El duelo en los tiempos de Internet

Por Ignacio Graglia

El dolor y el luto que causa la muerte de una personalidad siempre logran atravesar la esfera de lo privado. Basta recordar los funerales de históricos políticos como Domingo Perón, Eva Duarte, Hipólito Yrigoyen, Néstor Kirchner y Ricardo Alfonsín. Fueron ceremonias que duraron horas y que tuvieron en las calles su escenario más contundente. En Córdoba, por citar un caso autóctono, el fallecimiento de Ramón Mestre (p) tuvo el mismo efecto. El panorama se replica tras el imprevisto fallecimiento del ex gobernador, José Manuel de la Sota.

Que la muerte de una figura sea una cuestión pública no es novedad. Sucede desde siempre y ocurrirá en el futuro. Sin embargo, nadie anticipó cómo esta situación se trasladaría a las redes sociales. Porque, hasta su aparición, aquellos que querían hacer de su dolor algo público, no contaban con una vasta cantidad de herramientas. Por el contrario, era poco lo que un ciudadano podía hacer para que su luto trascendiera. Si tenías suerte, aparecerías en la portada de algún diario manifestando dolor, congoja o sólo acompañando el funeral. Recortarías el extracto y lo expondrías como una suerte de declaración a los demás.

Las redes cambiaron las reglas de juego al menos en ciertos aspectos. Ampliaron los círculos en los que se desarrolla un duelo para aquellos que necesitan manifestar su dolor. Y así proliferaron auténticos mensajes de luto. Pero, junto a ellos, quedó habilitado un nuevo espacio público que antes no existía. Un escenario donde la muerte dispara el debate y la discusión. Un lugar de competencia discursiva que gira alrededor de la partida de una persona y que premia al más ingenioso, al más audaz y al más perspicaz.

Allí aparecen quienes, con mayor o menor tacto, apelan por ejemplo, a referencias históricas. Una marcada experiencia, una foto anecdótica o un cruce de palabras son evidencias suficientes para poner de manifiesto, con una simpleza técnica sin precedentes y un acceso antes reservado para unos pocos, el supuesto dolor que provoca la muerte. Las reivindicaciones, una de las expresiones más frecuentes, también habilitan el intercambio. De hecho, son las primeras en aparecer. Ensalzan los aciertos y evitan las críticas. Ofrecen detalles postergados y olvidados. El rédito de la práctica se supone real. Nadie quiere perderse la posibilidad de mostrarse más humano y de los beneficios que esto genera. Por eso, incluso los críticos de siempre, también lamentan la muerte de De la Sota. Rédito humano.

Su contracara no espera y los cuestionamientos toman su lugar en la discusión digital. Se centran en las decisiones, en su forma de vida y en su historia. Los críticos, jurados enemigos, se asumen los más originales, pero también forman parte de la competencia que las redes sociales habilitan en torno a la muerte. Nadie quiere perderse la posibilidad de remarcar sus diferencias, disidencias y luchas con el muerto. Rédito político.

Finalmente, los analistas, los reflexivos y los pronosticadores. Aquellos que no giran sus publicaciones alrededor de la relación que mantenían con el muerto. Tampoco la levantan o la critican. Como no pueden ni quieren decir otra cosa, desde el fondo, elucubran escenarios políticos, vaticinan las importantes consecuencias que se producirán a futuro. O incluso reniegan de él, postergan sus análisis ante la gravedad o el respeto que supone la muerte. Rédito académico.

Cinco renglones aparte para la maquinaria mediática que, ante la muerte de una figura pública, intentará exprimir del hecho todas las gotas de tinta que pueda con especiales que no dejen nada librado a la imaginación. Cubrirán todos los aspectos de su vida y hurgarán también en los detalles postergados, aquellos que no tienen prensa en un día sin muertes.

Más allá de las diferencias, todos tienen algo en común. Todos son actores en el escenario habilitado por las redes sociales. Todos corren tras el rédito. Y si bien algunas discusiones son pertinentes, el intercambio digital logra banalizarlas. Las saca fuera de foco. En este contexto, la reflexión se considera silencio y el que calla, pierde.

 
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