La internacionalización del trumpismo

Elecciones En EE.UU., por Gonzalo Fiore

Las elecciones de medio término en los Estados Unidos suelen ser históricamente hostiles a quienes en ese momento detentan el ejecutivo, en parte debido a la cultura política norteamericana de buscar equilibrios en el Congreso, y en parte a votos protesta contra algunas medidas tomadas por cada oficialismo. Los últimos presidentes que lograron obtener resultados favorables en las “midterm elections” fueron Franklin Delano Roosevelt en 1934 –con el New Deal en marcha- y George Bush en 2002, durante la llamada “guerra contra el terrorismo” tras los atentados a las Torres Gemelas. El senado es renovado cada dos años por tercios, por lo que los senadores se mantienen en el cargo por seis años con posibilidad de reelección; todos los Estados tienen dos representantes en la Cámara Alta, y en las elecciones del pasado martes se eligieron 35 de los 100 senadores.

En tanto, la Cámara de Representantes, de 435 integrantes, se renuevan en su totalidad cada dos años, y, a diferencia del Senado, es importante la cantidad de habitantes por Estado: por ejemplo, mientras Alaska tiene sólo 1 representante, California cuenta con 53. Además, fueron definidas 36 gobernaciones de las cuales 25 fueron ganadas por los republicanos contra 22 de los demócratas. Los azules, de esta manera, recuperaron 7 gobernaciones que estaban en manos rojas.

Por un estrecho margen, los elefantes –animal con el que se identifica al Partido Republicano, en contraposición al burro para los demócratas- lograron conservar el control sobre el Senado que mantienen desde 2014. Mientras que en la Casa de Representantes, donde cobran mayor peso los Estados más grandes como California o Nueva York –fuertemente anti Trump, y donde Hillary Clinton había arrasado en 2016-, el Partido Demócrata le provocó un duro revés al Presidente, abriendo así un panorama similar a los dos últimos años de Obama: complejo para su Administración, que desde ahora ya no tendrá tan fácil hacer cumplir sus iniciativas legislativas, y se verá obligado a negociar con la oposición, algo difícil de pensar, dado el estilo de liderazgo de Trump.

Mientras los demócratas apelan a las minorías, a los jóvenes progresistas, a la colectividad LGBTIQ, a la clase media urbana (generalmente con grandes ingresos, y, paradójicamente, blanca), a los emprendedores jóvenes de Sillicon Valley, etc.; el discurso de Trump sigue interpelando como pocos a los sectores populares blancos sin educación formal, a los trabajadores fabriles desempleados, a los granjeros pobres, y a los habitantes del interior profundo norteamericano, temerosos tanto de la inmigración como de los nuevos derechos de las minorías. Con esta dinámica, el republicano logrará mantener su electorado fiel pero le será bastante complejo penetrarlo. Algo parecido les sucede a los demócratas, que siguen mostrándose como políticos profesionales o “serios”, pero les cuesta saltar el cerco de un núcleo duro que si bien es cautivo y fuertemente anti-Trump, todavía no les alcanza para arrebatarle la presidencia.

Más allá de los éxitos económicos de su Administración (los números hablan por sí solos: con el nivel de desempleo más bajo en 18 años, la bolsa en puntos históricos, y el PBI creciendo al 4,2% en 2018), quizás el mayor logro de Donald Trump haya sido, desde el momento de su elección, haber moldeado la política tanto interna como internacional a su imagen y semejanza. Casos como los de Orban en Hungría, Salvini en Italia, o el recientemente electo Bolsonaro en Brasil, no hacen más que confirmar la capacidad del discurso trumpista de ganar elecciones en varios países del mundo que no son los Estados Unidos, corriendo la brújula de la discusión varios casilleros. Lo que, sumado al miedo de parte importante de los electores en materia de inmigración o cambios culturales, no hacen más que crear un escenario prácticamente inmejorable para este tipo de propuestas.

A la vez que Trump consolida su estilo discursivo en la campaña previa a las elecciones de medio término, el Partido Demócrata retoma su mejor tradición ideológica, la que dio a presidentes del calibre de Franklin D. Roosevelt, quien fue tan popular que pasó a la historia como el primero y último mandatario estadounidense en mantenerse en el poder durante cuatro períodos consecutivos, antes de la enmienda constitucional que los limitó a dos sin posibilidad de regresar al ejecutivo. Sin embargo, dadas las circunstancias tanto estadounidenses como mundiales, el partido, hoy, está más cerca de dar un George McGovern o un John Kerry -candidatos fallidos contra Nixon en 1972 y Bush en 2004- que parir un Kennedy o un Carter. El consuelo para algunos hoy es que, si se puede comparar a Trump con Nixon, quizás ambos terminen de la misma manera, aunque eso parezca, por ahora, improbable.

Los Estados Unidos muestran su mayor nivel de polarización desde los tumultuosos años '60, algo que, no es ajeno al resto del mundo: a 100 años del final de la primera Guerra Mundial, durante su gira por países aliados y enemigos de Francia durante el conflicto, Emmanuel Macron dijo que el mundo vive hoy un periodo parecido al de entreguerras, con Europa en peligro de desmembrarse nuevamente debido a lo que él considera “la lepra nacionalista”. Al contrario de lo que se creía en la década de los ´90, hoy las ideologías demuestran estar vigentes, sin embargo, ya no es la vieja división del siglo XX entre izquierdas y derechas, sino entre globalistas y anti-globalistas. Es importante comprender esto para comenzar a frenar el fenómeno de la internacionalización del trumpismo, que a pesar de haber sufrido una dura derrota el pasado martes aún está lejos de retirarse del escenario mundial, incluso con un futuro “impeachment” como posibilidad.

08 Noviembre 2018
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