Las nuevas guerras comerciales

GEOECONOMÍA
por Marcel Humuza


Hay que terminar de contar portaviones, aviones de combate y misiles, escribió hace poco Phillip Stephens en el Financial Times. El fracaso de los Estados Unidos en Afganistán e Irak ha hecho ver al mundo los límites del poder militar, según Stephens. Desde entonces —prosigue— la geopolítica clásica se ha separado de la geoeconomía. Estados Unidos, la zigzagueante potencia mundial, apuesta cada vez más a los acuerdos comerciales para ordenar el sistema internacional según sus intereses.

De hecho, el gobierno de Barack Obama sigue una nueva estrategia, que saca enseñanzas de los excesos militares del gobierno de George W. Bush. Apuesta a las relaciones económicas y financieras como instrumentos estratégicos para consolidar su poder. Su expansión pretende asegurar que EE.UU. seguirá siendo el centro de la economía mundial. Es que esto los pone, gracias a nuevos métodos sancionatorios, en condiciones de excluir del comercio internacional y, en especial, del intercambio financiero, también a países de envergadura. Si este plan tiene éxito, el potencial de amenaza de la fuerza militar sería solo un instrumento lateral de la gobernanza estadounidense y los EE.UU. seguirían siendo la potencia reguladora de las relaciones internacionales.
La política comercial es aprovechada hace aún más tiempo por la Unión Europea (UE) para asegurar y expandir su área de influencia. Sin embargo, lo hace de manera tradicional, especialmente como instrumento de política para el desarrollo. A través de acuerdos de asociación, la UE condicionó políticamente el acceso a los mercados para incentivar reformas en terceros Estados. El objetivo era exportar su propio modelo político, la integración regional, la liberalización y apertura de mercados y el ideal de una paz democrática.
Sin embargo, el ascenso de los países emergentes y la crisis económica y financiera han dado lugar a un contexto internacional con profundas modificaciones. En tal contexto, el crecimiento es un problema no tanto para los socios de la UE, sino para la UE misma. Es por ello que ha dado una nueva orientación estratégica a su política comercial. De lo que se trata es fundamentalmente de la competencia con otras potencias comerciales: la UE quiere defender su lugar como potencia económica, resguardar su acceso a materias primas y energía para el futuro frente a sus competidores, abrir nuevos mercados para sus propias empresas y asegurarse una participación en el crecimiento de los países emergentes.
Por tal motivo la UE ha dado marcha atrás con el multilateralismo, con lo cual ha comenzado a urdir una red de amplios acuerdos bilaterales y regionales. No solamente con países en desarrollo y emergentes sino también con países industrializados como Japón, Canadá o EE.UU. Su política comercial ha pasado, así, de ser un instrumento de ofensiva para exportar el modelo propio a ser un instrumento de defensa contra la formación de potencias competidoras. En este contexto, el propuesto Acuerdo Transatlántico para el Comercio y la Inversión (conocido por el acrónimo en inglés TTIP) adquiere especial importancia.
La intención de quienes iniciaron el TTIP es que establezca una suerte de “estándar de oro” de normas globales para las relaciones económicas internacionales cuya introducción no puede lograrse debido al bloqueo en la OMC en el plano multilateral. No obstante, los críticos ven al TTIP más como un baluarte contra la nueva competencia. Para ellos, el acuerdo ha sido concebido sobre todo para crear un régimen comercial del cual los países emergentes estén excluidos. Así, el TTIP equivaldría a establecer un mercado transatlántico cerrado: quien desee acceder, debe aceptar las reglas allí establecidas sin poder negociar nada. China ve al TTIP como un ataque, y advierte contra una “guerra fría” en materia de comercio.
Otro escenario también plausible sería que las nuevas potencias recurran también al instrumento de defensa contra la formación de potencias competidoras. El resultado sería la formación de bloques comerciales. A modo de reacción, China ya ha comenzado a negociar un acuerdo regional con Estados miembros de la Ansa (Australia, Corea del Sur, India y Japón), y a impulsar una zona de libre comercio entre los Bric (Brasil, Rusia, India y China). También está esforzándose por reducir la importancia del dólar estadounidense como moneda de reserva.
Como consecuencia, algunos observadores advierten contra los peligros de una creciente regionalización del comercio internacional. Esta regionalización podría llevar, tal como sucedió tras la Gran Depresión de 1929, a una peligrosa partición del orden mundial. Desde el TTIP también  prevén tal partición, pero desde su punto de vista el acuerdo prepara a la UE y a EE.UU. para una “guerra mundial por el bienestar”, contra las nuevas y vigorosas potencias.
En un mundo post-multilateralismo de estas características, se enfrentarían entre sí bloques de potencias comerciales competidoras, los cuales intentarían ganar para sí a terceros Estados y crear obstáculos comerciales contra sus adversarios. De este modo, el orden multipolar en desarrollo estaría marcado por crecientes conflictos, lo cual no solamente agudizaría las crisis económicas, sino que tendría considerables consecuencias desde el punto de vista de la política de seguridad.
Ya que ha comenzado una guerra comercial y financiera entre las potencias. Apenas un año atrás, un escenario así parecía extremadamente improbable, pero la crisis en Ucrania muestra los peligros que entrañan los conflictos en los que se entrecruzan intereses comerciales y geopolíticos. No por casualidad la crisis ucraniana se inició en proyectos comerciales que competían entre sí y que obligaron al país a decidirse entre dos importantes socios.
Los politólogos especializados en política exterior y de seguridad han estado advirtiendo contra una escalada militar: Rusia se ha convertido, así, en un caso de prueba para la nueva gobernanza de Estados Unidos. Para poder resistir a las sanciones, Rusia buscará socios, especialmente entre los países emergentes.
La rivalidad de China con Estados Unidos (y su aliado, Japón) provoca crecientes tensiones estratégicas en Asia. Por lo tanto, las bases de un nuevo orden mundial partido podrían ya estar sentadas.
 
Fundación Friedrich Ebert.

 
© 1997 - 2019 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar