La iniciación sexual de Caio Fernando Abreu

Diversidad
…que mais me podes dar que mais me tens a dar a marca de uma nova dor Isadora
por Miguel Koleff
Especial para HDC

Siempre recuerdo que el primer cuento de Caio Fernando Abreu que leí vino con la advertencia que me hacía un amigo: en ese texto, el autor confiesa su «primera vez». De dónde sacó esa información no lo sé porque nunca encontré fuente bibliográfica que lo confirmara. Ahora bien, que es perfectamente posible que haya sido así, no caben dudas. Caio vivió a fondo la dictadura militar y su vida privada se vio muchas veces cercenada por los uniformes verdes.
Hay una referencia que ayuda a creer en esa versión autobiográfica que se trasluce en «Sargento García» sobre todo si consideramos que a la altura del golpe en Brasil, el autor era un adolescente: el barrio donde pasó su infancia en Santiago estaba próximo a un regimiento militar y era pasaje obligatorio para moverse en la ciudad. El cuento al que quiero referirme fue publicado en 1982 en un libro que pretendía exorcizar la pesadilla de los años 70: Morangos Mofados (Frutillas Mohosas, en la versión argentina de Beatriz Viterbo).
El título no desmiente la historia pero ancla intertextualmente en una serie televisiva que veíamos desde niños y que –incluso al día de hoy- es conocida. El Sargento García es uno de los personajes de El Zorro y precisamente su enemigo más torpe. En la ficción de Caio, es el nombre del militar que inicia sexualmente al protagonista de la historia. Físicamente diferente, este personaje no está pautado por los desatinos de su homólogo sino por una perversión latente que lo une a su subordinado. El programa infantil se torna así impostura y funciona como inversión semántica para testificar la experiencia de la sexualidad en tiempos oscuros, sobre todo cuando se trata de la minoría gay.
 El texto se divide en tres partes que se organizan al ritmo de la historia narrada. Al principio, se detiene en un cuartel donde el Sargento García revisa a los candidatos que han sido incorporados para el servicio militar. En medio de una «manada bruta» de chicos desnudos que esperan ser observados, se destaca la figura de Hermes, el precoz estudiante de filosofía fascinado por las mónadas de Leibniz que –en razón de su edad- no puede menos que acatar las prerrogativas de la época aunque se enmarquen en caminos diferentes a los propios. El joven no pasa desapercibido para el sargento que rápidamente se concentra en él: «sentí sus ojos de cobra recorriendo mi cuerpo entero» confirma.
El altercado de órdenes que se refuerzan y gestos que apenas atinan a cumplirlas, caracteriza esta escena en la que se dibuja la insinuación erótica que continuará en la calle. Como si fuera una cámara, el foco narrativo se desplaza a la travesía de Hermes camino a su casa. Ha recibido el alta, la garantía de excepción por la que queda «dispensado de servir a la patria» en función de diagnósticos clínicos trucados. Cerca de la parada de ómnibus,  es alcanzado por el «general espartano» que –ya desprovisto de funciones- se ofrece a acercarlo en auto. Aquí ya no es el militar grosero que pasa revista a la tropa sino el sujeto deseante que se esconde debajo del uniforme.  Ya en el coche, conversan de  manera desenfadada  y «el león» va tanteando las resistencias del adolescente para acatar otro tipo de orden, la que surge de la pulsión amorosa que los conduce al hotel donde consumarán la experiencia. Ese «lugar ahí»  es regenteado por la travesti Isadora Duncan. Y esto que parece ser un dato menor, no lo es en absoluto porque al ritmo de los boleros en portugués que canta, se concreta el rito de pasaje. En el recuerdo posterior del protagonista, esa voz sigue resonando como un himno porque  «nadie olvida una mujer como Isadora». Los lances de la relación sexual en el cuarto íntimo enfatizan los aspectos violentos de una iniciación riesgosa. No sólo por la época y la situación, sino por los personajes que la ejecutan.

El último fragmento del texto es de una plenitud notable.  Hermes sale de la pensión y se dirige a una plaza céntrica rodeada de estatuas de piedra que representan las deidades del panteón clásico. El cielo promete lluvia y él ejecuta una suerte de danza mítica alrededor de las imágenes. Al fin y al cabo, como el Hermes de la filosofía, se siente también un mensajero de los dioses. Y trae ahora inscripto en su cuerpo, las trazas de la liberación mental a la que ha podido acceder, la ruptura de los tabúes y el reconocimiento de su propia identidad. Ya es un hombre; cruzó el umbral que lo separaba de la infancia. «Mañana sin falta empiezo a fumar», decide.
Hay algo importante de advertir. La historia parece construirse en forma lineal pero en algunos instantes es atravesada de un tiempo interior que machuca el alma. Son los pensamientos y las sensaciones de alteridad que se le cruzan por la cabeza a Hermes antes, durante y después de la relación sexual. Estas tienen que ver con el estigma  que viene  articulando el discurso de su formación y que puede leerse en las entrelíneas del gesto emancipado.
¿Cómo contar una historia de amor en tiempos de autoritarismo y violencia? Y sobre todo, ¿cómo hacerlo cuando lo que discurre es la diferencia y no la continuidad? Éstas son probablemente las preguntas que Caio Fernando Abreu intenta responder para sí mismo y para los demás a través de este relato. Por eso parece autobiográfico y  tal vez lo sea.

 
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