Después del G-20

Editorial

La República Argentina fue sede del Grupo de los 20, comúnmente llamado el G-20. Como todos los temas sociales, políticos o económicos de nuestro país, esta reunión internacional fue y sigue siendo motivo de discusiones ideologizadas y sin matices. Para los oficialistas, la reunión del G-20 en Argentina representó un regreso triunfante del país al mundo, un reconocimiento de la comunidad internacional a las políticas económicas del gobierno de Cambiemos. Para ellos, los líderes de las principales potencias del mundo vinieron a felicitarnos por lo bien que nos va.

Para los opositores, la reunión fue intrascendente. Llamativamente, para quienes ayer fueron gobierno y hoy son oposición, el G-20 ahora es inútil y solamente sirvió para que el presidente de la Nación, Mauricio Macri, se sacase algunas fotos con los mandamases del mundo y renovara discursos vacíos de contenido.

Lo cierto, también aquí, parece no estar en los extremos. Este foro multilateral está integrado por 19 países y la Unión Europea; entre todos representan dos tercios de la población mundial y más del 80 por ciento del PBI del mundo. A juzgar por su realidad actual, Argentina no debería integrar ese conjunto. En rigor, está en él por aquellas “relaciones carnales” que el ex presidente Carlos Menen tejió con los mandatarios estadounidenses George Bush (padre) y Bill Clinton en los años ´90.

En contra de los críticos, debe decirse que el G-20 es importante como instancia de diálogo directo de la élite dirigencial del mundo, y que integrarlo puede ser una oportunidad. Pueden disgustar algunos de sus miembros, pero no puede desconocerse su rol en las decisiones globales, o en la falta de ellas. Luego, aprovechar esa oportunidad depende, como siempre, de la pericia del gobierno nacional de turno.

Pero también debe decirse, en contra de los defensores a ultranza de la gestión Macri, que poco y nada tuvo Argentina para mostrar en esta Cumbre, más allá de reiterar las ya conocidas promesas de mejoramiento futuro: el remanido “segundo semestre”. El inusitado aumento del endeudamiento, junto a una enorme devaluación de la moneda, inflación y recesión, más el crecimiento de desempleo y pobreza, ponen al país entre las peores economías del mundo. La realidad actual ni se acerca a la que había cuando Argentina fue elegida como sede.

Los mandatarios vuelven a sus países y tendrán que enfrentar sus propios problemas. El mundo seguirá siendo el mismo, para bien y para mal: tan desigual e inequitativo como es hoy, con ricos a los que les sobra lo que les falta a los pobres. Con guerras a lo largo y a lo ancho del planeta, comerciales y militares.

Para Argentina, en el mejor de los escenarios, si el Gobierno supo negociar algunos acuerdos bilaterales en materia de comercio exterior, podremos capitalizar los beneficios, en el mediano y largo plazo. No es poco, aunque, en el fondo, nuestros problemas siguen siendo los mismos.

03 Diciembre 2018
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