Irán, un aspirante al liderazgo regional aún en veremos

ORIENTE MEDIO
por Jesús A. Núñez Villaverde  


La disputa por el liderazgo en Oriente Medio ha sido históricamente cosa de tres: Arabia Saudita, Irak e Irán. Hoy ninguno de los dos primeros está en condiciones de reclamar ese título, mientras que Irán se acerca cada vez más al momento en el que pueda reverdecer los laureles que ya cosechó cuando era conocido como Persia. Son muchos y variados los factores que cuentan a su favor; pero tampoco son menores los obstáculos de debe aún superar para ello.


Entre los primeros es obligado comenzar por sus propios poderes, resumidos en su condición de segundo país del mundo en reservas de gas, y tercero en petróleo: unas posiciones que seguramente se modificarán hacia arriba en el momento en el que pueda explorar sus potencialidades subterráneas con tecnologías que hoy no están a su alcance por las sanciones internacionales. Con sus casi 80 millones de habitantes, su demostrada capacidad industrial (tanto civil como militar) y sus ejércitos (no tanto el “Artesh”, habitual en cualquier país, sino más bien el poderoso “Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica de Irán”, los “pasdaran”), acumula activos que lo sitúan por encima de cualquier otro aspirante regional. Y todo ello a partir de un PBI que supera a la suma del de los otros aspirantes citados, y de una envidiable posición geopolítica, como puntal principal del Golfo y del estratégico estrecho de Ormuz.
En su afán por lograr un estatuto que el régimen actual persigue desde su arranque, junto con el imperativo principio de evitar su propia defenestración, Teherán ha ido desarrollando una estrategia que sirve a dos propósitos: ganar influencia en su vecindad, como la vía más directa para ser reconocido como potencia incuestionable, y dotarse de bazas de retorsión efectivas para frenar las apetencias de quienes pretendan su destrucción.

En esa doble línea hay que interpretar su sostenida apuesta por Irak, competidor tradicional hoy reducido a la condición de subalterno, en el que Teherán ha logrado imponer un gobierno chiíta (que se corresponde con el mayoritario peso demográfico de esa comunidad). Desbaratando en buena medida los planes de la administración de George W. Bush, el régimen de los ayatollahs no solamente ha neutralizado a un posible competidor, sino que lo ha puesto al servicio de su visión de un dominio chiíta en la región.

En ese mismo sentido, como un eslabón más de lo que Abdallah II ha denominado “media luna chiíta”, hay que entender el interés iraní por evitar la caída del régimen alauí (es decir, chiíta) de Bashar al Asad, en Siria. Damasco es una pieza importante en sí misma, pero también como vital vía de comunicación con Líbano, donde el Partido de Dios (Hezbollah) permite a Teherán soñar con extender sus brazos hasta el Mediterráneo. Al mismo tiempo, tanto Siria como Hezbollah son relevantes bazas de retorsión (contra Israel) y de negociación (con Estados Unidos, en el marco del proceso de acercamiento que se está desarrollando actualmente).

Los largos tentáculos iraníes llegan también a otros países de la región como la misma Arabia Saudita, aprovechando que en torno al 20% de su población se adscribe a la rama chiíta del Islam. El hecho de que esa importante comunidad se encuentre objetivamente marginada por el régimen saudita (suníta) le otorga a Irán una importante palanca para movilizarlos en contra de Riad. De ese modo, no sólo juega a acrecentar los problemas que el rigorista clan de los Saud debe gestionar internamente, sino que le obliga a reconsiderar en detalle cualquier medida que Teherán pueda percibir como una amenaza a sus intereses.

Eso mismo puede aplicarse a Bahrein, una monarquía sunita crecientemente cuestionada por una mayoría de población chiíta, sobre la que Irán ejerce un notable ascendiente. Y todavía cabría considerar que el grupo palestino Hamas sería una baza de retorsión adicional, dado que, a pesar de su perfil sunita, sirve igualmente a Teherán para quitar el sueño a Tel Aviv.

En cuanto a los obstáculos que aún le quedan por superar, no hay ninguno más importante que el derivado de su controvertido programa nuclear. Su empeño le ha supuesto la aplicación de unas sanciones que afectan seriamente al bienestar de los iraníes y, en consecuencia, a la estabilidad del régimen. Irán es hoy, en términos generales, un paria internacional y eso no solo le impide rentabilizar adecuadamente sus potencialidades, sino que pone en peligro la vigencia del peculiar sistema de “velayat-e faqih” que impuso el imán Ruhollah Khomeini a partir de 1979. Es precisamente el daño causado por dichas sanciones lo que mejor explica la actual estrategia de negociación liderada por el propio presidente, Hassan Rohani, con el respaldo explícito (pero no definitivo) del líder supremo, Alí Khamenei.

Conscientes del daño que ese empeño puede suponer (no tanto para los iraníes como para el régimen), es bien visible la voluntad negociadora que Teherán lleva mostrando desde el último noviembre. Ahora, con la prorroga acordada hasta el próximo 24 de noviembre, es previsible que Irán corrija su actitud hasta el punto necesario para liberarse del estigma que lleva arrastrando desde hace décadas. Sabe, asimismo, que son muchos quienes desean su ruina (con Israel y Arabia Saudita en primer lugar); pero también sabe que Washington y el resto de las capitales con las que negocia no desean la confrontación y le están ofreciendo una (última) oportunidad para volver a respirar libremente y recrear su protagonismo regional. Veremos.

Economista, codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH). 

 
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