Pobrecito Ciudadano Nº 4: Madre soy yo

Lamentos de la calle

¿Venir a hablarme a mí de la importancia de los hijos, de la familia? Pero por favor, nena. Primero dejá de mover el chico ese que tenés en brazos que me distraigo, después vemos lo que tenés para decir de la familia. Tantos tiene la pobre que no debe ni saber los nombres de todos. Y me viene a hablar a mí de los hijos y de la familia. Ya me la veía venir, le tendría que haber dicho que no a la señora Somaré. “Conozco a una chica, empleada de una casa, que necesita ropita para el bebé que está por tener”, me dijo, y me preguntó si le podía decir que pase por casa. Sabía que yo tengo un montón de cosas que me quedaron de cuando vendía por catálogo, además de algunos trabajitos que nadie vino a buscar. Pero me la veía venir, si sabía de quién se trataba. Sé hasta la casa donde trabaja la chica esa, sé que no va nunca cuando tiene que ir y cada tanto aparece o golpeada o a los insultos con el noviecito nuevo. Me la veía venir pero una es cómo es, criada en el amor de Dios y en la costumbre de ayudar al prójimo. A la señora Somaré la conozco de la parroquia, buenísima, fina, siempre arreglada, no sé qué anda haciendo relacionándose con gente como esa. Con esa chinita sinvergüenza.

“Me mandó la Patri, me mandó la Patri”, gritaba desde afuera, a los aplausos, como si no hubiera timbre, con un chico colgando, otro de la mano y el bebé zapateándole adentro. No hay una infértil de éstas, ni una. Todas son una máquina de abonarse a la asignación, a los planes. ¡Dos mangos te pagan por chico, date cuenta! Pero qué se van a dar cuenta si son todas ignorantes. Ni una sola terminó el colegio, qué se puede esperar. Y una acá, dele que te dele con la máquina de coser para poder pagar los impuestos, ¿y para qué? Para que venga esta chiruza “a-ver-si-no-tiene-ropita-para-mi-nena-que-ya-nace”. La primera nena, me dijo orgullosa, todos varones tuve.

A ver si ese otro varón, el que te preñó, te compra la ropa para la criatura. Pero qué les importa la ropa de la beba, o la comida que le van a dar al resto de los chicos. Para darle el apellido a los hijos, son los primeros esos choritos, a los suyos y los del macho anterior que tuvo la mujer. Eso sí, orgullo de padre que se hace cargo en los papeles. Después, la plata va para el último celular, el de más última generación, y los equipos de música. ¡El cuarteto a toda hora! Hasta acá se escucha, que son como diez cuadras. ¡Ah, y los televisores! Los plasmas para ver el mundial. No saben ni dónde queda Argentina y andan chochos haciendo escándalo por un gol. Todos borrachos en las esquinas, tomando droga y después saliendo a apretar a los pobres laburantes que tienen de vecinos. Choritos y malas madres, la combinación cordobesa para el éxito.

El destino de todos los impuestos que el resto pagamos con el sudor de nuestra frente. Se había plantado la chinita, rebalsada de críos, para exigirme, porque no me estaba pidiendo, ni con por favor ni sin por favor, que le dieran ropa vieja que ella sabía que yo tenía para la nena que le estaba asomando entre las piernas. ¡Cuántas mujeres buenas hay que intentan e intentan quedar embarazadas y no pueden! Y estas ahí andan, uno atrás de otro le salen los hijos, caminando salen los últimos. Ni 20 años tiene, y yo sé de por lo menos otros dos hijos que tiene más grandes y que no los trajo ese día. Deben haber estado apretando a algún pobre infeliz por ahí, sacándole los únicos 100 pesos que tiene. ¡Pero yo me planté! Tenía ropa, no fue eso, tenía pero no quería dársela. Se puso como loca. Le cambió la postura. Todo. Y empezó a los insultos limpios para todos lados. Que yo no sabía la importancia de la familia, la importancia de los hijos, la tristeza de no tener qué darle de comer… Pero, por favor, chinita, seguí por donde viniste y no me hagas sacarte el chico a cachetadas.

29 Junio 2018
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