Selva artificial o cómo desenfocar el lente

Reseñas | Por Nicolás Garayalde

Quizás uno de los atributos de nuestro tiempo sea la propensión al olvido. Pero no debería sorprendernos, pues uno de los avatares del olvido es el hábito. Y el hábito es proporcional a la velocidad del cambio. Cuanto mayor el cambio, tanto más veloz el hábito, porque nuestra capacidad adaptativa es inconmensurable. Esto sucede en todos los ámbitos de nuestra cotidianeidad: con las tragedias sociales que nos rodean a diario, con las maravillas de nuestra cultura tecnificada, con el lenguaje que usamos para hablar. El problema del hábito es la naturalización: cuando dejamos de prestar atención a los elementos que tejen nuestra cultura, nos olvidamos que son el producto de una historia y caemos en la ingenua concepción de que están allí por naturaleza. En otras palabras: dejamos de cuestionarlas.

Todos los días usamos la lengua sin asombrarnos de su sofisticación; apenas la notamos cuando falla (y sus equívocos nos generan gracia o desconcierto) o cuando es poética (y su forma nos fascina). El resto del tiempo simplemente hablamos y la lengua nos atraviesa con tanta naturalidad que pareciera provenir de la cadena helicoidal que codifica nuestro ADN. Sin embargo, un hablante siempre dice más de lo que cree decir, porque olvida que la lengua no es una simple descripción del mundo. Basta mirar las metáforas para advertirlo, porque atestiguan la manera en que naturalizamos la lengua. Las metáforas impregnan nuestra vida cotidiana. Cuando discutimos, las usamos constantemente: decimos que las críticas de tal dieron en el blanco o que destruyeron los argumentos de cual. Cuando estas metáforas se naturalizan, corren un peligro certero: trasladan una manera de ver el mundo sin que lo advirtamos. Se pierde así una de sus virtudes más interesantes: llamar nuestra atención y, con ello, pensar. Cuando conserva esta virtud, la metáfora pone en conjunción dos elementos provenientes de ámbitos diferentes que entran en conflicto y nos obliga a imaginar un sentido nuevo. Es lo que sucede con el título del reciente libro del filósofo Darío Sandrone, Selva artificial, recopilación de ensayos breves sobre tecnología publicados en medios gráficos como Hoy Día Córdoba o La voz del interior. Y la metáfora no es casual: ¿qué mejor lugar para batallar contra el olvido y la naturalización de las cosas que en la arena retórica en la que se entrama el modo de ver el mundo?

***

¿Hay algo, para nuestro imaginario, más natural que la selva? ¿Cómo una selva puede ser artificial? Entre las múltiples maneras de dar sentido a esta metáfora, hay dos que quisiera recuperar, pues en ellas se cifra el gesto que atraviesa el libro de Sandrone y lo vuelve imprescindible. Por un lado, entendemos allí que la naturaleza de nuestro mundo –el que está habitado por máquinas que comparten nuestra cotidianeidad– es artificial. Porque nuestra naturaleza, lo que somos, por paradójico que parezca, es el mundo de artificios en el que nos hemos construido. Por otro lado, la metáfora indica que olvidamos el carácter del artificio, naturalizando lo creado como si fuese dado. Simplemente olvidamos que esta selva que nos parece tan natural no es otra cosa que una construcción artificial atravesada por las relaciones sociales que regulan nuestro modo de vivir en comunidad. Como sucede con algunas metáforas, las máquinas y artefactos que nos rodean se vuelven imperceptibles y moldean la realidad sin que lo notemos. Sólo que aquí el proceso de invisibilización tiene una compleja y curiosa lógica que los breves y entretenidos ensayos de Sandrone descubren con la habilidad del mago: los aparatos que viven con nosotros se vuelven imperceptibles porque son transparentes y opacos a la vez. Transparentes, porque, a pesar de su sofisticación, nos habituamos tanto a ellos que pronto dejan de atraernos; opacos, porque, en el incesante proceso de complejización histórica que regula sus mecanismos, sus entrañas han devenido misteriosas para el hombre común. ¿Quién, entre los simples mortales, sabe cómo funciona un chip, dónde se almacenan los datos en Internet o cómo procesa la información una computadora?

El asunto no es menor, porque estos objetos no son simples compañeros de viaje. La dimensión artificial del mundo es el conjunto de cosas que existen porque los seres humanos existieron primero. Pero a esta altura del partido, como el propio autor lo aclara, los humanos tal como son existen porque antes existieron el conjunto de cosas que pertenecen a la dimensión artificial del mundo. Pensar la tecnología es interrogar todo aquello que define nuestro modo de vivir en esta selva artificial, desde el Estado hasta el deseo, desde la cultura hasta la identidad: ¿piensan las máquinas?; ¿tienen voluntad?; ¿tienen derechos?; ¿pueden amar?; ¿podemos amarlas?; ¿pueden enfrentarnos?; ¿las controlamos o nos controlan?;¿pueden volver el mundo más justo?; ¿quiénes acceden a su funcionamiento y cómo nos afecta?; ¿quién administra los datos que subimos a Internet y para qué?

***

Sin dejar de reconocer el valor de la divulgación, admito mirarla con cierta sospecha. Porque en nombre de una democratización del saber, se convierte con frecuencia en su domesticación. Por eso prefiero decir que Selva artificial es, más bien, un libro de ensayos breves atravesado por un renovado espíritu enciclopedista y un insistente gesto crítico. No es casual que la Encyclopédie de Diderot aparezca con frecuencia en el libro, pues se percibe en su estilo ágil y ameno una voluntad de acercarnos, usuarios incautos, un pensar sobre la tecnología. No es casual, tampoco, que el apéndice del libro contenga un texto titulado “Una metáfora del olvido”, porque cada breve ensayo nos recuerda insistentemente que la transparencia o la opacidad de la tecnología la vuelven invisible y que las consecuencias sobre nuestra existencia ameritan una mirada atenta que desnaturalice el escenario artificial en el que discurre la vida. No es casual, finalmente, que los ensayos de Sandrone sean más interrogativos que asertivos. Selva artificial, mediante un estilo adecuadamente calibrado en humor, conjuga una operación dual: recordar e interrogar.

Quizás nada defina mejor este doble gesto que otra metáfora sugerida por el autorpara describir su libro: “una accidentada fotografía –algo desenfocada– de esa selva artificial”. Empleando el registro de su propio objeto, Sandrone ejecuta una bella ironía al mirar la tecnología a través de su mal uso. Anatole France lamentaba no poder salir de la prisión perceptiva en la que nos encontramos y anhelaba mirar el mundo con los ojos facetados de una mosca. También en Sandrone se reconoce la imposibilidad de observar la selva artificial sin estar ya en ella, acechados por el hábito y sus hechizos.Por ello, como en los lapsus que revelan súbitamente algo de nosotros mismos, es en el accidente de una escritura metafórica desde donde se nos propone interrogar la cultura tecnificada: las máquinas tienen cuerpo, la tecnología sistema nervioso, óseo y muscular; los cuerpos son máquinas con engranajes, procesadores y prótesis. La metáfora trastoca los límites, fascina y desnaturaliza.Para “mirar la tecnología con ojos extraños”, Sandrone desenfoca el lente.

16 Julio 2019
Whatsapp
© 1997 - 2019 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar