Los árboles de Ponge

La calle de las librerías | Por Sebastián Menegaz

Quería comprar algún libro de Ponge (Francis) pero olvidé el propósito en los avatares del procedimiento. (Contra Hudson, me interrumpió menos la felicidad que el destrato de la determinación). ¡Las sustituciones misteriosas que opera el caminar lento! Quiero decir: Enrique Pezzoni. Sobrevolaba de pronto las “pes” buscando la reedición de El texto y sus voces, al cumplirse por estos días diez años de aquella, su más reciente irrupción en el desapercibimiento (Eterna Cadencia, 2009). En 1970, Pezzoni escribía cosas como esta –que hoy hacen parpadear a los cuerpos lanzados–: “Quizá ha llegado el momento en que el novelista deba abandonar no su actitud de ruptura, pero sí esa concepción de la ‘ruptura decorosa’ que lo hace caer en la trampa de una sociedad que lo gratifica con el éxito”. (O bien, en Sur, en 1952, con raccord de pleitesía: “buscar lo nuevo por lo nuevo –vale decir, lo que solo existe en función de la actualidad irrecuperable– puede ser la maniobra menos falible para condenarse al olvido”). [Que no deja de ser –arrogarse el presente para agenciarse el olvido– una maniobra admirable]. En el prólogo, Luis Chitarroni cita a John Gross: “la crítica sigue siendo la más defectuosamente definida de las ocupaciones”. Sentencia que acicala un exceso sustantivo: leer para siempre acaso sea desaparecer solo de a ratos, como el magma. (El texto y sus “coces”, podría haber dicho un Lamborghini apenas póstumo.)

Después sí: el gesto galbanoso de regresar un libro a su estante. Con fantasmagorie: en el espacio excavado se había ladeado un Ponge. ¡Lo había empujado Proust! (Que estaba al lado: Contra Sainte-Beuve). En suma: lo recordé todo. Entre ello mi desánimo. Que no se olvidaba en la alegría sino en la morosidad de sus talismanes. Una persona querida me había escrito esa misma mañana esta frase: “Tan digno como una masacre de burócratas en un bosque de sonoros árboles de Ponge”. El mail consentía la enunciación con la consternación (una cirugía inminente, varias veces aplazada) pero nunca a expensas de la invulnerabilidad del estilo (se me ocurre: ese antojo de futuro). Fue el miércoles. Compré otra cosa: una novela para reseñar. Cuando regresé el sábado por la mañana el libro ya no estaba. (El ladeado ahora era Pezzoni). Lo acababa de comprar un escritor. El librero, perplejísimo –¡Ponge llevaba 19 años en su estante!–, dijo su nombre (o yo creí oír uno): Bitar. En la mesa había algo: Acá había un río (Francisco Bitar, Nudista, 2015). Desde la contratapa –ese género almenado– Maximiliano Crespi ensayaba un subgénero crítico muy argentino: el elogio paranoico. “No se pierde [la prosa de Bitar] en el fetichismo de la descripción o el detalle gratuito”. (Me lo compré.)

Curiosamente: el fetichismo y la gratuidad, en Ponge, trazan mandalas. “Saber dónde permanecer en lo oscuro –escribe a propósito de Rameau–, en el rigor: ése es el punto. Tal vez baste con hundirse un poco más, apretando los dientes, apretando los labios… Entonces de repente la claridad brota, la boca se abre”. (En la medida que hundirse pueda equivaler a perderse). O a propósito de su vaso de agua (el vaso de agua del conferenciante): “es un objeto encantador, una de las cosas más apreciables, cuyas bellezas podemos enumerar y alabar a placer, aunque la tarea no tenga fin. Y tuve razón en dejarme llevar a esos extremos de goce”.

Asomarse a la biblioteca de un escritor –se me ocurre–, así sea en este grado cero de la parcialidad, produce siempre un espejismo. Expande la intuición del desarrollo de una escritura más allá de los límites que supone el estado actual de la obra circunstancial que la concierta; le inviste un carácter latente. (Espejismo que como tal es un fenómeno intrínseco de la perspectiva: su naturaleza ilusoria la consolida). Una biblioteca personal –y por extensión, un lector– de buena manera podría representarse como un ecosistema de pistas falsas en el que habita un predador nocturno. Un predador que solo se manifiesta en sueños. (Determinar adónde es que despierta quien lo sueña es otra tarea que no tiene fin.) “Aprendan la lección. Abastezcan sus bibliotecas personales con el único dispositivo que permita su hundimiento y su reflotamiento a voluntad”. ¡Esto a cómo fuera que hubiera sobrevivido un Ponge en el depósito! (De pronto me sentí optimista). “¡Abran a Lautréamont! ¡Y ahí tienen toda la literatura dada vuelta como un paraguas! / ¡Cierren a Lautréamont! Y en seguida todo vuelve a su lugar…”.

Y todo esto justo – ¡de la nada!– en una ciudad adonde Lautréamont había caminado solo en la lluvia.

14 Mayo 2019
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