José

Por Federico Racca

PRIMERA IMAGEN

Debe haber sido en enero del 83, yo tenía doce años, mi hermana diez y mis padres estaban en sus treinta y pico. Eran las vacaciones y acabábamos de comenzar el viaje desde Unquillo al hotel gremial de Mar del Plata. Nuestro Fiat 128 iba lleno de valijas, sombrillas, sillas de camping y todas las cosas que se solía llevar en aquellos tiempos. Partimos con la algarabía típica, pero cuando llevábamos apenas unos minutos de viaje y pasábamos por bajo la sombra de los plátanos de Mendiolaza, mi viejo nombró a alguien y detuvo el auto. Bajó y caminó hacia un Ford Taunus estacionado en sentido contrario. Luego volvió a nuestro auto y nos dijo que teníamos que volver “sólo por un rato a casa”. El Taunus nos seguía y, al estacionar, un hombre extraño se bajó de ese auto: “Mamá, ¿qué tiene ese hombre en la cabeza?” Mi vieja me explicó que era un implante capilar, pero a mí me parecía una cabeza sembrada. Recuerdo que José nos saludó a mí y a mi hermana y se sentaron a charlar con mi viejo; nuestro viaje a Mar del Plata se pospuso indefinidamente. Aquel fue un año de infinidad de reuniones políticas. El grupo de treintañeros que De la Sota comandaba -la Lista Verde- trabajaban en toda la provincia para derrotar “a los viejos” de la Lista Blanca en la interna peronista. Fue en ese tiempo, en reuniones en clubes de pueblo, que aprendí la marcha entera y toda la liturgia. Recuerdo una mañana de sábado que papá volvió a casa al borde del infarto, unos compañeros habían hecho pintadas la noche anterior y Unquillo apareció todo -pero realmente TODO- escrito con la leyenda: “De la Zota Gobernador.”

SEGUNDA IMAGEN

José ya ha perdido la elección para ser intendente contra Mestre y contra el Pocho Angeloz para la gobernación; ahora volvía a intentarlo contra Mestre. A esta altura ser peronista en Córdoba era más duro que ser hincha de Irán en un mundial de fútbol. Ese día, en medio de la campaña, José llegaba a Unquillo y me habían dado una camioneta para que lo buscara: “Apenas llegue el helicóptero lo llevás por atrás del palco y lo esperás ahí. Después lo traés rápido porque si no no llega a Villa María.” José bajó del helicóptero y subió a la camioneta. En los minutos del viaje charlamos y memorizó la página que uno de sus publicistas le pasó. Estacioné detrás del palco y José bajó; quedé esperando al volante. Pasados unos minutos, una destartalada Ford Ranchera de los bomberos voluntarios apareció trabándome la retirada. Me bajé y traté que me dejaran el paso libre, pero no hubo dios ni diablo que los convenciera: “Fede, nosotros vamos adelante”, soltó el gordo Noni con el birrete rojo y la sonrisa enorme. José se demoró, cuando subió a la pick up, toqué un bocinazo y la Ranchera arrancó a una velocidad increíble. Recuerdo que tenía las cubiertas totalmente lisas y la sirena era tan aguda que taladraba los oídos. Ya en la primera curva derrapó como sólo Recalde podía hacerlo. Después de un kilómetro y viendo que el bólido infernal no aflojaba, José me pidió casi a los gritos: “¡Tocales bocina! ¡Son locos! ¡Mirá cómo van!” Bajé un poco la velocidad y los bomberos se perdieron. Después, cuando José ya había partido en el helicóptero, el gordo Noni se me acercó y dijo: “La tenemos clara, ¿no?”

TERCERA IMAGEN

Voy al Museo Caraffa, hay inauguración, el día coincide con el final del segundo mandato de José como gobernador. Paso por las salas viendo obras que no me atraen. En el patio un DJ pone música electrónica. Tomo un vaso de vino, miro las chicas que pasean, me acodo en una de las terrazas, la ciudad se extiende gigantesca. Pasan los minutos, desciende la temperatura, me voy quedando solo. Camino escaleras abajo, al pasar por la Sala 3 veo una silueta que conozco, me detengo. José está absorto mirando un cuadro, nadie lo acompaña, me doy cuenta que es su último acto como gobernador.

 
© 1997 - 2019 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar