Un día en la vida

Y así caminamos todos por veredas anegadas de botellas con un papel adentro que acaso contenga el postrero grito de tantos ahogados por la marejada de cemento

Por Pablo Moragues
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Tengo, a esta altura, alguna que otra deuda pendiente y mil historias que nunca contaré. Igualmente, siempre me ha parecido que, al caminar por las calles de la ciudad y toparme con sus personajes, hay algo que busca mostrarse, un mensaje que necesita desesperadamente lectores, una Piedra Rosetta que clama por un Champollion. El grisáceo adoquinado enseña algo. Bajo cada balcón enmohecido y cada árbol saturado de smog proliferan millones de significados que caen, cada día y a cada hora, como un aguacero. Pero las personas parecen a prueba de agua. Las lluvias ya no son lo que eran antes. Y así caminamos todos por veredas anegadas de botellas con un papel adentro que acaso contenga el postrero grito de tantos ahogados por la marejada de cemento.
Me detengo en un quiosco y pido alguna pavada que no recuerdo. Cómo no. Enseguida. De pronto, más que verla, presiento la figura que se corporiza súbitamente detrás de mí. ¿No tendrá algo para comer?, le pregunta a la quiosquera. Es una siesta calurosa pero parece que acaba de envolvernos una ventisca de nieve. Mientras termina de atenderme, la quiosquera envuelve un sándwich de miga o un pebete, el detalle se me escapa, y se lo entrega a esa silueta desvencijada que agradece con la cabeza y se pierde en el mar de gente. Yo salgo de ahí poco después con la sensación de que una clave fundamental de nuestro universo se me acaba de revelar delante de los ojos y yo soy demasiado estúpido para entenderla.
Por la tarde, mientras un dolor de espalda me tortura sin piedad, me siento en un bar y, famélico después de un largo día, pido un tostado. Inmediatamente, como me suele ocurrir en esos trances, divago con la mirada perdida, mientras el estómago agradece la atención que recibe. El sobresalto es mayúsculo cuando alguien, otra silueta tenue y semitransparente, aparece de la nada y me espeta: ¿no tendrá una moneda? No recuerdo si le doy o no, pero sí recuerdo cómo clava la mirada en mi tostado. ¿No me da un poco? Le doy una generosa porción mientras llego a la conclusión de que mi estómago ha sido reemplazado por un yunque y mi corazón por un cuarto kilo de carne molida. La evanescente presencia se esfuma y una vez más me atosiga la certidumbre de que otra señal se me escapa entre los dedos.
Como en un túnel de viento, las imágenes de años y años se agolpan, exigiendo un decodificador atento o, cuanto menos, no tan idiotizado. ¿Será un sueño, o más bien una pesadilla? ¿Ocurre en realidad? ¿Estas imágenes efectivamente existen o son fruto de una mente trastornada? Creo que mejor le voy a preguntar a esa ancianita que vende flores en la esquina en una noche glacial de invierno. Qué raro, parece no escucharme. Lo mismo me pasa cuando interpelo a esa adolescente demacrada que, sin medias y sólo con una remerita, va a clases temblando en una mañana de julio. Curioso. El silencio se impone y se mantiene. Sólo consigo, de tanto en tanto, una mirada escrutadora que ni siquiera es de reproche.
Hay algo así como un vertiginoso tobogán de significantes que nos mordisquean los tobillos, pero no hay caso. Insensibles, en el mejor de los casos, e indiferentes, en el peor, solamente nos quedan neuronas para cuanta imbecilidad aflora en el mercado de la bobería. No es cuestión que la ilusión que sostiene la tambaleante estantería del progreso indefinido comience a mostrar grietas. Caída la ilusión, derruida la fachada, separada la paja del trigo y la pulpa de la cáscara, queda muy poco con algo de sustancia, muy poquito, casi nada.
¿Hasta cuándo podrá soportar las tensiones el tren de la modernidad que va dejando a los rezagados y marginados al costado del andén? En una estación, en una bocacalle, en una culata autoritaria, en una noche sin luna, en un umbral destemplado, en la demagogia bruta, en un mal gesto y en una contestación despreciativa se acumulan innumerables indicios, los suficientes para decir luego, cuando la catástrofe ya sea inminente: las señales fueron claras, pero nadie les prestó atención. Señor, ¿tiene algo para darme? Salí, mocoso, que ya sale Argentina a la cancha.
Cuando yo era niño solía pasar varios días en la casa de mis primos. Para llegar a ella tenía que ir por una avenida que costeaba unas vías. Más allá de las vías se observaban cientos y cientos de casitas paupérrimas, construidas con sobras y desechos, amontonadas unas junto a otras. Con el correr de los años me enteré de que esos lugares se llamaban villas y de que había muchas más que esa que yo veía cada vez que iba a lo de mis primos, la cual resultó que hasta tenía un nombre: El Chaparral. El tiempo pasó y, al igual que todos, aprendí a ser formal y cortés, acumulando alguna que otra deuda e historias que nunca contaré. Ahora, en tiempo presente, hace poquito, he vuelto a pasar por esa misma avenida que costea unas vías. A pesar de los gobiernos y las ideologías que se han sucedido durante décadas, he vuelto a ver, como antaño, cientos y cientos de casitas paupérrimas, hechas con sobras y desechos y amontonadas unas junto a otras. Eso debería decirnos mucho.

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