Los políticos, la muerte y la historia

Por Nelson Specchia

La muerte, el evento biológico más ordinario y universal, tiene en las figuras políticas una dimensión extra-ordinaria, taumatúrgica. Como si esa vida, que se consagró durante su existencia física a una actividad en la que el perfil actoral ha sido importante en la comunicación y en la persuasión de las masas, no pudiese retirarse sin un último acto, con implicancias –también- políticas. Y cuando esa muerte acaece no por el agotamiento natural de un ciclo de tiempo, sino con la irrupción de un corte abrupto –violento o accidental- ese acto final toma proporciones inéditas y, como vamos a poder comprobarlo en la política cordobesa en el futuro inmediato, muy difíciles de predecir.

En los cursos introductorios de ciencia política utilizamos, aún hoy, una de las muertes más célebres de la historia, la de Julio César, para ejemplificar ese tránsito (que nunca es pacífico, ni inocuo, ni vacío de significantes) del capítulo final de las biografías de los grandes políticos. Como es sabido, para preservar la República de los avances dictatoriales de Cayo Julio César, un grupo de senadores patriotas asumió la responsabilidad de terminar con su vida en plena sesión del Senado. Los republicanos estaban seguros de la honorabilidad y la justicia de su acto, y de que contarían con el apoyo popular de Roma al poner freno a la tiranía. Posiblemente su razonamiento fuese acertado, pero no calcularon un elemento trascendental: aquella capacidad taumatúrgica de la muerte de un líder.

La muerte transforma (y en un sentido que escapa al obvio hecho biológico) a los dirigentes. Al hombre de gobierno que muere, de pronto los múltiples defectos y errores por los que se lo criticaba se atemperan, reducen su peso en la consideración general, desaparecen incluso. Al mismo tiempo sus virtudes (aquellas que efectivamente poseyó, e inclusive otras) se exaltan, ocupan el centro de la escena, asumen nuevos significados. Ya se sabe cómo operó esta transformación en el caso de la antigua Roma: el apoyo inicial de los senadores conjurados se fue transformando en culpa, y la culpa en acusación de magnicidio. Tuvieron que aceptar que a Julio Cesar se le hicieran unos funerales públicos; tuvieron que aceptar asimismo que el lugarteniente del desaparecido tirano, Marco Antonio, hablase en ese acto. Y con ese discurso se completó el círculo: ante el cuerpo del César, en la plaza, las palabras de Antonio fueron borrando los desaciertos, exaltando las virtudes, recomponiendo la historia. La muerte transformó al muerto en héroe, y los senadores republicanos pasaron de héroes a vulgares asesinos, debiendo huir de Roma. Con menos espectacularidad y variando todos los detalles, la lección se sigue estudiando porque se ha seguido repitiendo en la dinámica política desde entonces.

De alguna manera, aquella vieja lección volverá a actualizarse en estos días entre nosotros. Ha muerto -de una manera accidental, violenta, inesperada- uno de los hombres clave de la historia democrática argentina, y uno de los ejes sobre los que ha girado la dinámica del poder en Córdoba en los últimos 35 años.

José Manuel de la Sota no era solamente el hombre que había logrado reorganizar al peronismo local, y desde esa refundación partidaria, haber conseguido el desplazamiento del radicalismo del gobierno provincial. José Manuel de la Sota no era sólo el estadista que había logrado establecer la alianza dirigencial más estable y blindada, que aseguró al justicialismo local cinco gobernaciones consecutivas. José Manuel de la Sota tampoco fue simplemente el líder que ocupó el sillón del Ejecutivo provincial en tres de esos períodos. (Y, como la muerte lo transforma todo, poco se dirá de aquel hombre que fustigó a las Madres de Plaza de Mayo, a las vertientes progresistas y de izquierda dentro del peronismo, o que fundó un controversial “cordobesismo” híper localista).

Pero, además del natural peso histórico de ese curriculum, De la Sota se aprestaba ahora a intervenir de una manera decisiva en el armado de una estrategia opositora de corto plazo, para generar una alternativa de poder al conservadurismo neoliberal. Se proponía ser un elemento de articulación, desde el sólido peronismo provincial en el gobierno, con las ramas y tendencias en que se distribuye el partido en una concepción amplia, desde sectores católicos de base con llegada a las más altas instancias eclesiales, hasta referentes del kirchnerismo al que se enfrentara en el pasado.

En un momento en que la caída social y económica generada y pésimamente administrada por el gobierno nacional se acerca a niveles críticos, José Manuel de la Sota se disponía a jugar un rol protagónico. La persistencia era, más allá de los discursos laudatorios que se sucederán en estos días, una de sus características indiscutibles; podría, por eso, haberlo logrado. Habrá que ver si la transformación que operará su muerte en la memoria colectiva aún puede hacerlo.

Director de HDC

 
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