Estafas: cuando vendieron un buzón, o la Torre Eiffel

Por Roy Rodríguez

Que la torre Eiffel fuera desmantelada no parecía extraño. Era 1925, la Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industrias Modernas iba a recibir 16 millones de visitantes. París buscaba recuperar sus luces: todo debía ser nuevo.

Para la ocasión, se le encargo al arquitecto suizo Charles-Édouard Jeanneret-Gris la construcción del Pabellón de L’Esprit Nouveau. Las líneas rectas y la funcionalidad imperaron. Dentro del pabellón, Le Corbusier –como se lo conoció- dispuso “su máquina de vivir”. Para las vanguardias, un hombre nuevo esperaba. Todo lo demás parecía superfluo. Incluso la Torre.

“Escritores, escultores, arquitectos, pintores y aficionados apasionados por la belleza hasta aquí intacta de Paris queremos protestar con todas nuestras fuerzas, con toda nuestra indignación, en nombre del gusto mal apreciado, en nombre del arte y de la historia franceses amenazados, contra la erección, en pleno corazón de nuestra capital, de la inútil y monstruosa torre Eiffel”. “La protesta de los artistas” abre uno de los capítulos del libro “La torre Eiffel: textos sobre la imagen”, de Roland Barthes. Evoca el rechazo que generó su construcción.  Hasta se dijo que era una estructura de hierro que esperaba su cobertura. Claro, su autor, Gustav Eiffel, había diseñado la estructura interior que sostiene la Estatua de la Libertad.

Los locos años 20 eran en París “L’Esprit Nouveau”. Con ese nombre se editó la revista fundada por el poeta Paul Dermée, Amedée Ozenfant y Le Corbusier. El espíritu era una línea recta, funcional, un automóvil a toda velocidad. Purismo y cubismo.  

Esos símbolos se materializaron en la construcción del Pabellón, de Le Corbusier. Una especie de protesta simbólica dentro de la Exposición Internacional de 1925. Un nuevo concepto de vida. La reorganización de la vida en torno al positivismo a pasos de la torre Eiffel. ¿Sería posible verla desde el interior del Pabellón?

Cuenta Barthes que Guy de Maupassant solía desayunar en la Torre frecuentemente: “Es el único lugar de Paris desde donde no la veo”, decía. Le Corbusier buscaba la pureza en los diseños simples y útiles. “El imposible huir de este signo puro -vacío casi- porque quiere decirlo todo. Para negar la Torre Eiffel (pero esta tentación es excepcional, pues este signo no hiere nada en nosotros), es preciso instalarse en ella como Maupassant y por, así decirlo, identificarse con ella”.

Los diarios de 1925 intentaron negarla. Era, decían las autoridades, una estructura cara. E incluso las noticias hablaban de un plan estatal para desmantelarla. Su funcionalidad primera había sido la de temporario portal de la Exposición Universal de 1889.

Esas noticias inspiraron al estafador Víctor Lustig. Si la Torre iba a ser negada, si iba a desaparecer, debería haber hombres dispuestos a hacer el trabajo. Lustig se hacía llamar conde. Hablaba cinco idiomas y había pasado años taimando pasajeros en los coquetos salones de los trasatlánticos, entre Paris y Nueva York. Fue incluso capaz de estafar al mismísimo Al Capone. Y un día regresó a Paris y los diarios le dieron la idea: era posible vender la torre Eiffel. Y lo hizo. Dos veces.

“Para satisfacer esta gran función soñadora que hace de ella una especie de monumento total, es preciso que la Torre se escape de la razón. La primera condición de esta huida victoriosa es que la Torre sea un monumento inútil. La inutilidad de la Torre siempre se ha percibido oscuramente como un escándalo, es decir, como una verdad, valiosa e inconfesable”, escribe Barthes.

Lustig falsificó sellos, membretes y documentos gubernamentales. Citó a seis de los chatarreros más importantes de Francia al hotel Crillón, frente a la Plaza de la Concordia. Pagó habitaciones, banquetes y los llevó hasta la Torre en limusina. Estudió y eligió a su presa. Derribarían la torre, les dijo. Agregó que el plan estatal debía mantenerse en secreto. A André Poisson, un empresario con antecedentes de soborno, le dejó entrever “una verdad valiosa e inconfesable”: necesitaba dinero para favorecerlo en la supuesta compulsa. Lustig cobró la coima. Poisson no se animó a denunciarlo.

“Al principio, siendo tan paradójica la idea de un monumento vacío, se quiso hacer de ella un “templo de la ciencia”, pero esto solo es una metáfora; de hecho, la Torre no es nada, cumple con una especie de grado cero del monumento: no participa de nada sagrado, ni siquiera del arte”, dice Barthes.

El arte de Lustig era la estafa. Un tiempo después regresó a París, y volvió a vender la Torre; pero esta vez lo denunciaron.

Según el reglamento, en la Exposición Universal de 1925 solo podían mostrarse cosas nuevas. No había lugar para el pasado como idea. En la “máquina de vivir” los objetos cambiaban de funcionalidad. De día o de noche; la razón era un futuro ideal. Con el tiempo, el Pabellón de Le Corbusier fue desmantelado. La Torre Eiffel sigue en pie. Barthes dice que en su estar “añade al mito urbano, a menudo sombrío, una dimensión romántica, una armonía, un alivio”. El espacio de los sueños.

 
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