Un Reino Unido sin Escocia

REFERÉNDUM
por Charles Grant


Es posible que los escoceses voten hoy diciendo que quieren abandonar el Reino Unido de Gran Bretaña. Las consecuencias del “SÍ” a la independencia son inimaginables, y no sólo sacudiría a la política británica, sino que también aumentaría la probabilidad de que el resto del país saliera de la Unión Europea (UE); alimentaría el separatismo en otros países y disminuiría el peso mundial de lo que quedara de Gran Bretaña.


La escisión escocesa causaría problemas al Partido Conservador, “tory”. Sería la segunda vez que es responsable de que una parte de las Islas Británicas abandone el Reino Unido. Irlanda obtuvo la independencia en 1922, pero suele olvidarse que, cuando los irlandeses exigieron el autogobierno a finales del siglo XIX y principios del XX, la mayoría de ellos no deseaba la independencia. Los gobiernos liberales intentaron concederles la autonomía en varias ocasiones, pero los “tories” se lo impidieron en la Cámara de los Lores. La situación se prolongó durante decenios, hasta empujar a los irlandeses (salvo a los protestantes de Irlanda del Norte) a reclamar la independencia. El primer ministro conservador, David Cameron, cargará con parte de la responsabilidad si se separan los escoceses. Es él quien aceptó el calendario del primer ministro escocés, Alex Salmond; una pregunta que favorece al independentismo (“Debe ser Escocia un país independiente”); y la exclusión de nuevas transferencias de poderes como tercera opción en el voto, tal como le había propuesto originalmente Salmond.

Las políticas de austeridad del gobierno de Cameron también tienen parte de culpa de que los conservadores tengan tan malísima imagen en Escocia. Uno de los argumentos más poderosos a favor de la independencia es que el Reino Unido es un país cada vez más de derechas, “thatcheriano”, y lleno de desigualdades. Es una afirmación que ha permitido a los nacionalistas afirmar que, si Escocia quiere emular a los países nórdicos, modernos, socialdemócratas y con principios, debe separarse de la Gran Bretaña “tory”. De modo que Cameron sufriría presiones para dimitir, pero quizá llegaría a tropezones hasta el final de su mandato, cada vez más incapaz de controlar a los poderosos euroescépticos de su partido. Si Cameron dimitiera, su sustituto tendría seguramente que adoptar una postura más dura con la UE para poder ser elegido líder, y el partido podría empezar a plantear demandas radicales de reforma de la UE que otros gobiernos europeos no querrían o no podrían conceder, por lo que la conclusión sería que los conservadores recomendarían votar  “NO” en un referéndum sobre la posibilidad de seguir perteneciendo a la organización continental.

Ed Miliband, el líder laborista, también saldría perjudicado de un “SÍ” escocés. Su popularidad en Escocia no es muy superior a la de Cameron. El aumento reciente de los apoyos al “SÍ” procede sobre todo de votantes suyos en zonas obreras, que no sienten ningún entusiasmo por la perspectiva de otro gobierno laborista en Londres con Miliband de primer ministro. Si se va a celebrar el referéndum es solo porque el Partido Laborista –la fuerza tradicionalmente dominante en Escocia– se ha convertido en un ente tan gris y aburrido que el partido independentista SNP ganó las elecciones en 2007.

Aunque Ed Miliband ganara las elecciones generales de mayo de 2015, su gobierno tendría poca legitimidad si su mayoría dependiera de los parlamentarios escoceses, como seguramente ocurriría. Habría que celebrar unas nuevas elecciones cuando Escocia se separara del Reino Unido, que, según el SNP, sería en marzo de 2016. A los laboristas les costaría mucho más obtener una mayoría parlamentaria sin sus escaños escoceses. De modo que el “SÍ” en Escocia aumentaría las probabilidades de que hubiera otra vez un gobierno conservador y, por tanto, un referéndum sobre la UE.

Los británicos proeuropeos que confían en que ganarían ese referéndum van a aprender alguna cosa de la campaña escocesa. Cuando unos hombres de mediana edad y bien trajeados les dicen a los votantes que la independencia va a repercutir en menos inversiones extranjeras directas y más inestabilidad económica, muchos lo oyen con indiferencia. Los consejos de las clases dirigentes se reciben con frecuencia como algo dicho en tono de superioridad. La campaña del “NO” en Escocia se ha centrado en la economía y ha tratado de inspirar en la gente el miedo a lo desconocido.

Un “SÍ” escocés causaría conmoción en otros países europeos, en particular en los que tienen movimientos separatistas. Los separatistas catalanes ya consideran que el referéndum escocés, sea cual sea el resultado, es una victoria, porque se les ha permitido votar. Si el Gobierno de Madrid y el Tribunal Constitucional continúan impidiendo la consulta, es posible que el “president” catalán Artur Mas la celebre de todas formas o que convoque elecciones. Los escándalos financieros han debilitado a su partido Convergencia i Unió (CiU), por lo que Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) tendría muchas posibilidades de formar gobierno. Esquerra ha prometido declarar la independencia si no se autoriza el referéndum. Y lo que suceda en Escocia y Cataluña tendrá repercusiones en País Vasco, Flandes y otras regiones de Europa.

Si Escocia se escinde del Reino Unido tendría que solicitar la entrada en la Unión Europea. La integración de una Escocia independiente sería mucho más compleja y se prolongaría mucho más de lo que imagina el SNP. Como ha señalado John Kerr, Escocia no podría incorporarse hasta que hubiera acordado las condiciones con cada uno de los 28 Estados miembros, que tendrían que ratificar por unanimidad el tratado de adhesión. Muchos asuntos entre la UE y Escocia no podrían resolverse hasta que ésta y Londres acordaran los términos de su separación. La cuestión de la moneda sería un problema en ambas negociaciones. Escocia no podría entrar en la Unión sin unirse al euro. Pero, si quisiera verlo como un objetivo a largo plazo y, mientras tanto, tener su propia moneda o utilizar la libra, tal vez la UE se lo permitirían, pero Londres no permitiría que Escocia utilizara la libra ni que el Banco de Inglaterra fuera su prestamista, a no ser que Edimburgo cediera unos poderes considerables en materia de política económica.

Tanto si Reino Unido se quedara en la UE como si no, la pérdida de Escocia reduciría su peso internacional, un peso que ya ha disminuido en los últimos años. El gobierno dirigido por los conservadores ha tenido una actitud menos enérgica en política internacional que sus predecesores laboristas, en parte porque la opinión pública mira con escepticismo el activismo en este ámbito (después de las guerras de Tony Blair en Irak y Afganistán) y, en parte, por la resistencia de los conservadores a perseguir objetivos internacionales a través de la UE. El Reino Unido ha tenido una actitud relativamente pasiva durante la crisis de Ucrania y Rusia, y en el ascenso del Estado Islámico en Oriente Medio.

No obstante, la separación de los escoceses causaría un daño mucho mayor. Otros países reaccionarían con una mezcla de compasión y escarnio. Las Fuerzas Armadas y el servicio diplomático británico, que ya sufren recortes presupuestarios del Gobierno, tendrían que reducirse todavía más, con lo que perderían su papel destacado en la Otan y la UE. Durante la negociación de los detalles de la independencia, incluida la necesidad de repartir todos los bienes comunes.

El partido independentista escocés se ha comprometido a deshacerse de los submarinos Trident, que tienen su base en Faslane, en el fiordo escocés del Clyde. Pero el coste de construir una nueva base para submarinos en Inglaterra sería inmenso, y quizá inclinaría la balanza de la discusión en Londres, donde la clase política está cada vez más dividida sobre la conveniencia de conservar un arma disuasoria nuclear o eliminarla. Cualquier decisión de abandonar o reducir su número empeoraría la imagen del Reino Unido en los Estados Unidos de América. Y todos esos cambios harían que a Gran Bretaña le fuera más difícil defender su derecho a conservar su asiento en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU). Que el Reino Unido siga teniendo un puesto permanente y capacidad de veto ya parece un anacronismo cuando potencias como India, Brasil, Alemania y Japón no tienen ninguna de las dos cosas.

Incluso en el caso de que Escocia vote “NO”, habrá grandes consecuencias. No parece que un “NO” consiguiera zanjar la cuestión, sobre todo si la diferencia de votos es muy pequeña. Aunque en 1980 se celebró un referéndum en el que el 60% de los “québécois” votaron permanecer en Canadá, 15 años más tarde se celebró otro en el que los separatistas perdieron por una mínima diferencia. Los conservadores y laboristas han prometido que, si gana el “NO”, pondrán en marcha el traspaso de competencias fiscales y otros poderes al Parlamento escocés. Es muy posible que eso provoque el resentimiento entre los ingleses y los galeses. Si los escoceses consiguen unas condiciones especiales, ¿por qué no ellos? Si se transfirieran más poderes, sería aún más urgente dar respuesta a la “cuestión inglesa”: ¿Por qué tienen que votar los parlamentarios escoceses en Westminster sobre asuntos que están transferidos a Edimburgo, cuando los parlamentarios ingleses no pueden votar sobre esos mismos asuntos en Escocia? Mientras tanto, Gales y quizá otras regiones reclamarían también más poderes.

El ascenso del populismo y el nacionalismo seguirá desestabilizando Gran Bretaña –y el resto de Europa- mientras las clases dirigentes tradicionales no se muestren más acertadas a la hora de resolver los problemas económicos y ejercer una política capaz de inspirar a los votantes.

 
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