La fantasía del Vaticano como Puerta de Hierro

Roma, por Gonzalo Fiore (Especial para HDC)

Desde su asunción como sumo pontífice de la iglesia católica en 2013, se ha especulado en incontables columnas de opinión acerca del papel que el papa Francisco ocuparía en la política argentina. Desde quienes quisieron verlo como un feroz opositor al entonces gobernante Frente para la Victoria, hasta quienes hoy lo ponen en el lugar de armador principal de la oposición peronista frente al gobierno de Cambiemos, alimentando fantasías de todo tipo y reproduciendo declaraciones que jamás se escucharon directamente de su boca, sino a partir de terceros.

El filosofo Zygmunt Bauman, fallecido en 2017, aseguraba que nos encontramos en una situación del mundo anterior a la consolidación del Estado moderno, a lo que describía Hobbes cuando justificaba la necesidad del Leviatan, es decir, del Estado fuerte que evite una masacre de todos contra todos. A su vez, decía, esto se veía en una desigualdad creciente, la más grande de la historia de la humanidad, donde “el otro” es una amenaza, y “la solidaridad, se le antoja al ingenuo, al incrédulo, al insensato y al frívolo una especie de trampa traicionera”.

Bauman supo decir que Francisco era la “luz al final del túnel de la globalización”, asignándole un rol fundamental en la lucha contra el capitalismo financiero que, según denunciaba, enriquece a unos pocos y “deja afuera” a las mayorías. El discurso del papa está en línea con la Doctrina Social de la Iglesia, especialmente con la Teología del Pueblo -surgida a partir de la Teología de la Liberación de los años ´60, pero prescindiendo de categorías de análisis marxista- en la dirección de denunciar al capitalismo y en identificar, sin nombrarlos, a sus artífices. Sucede que los actores que no nombra son tan obvios que no sea necesario hacerlo.

Cuando Francisco, durante la homilía matutina celebrada el 18 de junio pasado en la capilla de Santa Marta declaró “existe una ley de los medios, de comunicación. Se cancela esa ley, y se entrega todo el aparato comunicativo a una empresa, a una sociedad que calumnia, que dice falsedades, y debilita la vida democrática. Luego vienen los jueces a juzgar a esta institución debilitada, estas personas destruidas, condenadas, y así avanza una dictadura”, si bien no se refirió a ningún país en particular ni a ninguna situación concreta, parecía más claro que nunca que estaba hablando de la Argentina, de la Ley de Medio dada de baja por este Gobierno, y del multimedio Clarín.

También, al hablar de los medios que calumnian y los jueces que “juzgan” para luego condenar sin pruebas a personajes públicos, es claro que se está refiriendo al caso de Lula Da Silva, en Brasil, aunque también es posible recordar las denuncias incontables contra Cristina Fernández, junto a la utilización de las prisiones preventivas más como un recurso político que como instrumento judicial. Y la persecución contra Rafael Correa en Ecuador. Sin embargo, en un contexto donde las fake news son moneda corriente y todo el tiempo se discuten los conceptos mismos de verdad o de noticia, esta crítica puede ser aplicable a muchas situaciones.
Es probable que quienes se sientan ofuscados por el discurso del papa, o por los contenidos de sus encíclicas y exhortaciones apostólicas, lo hagan porque a su vez se sienten parte de esos “intereses globales pero no generales que someten a los organismos internacionales”. O que llevan adelante políticas que ponen en práctica los postulados del derrame económico, teoría que como escribe en Evangelii Gaudium: “jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante”. O a aquellos que buscan denigrar la actividad política dejando todo en manos de tecnócratas o CEOs.

La metáfora tan usada por distintos periodistas de notable cercanía con el gobierno nacional, de que el papa Francisco actuaría de émulo del general Perón en su exilio, oficiando de gran ajedrecista de la política local, como si la Santa Sede de 2018 fuera Puerta de Hierro de 1971, no es más que un intento de construcción mediática que nada tiene que ver con la realidad.

Francisco, como pastor, recibe de igual manera a un sindicalista argentino que a Emmanuel Macron, con quien se reunió hace unas semanas, preocupado por la crisis de refugiados entre Francia y el nuevo gobierno italiano. El actual papa, como cualquiera de los que lo precedieron, se muestra claramente interesado por la política, pero como actor fundamental en un tablero mucho más grande que el pequeño microclima argentino.

Mucho se dice respecto de si Francisco interviene o no en política interna con sus discursos, declaraciones, gestos, o hasta a quién concede audiencias privadas. También de por qué no ha decidido aún regresar a su país natal, siendo que los dos pontífices anteriores, Juan Pablo II y Benedicto XVI, realizaron sus primeros viajes a Polonia y Alemania, respectivamente. Sólo Francisco sabrá cual es el motivo real de que haya visitado seis países de la región (e incluso, en su último viaje a Chile, sobrevolado el suelo argentino) sin aterrizar aquí. No nos corresponde a ninguno de los que escribimos sobre él opinar sobre esta cuestión, especialmente pretendiendo obviar que el papa Francisco no es un dirigente político nacional, sino el líder espiritual de 1.300 millones de católicos en el mundo.

10 Agosto 2018
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