Todo lo que cabe en los ojos de una Reyna

Otro día en el Paraíso
por Federico Racca
Especial para HDC

Hay recuerdos que no voy a borrar / personas que no voy a olvidar. / Hay aromas que me quiero llevar / silencios que prefiero callar...


La semana pasada fui invitado a una fiesta. Llegué puntual, el Flaco me saludó con un largo abrazo. La leyenda dice que casi cuarenta años atrás, ese hombre tuvo que salir de nuestra ciudad metido en el baúl de un Renault 4, se asentó en Madrid y por su restorán pasaron cada mina y cada tipo que nuestra ciudad exilió. Cuando regresó esta democracia imperfecta en la que vivimos, el Flaco volvió cada año, como quien vuelve a la Fuente de los Deseos, que no es más que la de las raíces y los amigos.

Me quedé a un costado, al final de la larga carpa donde una generación que marcó la historia política y cultural de nuestra provincia, se juntaba después de años de no verse. Estaban el Tano Sappia, el Cuqui Chiaravino, abogado del Negro Atilio López, Américo Tatián –un médico que conduce un famoso programa de tango en la radio- y su hijo, Diego, filósofo y escritor. El Colorado Zuluaga, gremialista que fue candidato a vicegobernador por el peronismo y perdió con Illia, con sus 93 años, caminaba entre la gente. Estaban el Polo Valdés, presidente de la Cámara de Diputados cuando llegó el Golpe que le regaló cuatro años de cana, y también los políticos de hoy: el intendente Mestre, Mario Negri, Horacio Viqueira...
Entre el tumulto de gente, apareció la escritora Reyna Carranza con su cabello de fuego y un vestido negro que probaba lo que todos afirman: es la mujer más bella que dio esta ciudad. Su última novela, “Hablame de Tosco”, narra los alrededores del Gringo y de muchos de los que estaban en la fiesta. Vi sus ojos azules, verdes, amarillos –nunca nadie ha podido describir con certeza el color ni la profundad y menos aún, lo que han visto los ojos de Reyna. Jovencísima se fue al exilio con su marido, Gustavo Roca, mítico abogado defensor de presos políticos y sindicales e hijo del gran Deodoro. Vivieron en Madrid y en París, y desde allí agitaron la vuelta de nuestra democracia. Fue su mujer por veintidós años hasta la muerte de él. Alguna vez dijo: “Gustavo fue mi paradigma de hombre, el gran amor de mi vida. Después, ya no me volví a enamorar.”

Tomo un poco de vino y como bocaditos de jamón. Pasan las horas, la gente se sienta en las mesas. Llego a la mía, no conozco a nadie y decido cambiar. Me acerco a Reyna, le pido permiso y me siento junto a ella. Comemos cuadril con guarnición. A los postres –un helado de chocolate– el Flaco toma el micrófono y explica que desde que eran niñas, sus dos hijas crecieron con las historias de los allí presentes. “Cuentos a veces reales, a veces exagerados por las distancia”, dice. Explica que por ello, con su mujer, decidieron hacer la fiesta y traer a las hijas, para que le pusieran rostros a esos cuentos. Después –sensible, natural– brinda por los amigos que ya no están.

Miro el perfil de Reyna, sus ojos de color indescriptible, le pregunto por Gustavo, le digo que me cuente de los amigos del exilio y ella comienza: “Sabés, recuerdo las cosas como en fotos. Se había organizado un acto contra la dictadura en París. Fuimos con el Gordo Soriano, que para mí es el mejor novelista que dio la Argentina, con Julio Cortázar y con su mujer, Carol Dunlop. En la movida habló Julio. Era un flaco largo, tan bueno que no podía matar una mosca. Arengó por la democracia, por la revolución, por el valor de ser libres. Sus brazos se extendían como alas y la gente quedaba embelesada. Al terminar la reunión, tomamos el subte. Viajamos un rato, ellos se bajaron antes que nosotros. El vagón arrancó lentamente y, por unos segundos, el Gordo, Carol y Julio quedaron a nuestra par, caminando por el andén. Gustavo los saludaba y, como retribución, el Gordo se agarraba los genitales y Julio le hacía el signo del dedo adentro del circulito... Pese al sufrimiento, todos reíamos...”

Ya está terminando la noche y Natalia, una de las hijas del Flaco, canta bellísimas canciones. Luego llega Marta, su madre, que nos regala unos tangos junto a la hermosa Elvira Ceballos. La gente sigue charlando. Me levanto, tomo mi campera y salgo a la fresca noche. Pienso en lo que había dicho el Flaco, pienso en Gustavo Roca, en el Gordo Soriano, en Julio Cortázar y en el resto de los que ya no están. Me doy cuenta que el Flaco y su mujer han armado la fiesta para celebrarlos, para homenajear la amistad.

Hay secretos en el fondo del mar / personas que me quiero llevar / aromas que no voy a olvidar / silencios que prefiero callar / mientras vos jugás...

 
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