Matar a un cardenal

Un recreo de todo esto | Por Ferny Kosiak

Enrique y Daniel vivían en las afueras de Humahuaca. Se dedicaban a criar y cuidar cabras de las que vendían la lana, el cuero o la carne. Sus días pasaban tranquilos bajo el sol jujeño, llevando sus animales a pastar, regando la humilde huerta o disfrutando del amor que sentía el uno por el otro. Bajaban al pueblo sólo cuando necesitaban cambiar los frutos de su trabajo solitario por alguna mercancía.

Una mañana, cuando Enrique volvía de la caminata junto a sus cabras, encontró, incrustada en la aguja de un cacto, una hoja amarillenta de diario. La arrancó con la intención de hacerla un bollo y usarla más tarde para iniciar algún fuego rebelde. Antes de que la hoja evolucionara en arruga alcanzó a leer el título de la noticia: “El Papa pidió salvar a la humanidad de las conductas homosexuales”. Apuró sus pasos y el de sus animales. Al llegar al hogar los encerró en el corral y con angustiosa cara ingresó a la cocina, no sin antes limpiarse los pies en la alfombra que decía “Welcome”. Adentro Daniel cortaba unas zanahorias y unas papas, preparando el almuerzo.

Con un gesto profundamente indignado Enrique le extendió la hoja, arrugada por la rabia. Daniel leyó el título y siguió con el resto de la noticia.

Los primeros párrafos decían:

“La Iglesia también debe proteger al hombre de la destrucción de sí mismo. Se necesita una ecología del hombre”, dijo ayer el Papa Benedicto XVI en un mensaje a la Curia, la administración central del Vaticano. El Papa dijo que salvar a la humanidad de las conductas homosexuales o transexuales es tan importante como evitar la destrucción de las selvas. “Las selvas merecen nuestra protección. Pero el hombre, como criatura, no merece menos que eso”, añadió. Si bien la homosexualidad no es pecado, sí lo son los actos homosexuales. Además, la iglesia rechaza el matrimonio entre personas del mismo sexo y, en octubre, un importante miembro del Vaticano dijo que “la homosexualidad es una desviación y una herida”.”

Daniel terminó de leer el texto y dobló la hoja como si se tratara de un papel valiosísimo.

—Tenemos que hacer algo— dijo Enrique—. Aunque esta hoja sea de hace unos años, tenemos que hacer algo.

La noticia era de diciembre de 2008, de un diario de Rosario. Seguramente lo habrían usado para envolver cosas frágiles, como huevos. Años distanciaba esa noticia, años en los que ellos no se habían enterado nada del asunto ni del resto del mundo que no fuese lo relacionado con su hogar y sus cabras. Se limitaban a leer los clásicos de la literatura, que conseguían a buen precio de un negocio del pueblo, o a escuchar música en un viejo tocadiscos que había sido de la madre de Enrique. No había forma de que se enteraran de las novedades informativas ni de que algo de eso los preocupara.

—Por supuesto que tenemos que hacer algo—le respondió Daniel—. Vamos a matar al Papa.

Después de almorzar decidieron los pasos a seguir y a la noche se acostaron anhelando que ya fuese el día siguiente.

Cuando comenzaba a amanecer y a abrirse los primeros negocios de Humahuaca, los habitantes del pueblo vieron cómo Daniel y Enrique caminaban por la calle, arengando a sus cabras. Cada uno llevaba colgado de su hombro un pequeño bolso. Una hora más tarde habían vendido sus animales a un precio ridículo a un comerciante. Con una última mirada a sus animales Enrique soltó una lágrima. Sumaron el dinero de la venta al que tenían ahorrado y lo guardaron en el bolso de Daniel.

Tomaron el primer colectivo hacia Tilcara y desde allí otro hasta San Salvador de Jujuy. Desde la capital jujeña, uno directo a Buenos Aires. Después de tres días interminables llegaron a Retiro a la madrugada. En sus rostros aún se veía la determinación. Desde la terminal de ómnibus se subieron a un taxi, después de darle unas monedas a un viejo tuerto que mendigaba entre los coches, y le dijeron al conductor que los llevara hasta alguna oficina del Ministerio del Interior. Allí les recomendaron el pasaporte electrónico al instante. El lugar más cercano para adquirirlo era Aeroparque. Otro taxi. Con pagos extra obtuvieron, minutos más tarde, los pasaportes. En el tiempo de espera Daniel telefoneó a Ezeiza para reservar los pasajes en el vuelo del día siguiente, desde Buenos Aires a Roma.

Decidieron descansar en la habitación de un hostel cercano a calle Florida y, de noche, salieron a caminar por calle Corrientes, donde vieron a un hombre disfrazado de brujo que invitaba a los transeúntes a adivinar cuál de los cerdos que descansaban sobre su mesa guardaba en su interior el billete con la cara de Roca. Lo ignoraron y se detuvieron a comer en un Mc Donald’s.

—Vos cocinás un millón de veces mejor—le dijo Enrique a Daniel, mientras devoraba papas fritas que chorreaban ketchup y hamburguesa con queso.

Esa noche durmieron, sabiendo que al día siguiente los esperaba un día repleto de trabajos en los que nunca hubieran pensado, trabajos que, sin duda, superarían la odisea que venían atravesando.

A la medianoche los despertaron las canciones que un grupo de hermosos turistas franceses cantaban en el comedor compartido. La tentación estaba a un sí bemol de distancia pero prefirieron seguir con lo que necesitaban para su travesía: descansar.

A la mañana desayunaron todo lo que el hostel les brindaba dentro del precio de la habitación. Después del café con medialunas subieron al primer taxi que encontraron en la calle con rumbo al aeropuerto. Retiraron sus pasajes y subieron al avión después de atravesar las medidas de seguridad con sus bolsitos a cuestas, que llevaban como equipaje de mano, para no retrasarse en el aeropuerto de Roma pero también por el miedo de perder sus escasas pertenencias.

Descendieron en el aeropuerto romano después de cambiar de avión en Río de Janeiro. Cambiaron los dólares, que le habían comprado a un empleado del hostel, por euros y abandonaron el edificio.

Era de mañana en la ciudad y ellos ni siquiera se preocuparon por la diferencia horaria o por el jet lag. Iban con sólo una idea en sus cabezas: matar al Papa.

Decidieron comer antes de acercarse al Vaticano, así que se sentaron a unas cuadras de la Santa Sede, en una de las mesas de un pequeño restorán ubicado a las orillas del Tíber. Comieron focaccia en silencio, después de habérsela señalado con un dedo al mozo, con quien no pudieron comunicarse de otro modo.

Con el estómago lleno comenzaron su caminata y, a los pocos pasos, pudieron divisar la cúpula de la Basílica de San Pedro. Los turistas pasaban a su lado sin prestarles atención, con el ojo atento sólo a aquello que querían fotografiar.

Enrique y Daniel se detuvieron en los vallados y contemplaron a la gente que caminaba entre las fuentes y el obelisco de la plaza.

—Mirá, como el de Buenos Aires, pero más chico—le dijo Enrique a Daniel señalando el menhir, pero su pareja estaba concentrado en otra cosa. En ese momento se llevaba a cabo el cambio de guardia. Los soldados vestidos con sus uniformes de color rojo, azul y naranja, desfilaban en dos hileras: una avanzaba hacia los patios de la plaza y la otra la abandonaba. Con un gesto de Daniel, los dos jujeños comenzaron a seguir a la que abandonaba sus puestos, dirigiéndose a su cuartel frente al Palacio Apostólico Pontificio o Palacio Papal: la residencia del Papa.

Quince minutos después de que Daniel y Enrique desaparecieran tras los guardias, volvieron a aparecer vestidos como oficiales de la Guardia Suiza. Caminaron con cara solemne y hombro con hombro hasta procurarse un escondite dentro del Palacio. Subieron por las poco transitadas escaleras y ante la seguridad de sus pasos nadie dudó en su prisa. Llegaron hasta la terraza y se escondieron tras la esquina de uno de los muros.

Esperaron toda la tarde y con la llegada de la noche la ciudad se tranquilizó, por lo menos en las inmediaciones al Vaticano, como si un aura de respeto imperase. A medianoche volvieron sobre sus pasos. Con cautela y recorriendo piso tras piso lograron dar, después de una hora y media de transitar corredores y habitaciones vacías, con la habitación de Benedicto XVI. Eso pensaban. Su total desinformación, su aislamiento en las alturas jujeñas los había privado del detalle de que el Papa era otro. No llegaron hasta el cuarto por el corredor sino a través de otra habitación, de lo contrario se hubieran encontrado cara a cara con los jóvenes que custodiaban el sueño argentino del Pontífice.

Cuando lo vieron acostado, desde el dintel que comunicaba las habitaciones, no pudieron creer que pareciera tan indefenso y lleno de arrugas. No creían que aquel hombre insignificante, que alguna vez había sido Cardenal y que ahora era Papa, hubiera atacado directamente su vida. Daniel se encargó de apuntar una de las cámaras de vigilancia hacia la pared y Enrique se encargó de la otra. Se acercaron hasta el hombre y Daniel le tocó el hombro. Cuando Francisco I despertó, restregándose los ojos, vio cómo dos de los guardias se besaban en la oscuridad de la habitación, sentados en su cama. Atinó a decir algo pero Enrique le tapó la boca sin abandonar los labios de Daniel. Tras el beso lo asfixiaron con una almohada de pluma. Abandonaron la cama tomados de la mano y enderezaron las cámaras. Dejaron atrás el edificio con el mismo paso resuelto con que habían entrado. Caminaron hasta el cuartel y se volvieron a cambiar la ropa.

Tomaron sus bolsos y esperaron, hasta que llegaran los primeros turistas, escondidos entre estatuas de santos en reparación.

A las diez de la mañana estaban en el aeropuerto y tres horas después comenzaron a desandar el camino. Cuatro días más tarde llegaron a Humahuaca. No sabían qué había pasado con el cuerpo del Papa ni tampoco les interesaba. Con los pocos pesos que les quedaron lograron recuperar cuatro de las cabras que, tan sólo unos días atrás, habían sido de ellos. Las eligieron con cuidado porque sabían que eran las que más crías tenían por año. Llegaron a su hogar y, mientras Daniel barría la mugre que el viento había ingresado por debajo de la puerta, Enrique regaba las plantas del huerto que necesitaban, desesperadamente, un poco de agua. De noche volvieron a sus lecturas, a cenar liviano y mientras Enrique recordaba algunas imágenes de su viaje en voz alta, Daniel se dedicaba a destejer el entramado casi perfecto de una manta hecha con lana de sus animales. Era su tarea de todas las noches y era lo que le daba paz en la espera del nuevo día.

 

Ferny Kosiak

(Libertador San Martín, Entre Ríos, 1981) Es Profesor en Lengua y Literatura (UADER) y Técnico en Comunicación Social (UNER). Desde el 2005 coordina talleres y capacitaciones de Literatura en Paraná donde trabaja como profesor, en prensa, en corrección y publicación de libros independientes y como fotógrafo. Publicó los libros de cuentos Soy tu monstruo (Supervisión, 2008), Sentido raro (Supervisión, 2011), Tuit (Bicéfalo, 2012), El crimen es una fiesta (Bicéfalo, 2015); los libros de poesía Morite Lacia (La gota, 2016), El final de los paisajes (Bicéfalo, 2017); la obra teatral La bondad de los extraños (Editorial de Entre Ríos, 2018) ganadora del premio Fray Mocho 2016 y las nouvelles Cerca del fuego (Baldíos en la Lengua, 2018) y Otro (De Parado, 2020).

Tierno e irreverente a la vez, Kosiak es autor de una prosa cáustica y urticante, deudora de satíricos de diversa índole como Copi, Swift y Voltaire. En este relato, una pareja del mismo sexo decide llevar a cabo un magnicidio basándose en un viejo diario con noticias desactualizadas. 

 
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