Un político determinante, una pregunta contradictoria

Por Miguel Magnasco

La noticia de la muerte de José Manuel de la Sota nos encontró casualmente reunidos con un grupo de amigos y amigas, debatiendo formas audaces, más jugadas, de pensar y hacer política. Quedamos consternados, compartiendo un silencio no buscado, abrupto. No porque acordáramos con lo que De la Sota profesaba y practicaba, sino porque a todos nos salió expresar respeto y humanidad ante el fallecimiento de quien fuera el dirigente más importante de la historia política reciente de Córdoba.
Una expresión genuina, prereflexiva, quizás, la más real.

El ex gobernador fue un político de enorme capacidad, hasta el último de sus días intentó reinventar sus formas de hacer política; una búsqueda incesante de renovación programática y estética. Esa vocación le valió ser elegido en tres ocasiones con amplias mayorías en comicios de muy distintos periodos.

Supo construir con eficacia relatos sobre el rumbo de la provincia y el país, mitos de sus gobiernos, legitimaciones simbólicas sólidas sobre las políticas que implementó. Para todos sus adversarios, externos e internos, fue verdaderamente complejo disputar con su modo de construcción desde que asumió la gobernación en 1999. Siempre parecía estar un paso más adelantado.

Con De la Sota podríamos discutir frontal y largamente (así lo hemos hecho) sobre diversos aspectos de política pública en Córdoba. La política de seguridad de control social, la lamentable creación, desde el punto de vista urbanístico y social, de los Barrios Ciudad, la política fiscal regresiva implementada, la Reforma del Estado con la creación de agencias en su primer mandato, los sentidos y prácticas que emergieron en torno al concepto político del “cordobesismo”, y tantas cosas más. Pero no creo que este sea el momento adecuado para hacerlo.

Lo que resulta imposible obviar por estas horas en su rol central para el escenario político provincial y nacional. De la Sota representaba la voz crítica del gobierno de Mauricio Macri con más peso en Córdoba. No es lo mismo mi opinión disidente sobre las políticas nacionales que la de un ex gobernador tres veces electo. La legitimidad pública para disputar en términos reales el fatal camino hacia el cual nos está llevando Cambiemos, no está dada para cualquiera de nosotros que enuncie sus visiones contrarias, es un capital construido previamente que detentan determinadas instituciones, colectivos y personas. Guste más o guste menos, De la Sota era un de esas personas con legitimidad ganada para hacerlo.

Ante un fortalecimiento creciente de la coalición Cambiemos en el ámbito local y de la actitud disciplinada que adoptó la conducción actual del peronismo cordobés, su desaparición física deja en Córdoba un enorme vacío de voces disonantes con potencia masiva para desarticular la brutal hegemonía macrista que existe por estas pampas. Una mala noticia para quienes estamos en las antípodas del doloroso proceso nacional que vivimos en la actualidad.

Como dice mi compañera, De la Sota fue, es y será una pregunta incómoda, un mar de contradicciones que quizás nunca saldemos. La provincia de Córdoba está hecha de mucho de eso: contradicciones que, si uno no las aborda, busca simplificarlas o intenta amoldarlas torpemente a su casco ideológico, se auto margina políticamente, ya que están instauradas en el corazón mismo de nuestra sociedad.

De la Sota no fue uno más, navegó con mucha inteligencia sobre esas contradicciones y fue el político más determinante e influyente que dio nuestro suelo cordobés en la historia reciente.

Presidente de la Fundación Córdoba de Todos

 
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