Escenas de fin de año

Apuntes de clase | Por David Voloj

Primera escena: bandera idolatrada

-Yo nunca fui abanderada ni escolta.
-Bueno, qué importa…
-Sí, profe, importa. Mi mamá nunca pudo sentirse orgullosa de mí.
-Pero no es así. La escuela no está para premiar.
-¿Ah, no? Mis hermanos más grandes fueron abanderados. Los dos. Y yo era la burrita de la casa.

La que habla no es una alumna de la primaria ni de la secundaria sino una seño a la que se le acaba la suplencia en unos días. Estamos en el acto de fin de año y se está por realizar el cambio de abanderados. Quienes portan la enseña patria se paran frente a todos. Se supone que están contentos, aunque sus rostros de diez y once años se muestren serios, preocupados. Hoy no pueden olvidarse ningún fragmento del himno. Y el mástil de madera, aunque sea un poco pesado, debe estar firme.
Los demás, los otros, el resto de los alumnos que no están ahí adelante, escuchan las palabras de protocolo de la directora. Alrededor, padres y docentes miramos.

¿Saben los chicos que no fueron elegidos que, en realidad, no son “burritos”? Y la familia, ¿está al tanto de que, según disposición del Ministerio, una falta injustificada excluye a los estudiantes del “honor” de la bandera? Y nosotros, los docentes, ¿podemos dimensionar la huella que dejan nuestras calificaciones, el efecto que tienen nuestras valoraciones?

El sistema educativo, que en ocasiones tiende a reproducir la lógica del sistema político y económico, premia el mérito individual desde la infancia. El compañerismo, la solidaridad, la creatividad y el trabajo colectivo quedan supeditados al rendimiento académico. Así, los chicos se pliegan a una competencia solitaria donde las libretas funcionan como currículum vitae para los pocos puestos disponibles: unos ganan, otros quedan afuera.
En el salón se oyen sospechas de corrupción, de injusticia.
-Mi nena debería haber sido abanderada. Es mejor que ese que está ahí.
-Sí, pero a ese chico se la dieron ya sabemos por qué... La maestra me lo dijo.
-¿Y qué querés? Así anda todo.

Al finalizar el acto, varios padres se van de la escuela enojados. Pero esta situación no debería sorprendernos. En los medios de comunicación, las noticias que tienen que ver con la escuela giran en torno a la violencia y, si no, cuestionan los saberes que logran los estudiantes, responsabilizan a los docentes por los resultados en las evaluaciones estandarizadas y maltratan la adolescencia y la juventud. Las pocas veces que se valora el aprendizaje es porque un chico obtuvo las mejores calificaciones a pesar de vivir en la pobreza, o porque iba descalzo y sucio y sin embargo no se llevó materias a rendir.
Según los medios, voceros de un sistema que pondera la desigualdad, el que quiere, puede.

Segunda Escena: inseguridad

-Profe, en el Verdadero y Falso hay tres falsas. ¿Puede ser?
-Puede ser…
-Estas tres de acá, ¿no? ¿Está bien?
-Sí, puede ser.
- Y esta pregunta, no sé…
-Pero si estudiaste y sabés. Tranquila.
-Mmm… ¿La puede leer ahora? Yo creo que no le falta nada. ¿O sí?
Durante los exámenes y los coloquios, los estudiantes sufren ataques de duda. Lo que estudiaron les parece insuficiente, poco pertinente, quizás inapropiado para aprobar. Tal vez alcance, tal vez no. No lo saben. Por eso, los más arriesgados, preguntan. Los otros, los tímidos, se quedan en el banco. Escriben, tachan, gastan lo que les queda de liquid paper, y se debaten entre la vergüenza de responder mal y la otra vergüenza, la de entregar en blanco.
El sentido común responsabiliza a los alumnos por no alcanzar los resultados esperados para la promoción. Se expresa en frases como “No sabe porque no estudió”, “No le da la cabeza”, “Nadie lo acompaña”, “Se la pasa con el celular”.
Ahora bien, si nos animamos a pensar, un poquito nomás, el lugar del estudiante en la escuela, veremos que la calificación suele funcionar como sanción. El error se traduce en una nota que, en vez de incentivar el aprendizaje, culpa a los chicos de “su” fracaso.
¿Por qué tenemos alumnos inseguros? ¿Cuánto hacemos para formar esa inseguridad? ¿Cómo evaluamos y para qué?
Para colmo, existen negociaciones que trascienden las aulas.
-Si no me llevo materias me compran una Play para Navidad.
-¿Y si te llevás alguna?
-No me la compran. Y me cambian de colegio.

Tercera escena: mensajes

Llegamos al verano y todavía hay que firmar el concepto profesional, llenar papeles, sacar promedios, cargar notas, ir a las últimas reuniones de personal: la burocracia escolar merece un lugar en la geografía dantesca. Las cadenas de guasap de maestros y profesores se llenan de memes tragicómicos que hablan de nuestro agotamiento, de nuestra falta de resto.

Claro que, cada tanto, encontrás en los últimos exámenes de los chicos un par de mensajes que te inyectan energía extra.
Algunos funcionan como posdatas extorsivas:
“Profe, por favor un 8. Yo sé que usted no quiere verme en diciembre de nuevo. Igual, es el mejor profe de castellano. Aunque me la lleve.”
Otros, además de sacarte una sonrisa, representan un desafío para mejorar en esto de la docencia. Y son también un hermoso regalo navideño:
“Le dejo por acá
un mensajito
para que lo lea
cuando esté solito.
Usted es un genio
y esto no rima con nada
se me acaba el tiempo
nos vemos mañana.”

04 Enero 2019
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