El hombre que sabía construir poder

Por Martín Iparraguirre

Las primeras horas del domingo mostraron una instancia fascinante en la vida política de toda sociedad moderna: los primeros momentos en la construcción de la historia ante la irrupción dramática del azar, la imposición violenta de lo imprevisto. La muerte del dirigente más importante de los últimos 20 años en Córdoba, que sin dudas cierra una época en la política provincial, obligaba a los medios de comunicación a buscar un sentido para el vacío que abría su ausencia, impensable para la mayoría de los ciudadanos, aún cuando su figura no estuviera (momentáneamente) en los primeros planos del ágora pública.

nevitablemente, ese sentido tiene la impronta bastarda de lo parcial y lo injusto, pues ante la evidencia traumática de nuestra finitud y el vértigo de los acontecimientos se impone la solemnidad: “No hay cosa como la muerte para mejorar a la gente”, supo escribir Jorge Luis Borges.

La complejidad de todo ser humano es, además, inabarcable en unas pocas palabras, sobre todo si se trata de un animal político como De la Sota, que en su trayecto histórico supo pasar de la ultraderecha peronista estudiantil en los años ‘70 (como se ventiló en el juicio por los crímenes de lesa humanidad cometidos en La Perla, donde entre otras cosas se lo relacionó con el derrocamiento del gobierno de Obregón Cano y Atilio López), a una vertiente propia del neoliberalismo menemista en los años ‘90, reconvertida en singularidad cordobesa durante la década kirchnerista y hasta aspirar a ser finalmente el organizador de una nueva oposición peronista para 2019 en sus últimos tiempos, capaz de conseguir lo que hoy parece imposible: aglutinar a todos los sectores internos del justicialismo detrás de una misma candidatura presidencial.

Sin pretender entonces un balance justo de una figura tan compleja, puede arriesgarse sin embargo una lectura sobre las primeras interpretaciones que ya comienzan a construir la historia. Hay una coincidencia general que parece irrefutable, pues se encuentra siempre en las semblanzas que políticos y periodistas ensayan sobre el ex gobernador: De la Sota era un hombre de diálogo, habilidad tan escasa como necesaria en nuestros convulsionados días. Esa certeza era incluso el eje de la campaña que se aprestaba a iniciar en los próximos días para llegar al sillón de Rivadavia en 2019, al frente de esa alianza peronista multicolor que parece cada vez más lejana.

Pero ¿qué se entiende por “diálogo”? ¿ Cuáles son los significados que esconde la polisemia intrínseca de esa palabra? Ni más ni menos que construcción de poder, una capacidad tan bastardeada por cierto tipo de periodismo que sin embargo resulta imprescindible en la vida democrática.

De la Sota era un tremendo constructor de poder, al punto que el nuevo armado nacional que intentaba para unir al peronismo detrás de su candidatura no dejaba a nadie afuera, ni siquiera al kirchnerismo, uno de sus últimos enemigos. Si su muerte deja un gran vacío en la política nacional es precisamente por esa virtud que supo ejercer como pocos, con las mejores y las peores armas, pero que lo habían vuelto a colocar en el centro de la política nacional como esperanza incluso de los sectores progresistas. En una Argentina huérfana de líderes, su ausencia implicará una disminución de la democracia. Se sabe que la historia gusta también de las paradojas.

 
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