Osías y los abuelos del siglo XXI

Porota

¿Recuerdan la hermosísima canción de María Elena Walsh llamada “La marcha de Osías”?, ¿la recuerdan? esa que decía algo así...

“(...) Osías, el osito en mameluco
paseaba por la calle Chacabuco
mirando las vidrieras de reojo,
sin alcancía pero con antojo.
Por fin se decidió y en un bazar
todo esto y mucho más quiso comprar.
Quiero tiempo, pero tiempo no apurado,
tiempo de jugar que es el mejor.
Por favor, me lo da suelto y no enjaulado
adentro de un despertador.
Quiero cuentos, historietas y novelas
pero no las que andan a botón.
Yo las quiero de la mano de una abuela
que me las lea en camisón (...)”

Si bien faltan algunas estrofas, la canción bien típica del cancionero infantil del siglo XX podría haber sido escrita por algún “Osías” del siglo XXI. Parece que el mal de “falta de tiempo” lo venimos arrastrando hace décadas y que las abuelas cuentacuentos en camisón siempre fueron un recurso escaso.

La marcha de Osías, habla de ese osito que sin dinero quiso comprar lo que no tenía precio, pero sí un gran valor: el tiempo de jugar, el tiempo de compartir. Esos tiempos que no pasan de moda y que siempre resultan ser los más codiciados por los niños. No hay tablet, computadora, PlayStation, que superen un momento genuino de la mano de un adulto que esté dispuesto a dejar el celular y la agenda de lado.

¡Tamaña tarea nos ha legado el siglo XXI a quienes asumimos el abuelazgo como parte del arte de envejecer! Es que el mundo posmoderno nos puso en jaque. Por un lado, nos invita a no perdernos de algo, a sumirnos a las adictivas ofertas del puro placer. Y, por el otro, levanta en brazos a los hijos de nuestros hijos y nos dice: “aquí están los que están dispuestos a ofrecerles su infancia a cambio de mirada, respeto, amor y un cuento en pijamas sin tiempo, ni relojes”.

¡Aja! noticias poco alentadoras: la habilidad de equilibrar no desaparece con la emancipación de los hijos, la viudez o jubilación. Diría que en algún punto aumenta porque ya no descansa en la rutina familiar sino en la escucha permanente de uno mismo:

¿Cómo hago para irme de viaje y no perderme el cumpleaños de mi nieto menor?
¿Ayudar a mis hijos con el cuidado de mis nietos o ir al taller de computación?
¿Comprarme el libro o llevarlos al cine?
¿Contarles el cuento u ofrecerles golosinas?
¿Charlar con ellos o mirar televisión?
¿Apreciar en silencio su juego o sucumbir al Candy Crush?
¿Salir con amigas o respetar las pijamadas del mes?
¿Que me llamen abuela, Abu o por mi nombre?

Conciliar nuestra vida profesional (en algunos casos), las ganas de viajar, de tener una vida social y de emprender otras actividades, sin dejar de hacer lo que nuestros abuelos hicieron con nosotros... sin dudas requiere de una experticia que sólo podemos afrontar nosotras, las personas envejecidas, los viejos con conciencia y madurez, que registramos todas las edades y las capitalizamos. Porque sabemos de la espera y la expectativa de la niñez, de la energía de la juventud, de la prisa de la madurez y del valor del tiempo en la vejez.

¿Conciliar?, ¿equilibrar?, ¿disfrutar?
¡Pan comido!

Porota
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25 Enero 2019
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