México en llamas

AMÉRICA LATINA
por Ariel Noyola Rodríguez


El neoliberalismo no es una ideología. Tampoco es un paradigma. Constituye, a grandes rasgos, un proyecto orientado a reforzar el poder de la clase capitalista. De acuerdo con la argumentación más común, los aumentos salariales y de gasto público permitieron incrementar el nivel de la demanda agregada y la producción mundial.

El incremento de la producción generaba, a su vez, un efecto multiplicador sobre los requerimientos de fuerza de trabajo por parte de las empresas.

Mantener el “pleno empleo” garantizaba la obtención de una tasa de beneficio elevada, derivada tanto del aumento de los precios como de la ampliación del mercado interno. Así el “círculo virtuoso” de la acumulación de capital de la segunda posguerra permitió, como nunca antes, alcanzar una expansión económica sostenida en escala global durante más de dos décadas (período también conocido como la época dorada del capitalismo). Sin embargo, la realidad fue muy diferente. El “Estado de Bienestar” no permaneció ajeno a un sinfín de contradicciones que a la postre representaron un obstáculo para la acumulación de capital.

En primer lugar, la crisis de rentabilidad de la economía de Estados Unidos a finales de la década de los ‘60 llevó a un viraje de enormes proporciones. La persistencia del estancamiento económico y la inflación (estanflación) exigió un cambio de rumbo como un intento de revertir la caída de la tasa de beneficio a favor del capital. Segundo, si bien el inicio del neoliberalismo se asocia con Margaret Thatcher y Ronald Reagan, la crisis fiscal de Nueva York y el golpe de Estado en contra Salvador Allende ya habían sido utilizados con anterioridad como bancos de pruebas de la ofensiva por parte del capitalismo neoliberal para, de un lado, hacer caer sobre los trabajadores los costos del ajuste y, por otro lado, evitar cualquier tipo de reivindicación a favor de la redistribución de la propiedad y del ingreso.

Por otra parte, hay que tomar en consideración que los efectos del neoliberalismo sobre las economías de la periferia fueron de un calado mucho mayor que en los países centrales. México es un claro ejemplo: más de tres décadas de capitalismo neoliberal han colocado al país en un punto tan crítico, cuyos daños difícilmente podrán revertirse. La incorporación al Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (Gatt) a finales de la década de los ‘80 y la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Nafta) en 1994 apuntalaron la dependencia de la economía mexicana respecto a Estados Unidos a través de la destrucción del campo y la industria, sectores que antes habían sido apoyados por el Estado desarrollista.

El retorno del Partido Revolucionario Institucional (Pri) en México en 2012, además de representar un grave retroceso en materia democrática, constituye la profundización del neoliberalismo a una escala sin precedentes. La aprobación del paquete de 11 “reformas estructurales” (laboral, fiscal, educativa, telecomunicaciones, energética, etc.), será recordada como el canto del cisne del espíritu nacionalista mexicano. La rendición absoluta frente a nuestro vecino del Norte. No cabe duda de que la reforma de mayor importancia, la energética, fortaleció de manera decisiva la seguridad hemisférica de Washington en un contexto internacional, signado por la creciente rivalidad geopolítica entre potencias imperialistas y el agotamiento acelerado de los recursos naturales de carácter estratégico. Además, la reciente aprobación de las leyes secundarias en materia energética hace operativa de jure la entrega de las principales actividades de Petróleos Mexicanos a las grandes Corporaciones Multinacionales. Con todo, el “blindaje” no fue suficiente ante la crisis crediticia de Estados Unidos que estalló en agosto de 2007. Las consecuencias para México derivaron en hemorragia: la mayor caída del PBI (6,70 por ciento) en 2009 de todos los países de América latina.

Actualmente, una vez que las “reformas estructurales” han sido aprobadas, el gobierno de Enrique Peña Nieto busca convencer a los mexicanos, a través del apoyo mediático del duopolio televisivo, que los beneficios producto de los cambios constitucionales tardarán varios años en surtir efecto.

No obstante, la agudización de los efectos de la crisis global, consecuencia de una espiral deflacionaria de las materias primas, en especial el petróleo, nubla las perspectivas optimistas del gobierno de Peña Nieto. En 2013, México registró una tasa de crecimiento de 1,1%; para 2014, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha reducido a 2,4% la proyección.

Sucintamente, el fin del estímulo monetario de la Reserva Federal y el alza eventual de la tasa de interés de referencia a mediados de 2015 podrían precipitar la devaluación del peso mexicano en relación al dólar. Las reservas internacionales (190.000 millones) son insuficientes frente a una estampida masiva de capitales de corto plazo, tomando en consideración el tamaño del mercado cambiario.

El capitalismo neoliberal en México no podrá permanecer intacto. México arde hoy como consecuencia de un régimen opresor. La desaparición de 43 estudiantes en el estado de Guerrero llevó al sistema político mexicano a perder legitimidad; y la indignación por la masacre de Ayotzinapa puso de manifiesto la enorme capacidad de movilización de la sociedad: el sujeto histórico llamado a derrotar al neoliberalismo y a realizar una transición sistémica que privilegie formas superiores de organización.

Miembro del Observatorio Económico de América Latina, del Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

 
© 1997 - 2019 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar