré durante la transición entre el “no te aguanto” y el “si no vivo con vos me muero” y una bolsa con acrílicos que rescaté del fondo del placard con la intención de volver a pintar.

El sábado quería salir a bailar, algo adentro mío (o en uno de esos libros), me decía que tenía que recuperar el tiempo perdido. Le mandé mensajes a todas mis amigas, incluso a las no tan amigas, pero todas me dijeron que no podían, que iban al cine con sus parejas, que cumplía años la suegra, que los hijos tenían tos.

Abrí el armario, saqué un jean y una polera más o menos decentes. Mientras me arreglaba, puse música y me tomé media botella de vino para agarrar coraje. Me maquillé con sombras y con brillo en la boca. Antes de salir me abrigué con un tapado.

Fui a un boliche de Nueva Córdoba, ese que odié varias veces porque ponían altísima la música, tanto que los vidrios de nuestro departamento —bueno, mi departamento— vibraban como si fueran a estallar. En la puerta la gente se agazapaba, había un meñique de distancia entre persona y persona. Las chicas estaban vestidas con polleras de lentejuelas tiro alto, tops ajustados, piernitas al aire y unos zapatos semicubiertos con plataforma de madera. Los pezones se les marcaban y la piel de pollo raspaba. Los chicos, muchos con acné y con ese corte tipo futbolista (rapado al costado), usaban camisas a cuadros y pantalones ajustados en las pantorrillas.

Los patovicas bloqueaban la entrada y con el índice señalaban quiénes podían entrar. Un grupo de chicas le gritaban a uno, ¡Jirafa, dejanos pasar. Acá, Jirafa! Tenía mucho frío, me metí en el tumulto de gente para robarles un poco de calor. Adelante mío dos parejas entraron casi sin hacer ademanes, escuché que iban al cumpleaños de un tal Fran. Quedé al frente de uno de los patovicas. Me miró y lo miré. Nos volvimos a mirar, yo sin saber muy bien qué decir y él un poco desconcertado de que no le rogara entrar. Rompió el silencio. Me preguntó si estaba sola, y le dije que sí y que estaba en la lista del cumpleaños de Fran.

Entré, una chica con tiradores y pollera de jean me dijo que tenía que pagar derecho de espectáculo y que no incluía consumición. Le pagué y, antes de pasar, fui al guardarropa para dejar el tapado.

El boliche parecía más chico por fuera, tenía dos barras, una pista al medio, una pantalla gigante y juegos de láser que dibujaban formas densas en el aire. Sonó un tema que creí haber escuchado en la radio yendo al trabajo, hablaba algo de mover el toto. Un grupo de chicas se puso en fila, como simulando vagones de un tren, apretadas sacudían con furia la pelvis mientras bajaban con gracia y destreza hasta el piso. A la segunda bajada me dolieron las rodillas de solo verlas, a mí me tendrían que haber levantado con un remolcador. De pronto alguien me empujó, casi me caigo al piso. Era una pareja chapando. Pensé que debían ser amantes porque se besaban como quinceañeros; yo hacía años que no chapaba así.

Pusieron un tema de mi época, La isla del sol, me entusiasmé y moví el cuerpo con timidez. Si hubiese estado con mis amigas quizás hubiese levantado un brazo y gritado “Uhhh”. De golpe cambiaron la canción por una que estaba de moda y el boliche explotó.

Veía a todos tan divertidos y sentí que sintonizaba otra onda. ¿Qué había estado pensando para ir a un boliche para mayores de dieciocho? Una chica estiraba el brazo con el celular en la mano, se quería tomar una foto con dos amigas, intentaron varias veces, pero parecían no conformarse con la toma, entonces, ansiosa por tener una excusa para charlar con alguien me ofrecí a sacarles la foto. No, me dijeron. Y siguieron intentado tres veces más.

Me fui a la barra, le pregunté al chico que atendía cuándo comenzaba el show.

—No hay show.

—¿Cómo que no hay show? Si yo pagué derecho de espectáculo.

—Ah, no. Se dice así pero no hay show.

Se me rió en la cara.

—¿Querés tomar algo?

—¿Qué? —le hice señas de que no lo escuchaba.

—Que si querés tomar algo —agarró una corona y me la mostró.

Dije que sí con la cabeza.

—¿Tus amigos?

—Ah, sí, por ahí andan.

Después tomé un sorbo largo del pico de la cerveza y las burbujas me ardieron en los labios. Seguí mirando toda la escena, la gente bailando, las chicas frotándose unas contra otras, chicos con tragos en las manos. Pedí otra cerveza.

—Me llamo Pachu.

No escuchaba nada. Se me acercó y me dijo más fuerte: Pachu, me llamo. Me presenté. Me preguntó si era de Córdoba y qué hacía de mi vida. Le conté con pocas palabras y después, así sin más, le pregunté si me estaba tratando de chamullar. Se rió y me dijo que no, pero que podía hacerlo si quería. Nos pusimos a charlar entre frases como “¿Qué? No te escucho”, mientras preparaba unos tragos. Me contó que estudiaba medicina y que trabajaba ahí hacía un año y medio, que no le pagaban bien pero que con los sobrantes de caja hacía buena diferencia. Me dijo también que su novia vivía en Jujuy y que en Córdoba llevaba vida de soltero. Me gustó su sinceridad, que sea transparente, y yo le confesé que había ido sola. Volvió a reír. Me gustaba cuando hacía eso, se le formaba un hoyuelo en el pómulo derecho.

Le pidió a un compañero que lo cubriera y se sentó conmigo en la barra del frente. Para hablarme se me acercó al oído y me erizó la piel. Hacía mucho no sentía esa sensación. De golpe, no sé si me lo preguntó o qué, me agarró la cara y comenzamos a chapar. Así sin más. Abría grande la boca, me metía la lengua y yo lo seguía aunque tenía un ojo abierto por si alguien me estuviera mirando.

—Vamos al reservado —le sugerí.

Se rió y me agarró de la cara hasta ponerla muy cerca de la de él.

—Ya no existen los reservados —me dijo.

Me tomó de la mano y nos fuimos al medio de la pista y apretados bailamos y chapamos. Hicimos trencito de dos vagones y agité mi pelvis divertida, logré bajar hasta la mitad. Me sentí orgullosa de mi destreza aunque me agarré de los brazos de Pachu para subir.

Un patovica lo apuntó con un láser en la frente, desde la barra el amigo le hizo señas para que volviera. Me dijo que lo esperara un rato, que tipo cinco se desocupaba y podíamos irnos juntos. Eran las tres y media. Me senté en una silla alta al costado. Me limpié la boca con la mano, tenía el brillo labial corrido. Pachu hacía malabares con el vaso y me guiñaba el ojo o me tiraba besos.

Yo le devolvía los guiños.

Una chica se paró a mi lado y me ofreció de su vaso. Tenía el pelo enrulado, parecía la melena de un león. Movía el cuerpo con espasmos suaves. Agarré el vaso y me hizo señas de que tomara. Puso cara de “todo buena onda”. Cuando le devolví el vaso, vi que tenía un muñón del que salían dos dedos. Para agarrarlo enganchó lo dedos desde el borde y quedaron sumergidos en la cerveza. La miré y me dijo, lindo pibito te estás comiendo. Me dio vergüenza. Se me acercó al oído y como si fuera una profeta millenial de los boliches me dijo:

—No te comas alto viaje con ese pibe. Meta y ponga pero no te enganches.

Me dio miedo, hablaba con la voz ronca y grave. La miré y bajé la vista al muñón. Volvió a ofrecerme y me dijo, buena onda con vos amiga, entre mujeres nos decimos la verdad. Fingí que tomé otro sorbo, me daba un poco de asco pensar dónde anduvieron esos dedos antes de meterse en la cerveza. La chica se enganchó al vaso y se perdió en el tumulto de gente.

Seguí ahí sentada. En la barra unas chicas hacían puntas de pie y apoyaban todo el peso de su juventud arriba de la mesada y le decían cosas al oído a Pachu. Él me miraba y hacía gestos de desinterés. La música se escuchaba cada vez más fuerte. A esa hora todas las canciones me parecían iguales, que te la pongo de allá que te la saco por acá. En la pantalla pasaban videoclips distintos a los temas que sonaban, todas mujeres con shorts cortos, rasgados, tetonas, de cuerpos esculpidos, bailando y agitándose contra algunos pibes menuditos que se agarraban los huevos en una especie de Michael Jackson tropical.

Hacía calor y la polera me picaba en el cuello. Estaba transpirada, aturdida y con dolor de pies.

Pachu iba a querer que fuéramos a su casa, yo prefería ir a un telo. Tener mi primer sexo casual me entusiasmaba, no tanto por el sexo en sí, sino porque al fin iba a tener algo para contar el lunes en el trabajo. Con esto se la mandaba a guardar a una compañera que desparramó por toda la oficina que yo era una chica sin anécdotas.

De pronto la pista se abrió, como si fuera la boca de un volcán a punto de hacer erupción, me acerqué para ver qué pasaba. Estaba mi única amiga empujando a un chico. Ahora sí era una leona con el pelo erizado, mostrando los dientes que tenían forma de triángulo. El pibe le gritaba algo riéndose, alcancé a escuchar que le decía Manca. Mi amiga se le tiró arriba y lo empezó a arañar y pegar trompadas. El chico trató de quitársela de encima pero ella estaba agarrada con una fuerza casi irreal. Tuve el impulso de ayudarla, mi amiga paz y amor estaba en problemas. Antes de que pudiera llegar, se metieron dos patovicas que los separaron. Pasó a mi lado, yo quise expresarle mi apoyo pero estaba ciega de rabia. Pensé en salir a auxiliarla pero estaba sola y me dio miedo meterme en una pelea callejera. Entonces, agarré un vaso de cerveza comenzado de la barra y se lo acerqué antes de que la echaran por la puerta. Con sus dedos enganchó el vaso y me sonrió.

En segundos, el boliche se rearmó y la gente siguió como si nada. Pachu me miró y me hizo señas para que lo esperara un ratito, que ya terminaba. Eran las cuatro y cuarto. Me volví a mi silla y había una chica sentada con las piernas abiertas y en el medio un chico le hacía caricias en la cara y en el pelo, y ella se contorneaba de un lado a otro. Mi silla, pensé. Me quedé y sentí que mi cuerpo era demasiado grande para ese espacio, que no lo podía manejar, como si me sobraran los brazos. Me apoyé contra la pared. El vapor caliente me asfixiaba.

Un chico se me paró al frente y por arriba de su hombro busqué a mi barman con la vista. El chico apoyó las dos manos al costado mío y me miró. Tenía la cara mojada y los ojos cerrados. Sos linda, me dijo, o algo así. Me escapé por debajo de su brazo y sentí algo caliente en el pie. Había vomitado. El vapor y el olor a vómito me dieron arcadas. Caminé unos pasos hacia atrás y choqué a una chica que venía con un vaso de fernet y le manché la camisa. ¡Qué hacés! ¡qué hacés!, me gritó y se limpió con la mano. Le pedí disculpas y me mandó a cagar.

Busqué mi tapado en el guardarropa y salí a la vereda a esperar a Pachu. Miré la hora. Cinco menos cuarto.

—¿A qué hora cierra? —le pregunté al guardia de la puerta.

—Tipo seis y media.

—¿No cierra a las cinco?

—No, el dueño hizo un arreglo con la muni.

Me prendí el abrigo y caminé hasta mi casa.

Busqué las llaves para abrir y escuché al guardia de seguridad que discutía con el empleado del kiosko 24 horas sobre si era posible que sobrevivieran hormigas negras y coloradas en el mismo hormiguero.

La luz blanca del ascensor me resaltó las ojeras y el maquillaje corrido. El pelo parecía electrificado. Me miré las manos, me toqué los dedos. Pensé en mi amiga, qué sería de su vida. En el mismo momento en que se abrió la puerta del ascensor, ya me había olvidado de ella.

Me bañé, y antes de meterme en la cama, me preparé un café.

Prendí Netflix y busqué los recomendados. La primera opción que apareció fue Perdidos en el espacio. Noventa y ocho por ciento de coincidencia, decía. Me tapé con la frazada y le di play.

María Belén Davil

(Córdoba, Argentina) Es licenciada en administración de empresas. Se forma de manera constante en letras, fotografía y artes visuales en general. Publicó su primer libro de cuentos El sabor de la sangre en 2019 con la Editorial Nudista y curó su primera obra Amor amarillo del artista Federico Racca en el Museo de Antropología de Córdoba (2019). Participó como residente en talleres breves en el proyecto Demolición Construcción (Cabana, Córdoba). Dictó encuentros de escritura para fotógrafos en el Centro de Estudios Fotográficos. Actualmente, está trabajando en un libro que incluye fotografía y textos y en una novela.

Los cuentos de Davil diseccionan los complejos recovecos de las relaciones humanas, –especialmente, las de pareja– con una mirada severa pero no exenta de humor negro. El presente relato es parte del libro El sabor de la sangre (2019).

 
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