Revisitar los ´90 en la novela de Enzo Maqueira

Revisitar los ´90 en la novela de Enzo Maqueira
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EL CENTINELA CIEGO 
 
por Leandro Calle
Especial para HDC
 
Dejáte de joder Voloj, le digo al escritor cordobés David Voloj cuando me tiró sobre la mesa un nombre que era el de Enzo Maqueira. En realidad, ni había escuchado el nombre. Yo había reaccionado en relación a la segunda parte de la charla con Voloj que era la temática de los ’90. Más tarde, Enzo Maqueira me escribiría diciendo “No todo fue pizza con champagne”. Y es totalmente cierto. En mi caso personal la marca de la vuelta de la democracia fue una marca a fuego, y además en los ’90 me ausenté algunos años del país. Pero más allá de los prejuicios políticos y sociales, Voloj atacó con una pregunta directa y concreta: “¿Leíste Electrónica?”. Mi respuesta fue un No, sincero y redondo. Y como la cosa trata de literatura no hay que discutir nada, al menos tratar de no discutir sobre aquello que no se conoce. A conocerlo entonces. Esa semana compré “Electrónica” de Enzo Maqueira publicado por Interzona. Una novela de 123 páginas. Venía de leer la de Houellebecq que, como habrán visto en la columna del “Centinela ciego”, se me cayó bastante de las manos. 
 
¿Qué es “Electrónica”? ¿Un retrato de época? ¿Una burla, una mirada ácida (ácida es la palabra), y cínica, de lo que vivía la clase media porteña en los ’90? ¿Es un ajuste de cuentas del autor consigo mismo? ¿Es un espejo en donde al mirarnos nos descubrimos una dulce lepra que avanzó por la piel? ¿Qué es “Electronica”?
 
Me miro al espejo y me respondo a mí mismo: “Dejate de joder Calle, Electrónica es una novela bien escrita, una muy buena novela, muy bien escrita”. Y por supuesto eso ya es suficiente. Y es una buena novela no por lo que dice sino por el cómo lo dice, por el tono y el estilo. Por cómo está escrita. Porque se trata de escribir y si de escribir se trata el tema del cómo es importante. Dividida en seis partes, cada final de capítulo nos mete más adentro. Como las pastillas, el porro y el LSD que los personajes consumen vorazmente, la novela de Maqueira, a medida que la vamos leyendo, “pega más”. 
 
Cuando le pregunto al autor por qué escribir sobre los ’90, responde: “No tuve intención de escribir sobre los ’90. Los ’90 simplemente estaban ahí como contexto de la historia que quería contar. Una profesora universitaria que se enamora de un alumno, tienen sexo un par de veces y después la relación termina y eso, para ella, significa el derrumbe de su juventud. Punto. Pero en ese proceso ella recuerda su adolescencia en pleno neoliberalismo salvaje y sus años dorados como reina de la noche electrónica en tiempos del kirchnerismo. De a poco, mientras trata de entender dónde quedó su juventud, descubre que su vida fue atravesada por dos retóricas, por dos discursos distintos que al mismo tiempo encierran muchas similitudes y que la fueron moldeando”. Al principio Maqueira había planificado un profesor hombre, pero luego reescribió la novela y fue una chica, una mujer de treinta. No sé por qué me acorde de Manhattan, de Woddy Allen. Tal vez porque a la chica le pasa eso, se enamora, ella que teóricamente sabía que no se tenía que enamorar. En el texto se entrelazan la tercera y la segunda persona y esa urdimbre aparece de manera natural, tal como el autor nos lo comenta: “La segunda persona apareció en la última frase que escribí, la del final: “Para vos era un flash”. Había escrito la novela en tercera, pero esa segunda apareció y me pidió más. Ahí volví a empezar y reescribí el texto intercalando la segunda y la tercera. No me costó porque fue una especie de voz que me reclamó aparecer. Fue muy natural, mucho más de lo que me había resultado narrar en tercera. Quizás lo más difícil fue saber en qué momento emplear una y en cuál emplear la otra. Lo difícil fue el peine fino, porque había que atender que se entendiera el texto, que sonara como yo quería y que, al mismo tiempo, hubiera alguna lógica en los cambios del narrador”. 
 
Si el entretejido de la segunda y la tercera persona es remarcable, están también los personajes de la novela, entre atormentados y felices, por aquel mandato generacional que marcaba el imperativo de “ser feliz”. Entre estos protagonistas hay un gay adorable al que le dicen Ninja: “En una primera versión (dice Maqueira) era un gordo putañero, heterosexual, una suerte de cómplice del protagonista, que entonces era profesor y estaba enamorado de una alumna. Después, cuando cambié por una protagonista, viró hacia un gay, “Ninja”, es decir, ese tipo de fanático de las fiestas electrónicas, que baila más que los otros, se droga más, está siempre muy arriba de ánimo, y no deja que la fiesta decaiga. Pero quería que fuera un Ninja retirado, un tipo que no se puede seguir el ritmo a sí mismo, que busca el amor en medio de una vorágine de sexo con cualquiera, que arrastra la mochila del HIV pero que no vive ningún drama con eso, que simplemente sigue adelante en la búsqueda del amor. Tengo muchos amigos gays, pero ninguno es el Ninja, aunque algunas de las anécdotas que él cuenta son directamente traídas de alguno de mis amigos. Se podría decir que el Ninja es un rompecabezas de un personaje que no llegó a nacer y de amigos que me mostraron cómo era el mundo gay dentro de la electrónica”. 
 
Vale la pena asomarse a esta novela de Enzo Maqueira y descubrir cómo el mismo autor dice que es necesario revisitar literariamente los ’90: “Se tiende a darle a los ’90 todo tipo de connotaciones negativas. Está muy bien. Era necesario hacer eso. Destruir los ’90. Pero ya es hora de reconciliarnos con una parte de lo que fue, de lo que fuimos e hicimos. No todo fue pizza con champagne. No todo fue la convertibilidad. E incluso en esos conceptos también hay que sumergirse para entender más, para rescatar, para problematizar. Es un periodo muy fuerte de nuestra historia que necesita ser revisitado, sobre todo porque sigue muy vivo. En términos económicos, los ’90 terminan en 2001, con la crisis de diciembre; pero en términos culturales todavía existen y son parte de ese grueso de la sociedad argentina que no compró el discurso kirchnerista, que todavía cree que Estados Unidos es el faro del mundo, que desprecia la unidad latinoamericana, que todavía se deja encandilar por espejitos de colores. En el kirchnerismo mismo todavía hay un gran porcentaje de los ’90. Sin ir más lejos, Scioli es un típico político de los ’90 y ahí está, a punto de ser presidente. Los ’90 viven en nosotros. Explorarlos con la literatura es necesario para entender exactamente hasta dónde estamos con los ’90”.
 
Revisitar los ’90 es un buen objetivo y mucho más si es revisitado por la misma generación que formó parte. En el caso de Maqueira, la mirada es crítica pero la crítica está llena de ternura, hecha cargo de lo bueno y lo malo. Pero sobre todo, lo repito, es una novela muy bien escrita. Pega más, entusiasma. Vale la pena. Los dejo con una irónica frase que subrayé durante la lectura: “Las habías visto tomar cocaína en el baño de un boliche lleno de drogadictos y ahora subían fotos con un bebé y veinte kilos de sobrepeso”. 
 
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