Historias mínimas y sorprendentes

Historias mínimas y sorprendentes

comillas01.pngEn la parada de metro del Paseo de Gracia, en Barcelona, hay un latinoamericano bajito con sombrero de ala ancha que hace un truco excepcional.comillas02.png

INSTANTÁNEAS

por Manuel Esnaola

Especial para HDC

UNO
En la parada de metro del Paseo de Gracia, en Barcelona, hay un latinoamericano bajito con sombrero de ala ancha que hace un truco excepcional. Te pide que pienses en la primera mujer que tuviste en tu vida y va doblando un billete de cinco euros hasta reducirlo a un cuadradito. No te deja pensar en otra cosa, en un tono jocoso y pícaro te va haciendo el verso, que por favor concéntrese, es esencial que ponga toda su atención en recordar a la primera mujer con la que estuvo. En el billete, argumenta, por más inverosímil que ahora le parezca va a aparecer escrito el nombre de esa mujer. Después te pone el billete doblado en la mano, te dice que la cierres despacio y que la agites. Uno se pone ahí a batir la mano hacia arriba y hacia abajo, en un vaivén receloso, cuando de repente advierte las carcajadas del embaucador y todos los espectadores que se han arrimado al escenario improvisado. Ahí caés. Te mirás la mano y la mueca de la masturbación es innegable. “Viste, ahí está la primera mujer que estuviste”, te dice el genio latinoamericano desbordado por la risa. Después te palmetea la espalda, te da un abrazo y pide palmas. 
Yo ya lo había visto en otra oportunidad hace tres o cuatro años. El mes pasado anduve por Barcelona y me lo crucé de nuevo. Perdí el tren sólo para cerciorarme de que aquel truco seguía intacto, de que todo es repetición y que a veces, sólo a veces, puede haber algo sorprendente en lo sucesivo.
 
DOS 
En el barrio de Bilk, en Düsseldorf, hay una calle desolada donde todos los días a medianoche para el último tren que viene desde el centro. Uno parece reconocer a la gente que baja del Straßenbahn en la calle Merowinger, sólo que advierte un detalle escalofriante: suelen ser personas que por alguna razón, en la memoria, hemos dado por muertas. Una mujer que cuando éramos niños ya estaba demasiado anciana; la novia del hermano mayor de un amigo que murió en un accidente automovilístico; la abuela que en alguna noche lejana nos enseñó a jugar al chinchón; el verdulero de la esquina que la palmó de un paro cardíaco. No obstante estos rostros familiares del pasado parecen mirar hacia el suelo, y no son capaces de cruzarte una mirada. Se bajan y caminan impasibles por Merowingerstraße hasta perderse en alguna esquina o en el bosque que comienza atrás del patio de la última casa. 
Algunos años después de vivir en en el barrio de Bilk, encontré dos situaciones similares a la de este tren: un cuento de Fogwill llamado “Los pasajeros del tren de la noche” y “Adelma”, la ciudad invisible de Ítalo Calvino. Allí Marco Polo piensa: “(…) llega un momento en la vida en que la gente que uno ha conocido son más los muertos que los vivos. Y la mente se niega a aceptar otras fisonomías, otras expresiones: en todas las caras nuevas que encuentra, imprime los viejos moldes, para cada una encuentra una máscara que se le adapte mejor”.      
 
TRES  
En el cantero de mi edificio, sobre la calle San Lorenzo, a eso de las cinco de la tarde se sienta religiosamente un linyera con todos sus trastos sobre un carrito de supermercado. La gente medio que lo ignora, pero él se empecina en lanzar piropos, o palabras que generalmente resultan inentendibles. Es cierto que huele a alcohol y a mugre, pero ¿quién no? Si yo tomo fuerte, al otro día por más ducha y perfume que meta, el alcohol me sale por los poros. 
En fin, el linyera se llama Albertito, y una vez me contó en medio de un breve momento de lucidez (me rehúso a decir “mintió”, porque hasta el día de hoy sigo creyéndole), que era matemático y que trabajaba en encontrar números primos no descubiertos aún. Sacó una libretita de esas que usan los soderos para anotar el recambio, y me mostró páginas y páginas con algoritmos, fórmulas, símbolos y cosas que me son imposibles de describir. Dijo que hay cierta lógica en las cosas, que nos movemos según leyes desconocidas y que nuestras decisiones son el resultado de un cálculo erróneo de esa matemática invisible. Pero que está bien que así sea, porque si alguien fuera capaz de comprender esas leyes entonces ya nada tendría sentido, esto ya lo dijo Borges en “La escritura del Dios”, quien haya entrevisto los designios del universo no puede ser más que nada. “¿Te gusta Borges, Albertito?, a mí también me encanta”. Pero Albertito ya está otra vez fondeando la birra y lanzando su habitual concierto de balbuceos. No me reconoce cuando me voy, pero igual lo saludo y le pido que no se olvide de mí si llega a descubrir un número primo nuevo. 
 
CUATRO
En General Fotheringham, por lo menos cuando yo era chico, había un galpón al lado de la cooperativa lleno de hachas, cuchillas, sierras, martillos, picos, azadas, alambres de púa, ganchos y esas cosas que uno ve en las películas de asesinos dementes. Con mi hermano solíamos meternos por la grieta que dejaba una chapa sin remaches y nos subíamos a una especie de altillo para espiar. Normalmente entraba un tipo de bigotes anchos, con un delantal de goma y guantes en las manos. Se paraba junto a la mesa de acero, descolgaba las cuchillas y las afilaba con una amoladora. Saltaban chispas por todos lados. 
Después dejaba los guantes en un cajoncito de plástico que parecía un tapper, igual a esos donde mi vieja guardaba el peceto la noche antes de cocinarlo. Debía de tener agua con alcohol o algo por el estilo. El gigante sacudía un poco la tierra del suelo y se sentaba a llorar. A veces podía estar hasta una hora llorando, sin tregua. Más tarde, cuando ya habíamos escapado del galpón, lo veíamos en el campo moviendo una máquina enorme con las manos y hablando con alguien a quien nosotros no podíamos ver. Se reía, lo abrazaba y le decía que lo ayude con el armatoste a ese niño que con mi hermano nunca pudimos ver.
 
© 1997 - 2019 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar