Lo que dejó la fiesta del poder

Cumbre del G-20 | Por Gonzalo Fiore Viani

El que fuera el evento político internacional más importante de la historia argentina, y la cumbre más importante desde 2008, pasó por Buenos Aires dejando mucho para analizar, cuestiones por resolver, y numerosos interrogantes de cara al futuro. En un mundo donde el multilateralismo se encuentra en una crisis sin atisbos de solucionarse, con los Estados fuertes favoreciendo las negociaciones “vis a vis” antes que la de los bloques, con varios presidentes asistentes a la cumbre intentando capear una situación compleja en sus respectivos países, como Macron con la llamada crisis de los “chalecos amarillos” en Francia; el príncipe Bin Salman enfrentando acusaciones de mandar a descuartizar a un periodista crítico con su gobierno y de ser el culpable de la catástrofe humanitaria que vive Yemen; Vladimir Putin al borde de un conflicto internacional con Ucrania; Theresa May concentrando todos sus esfuerzos en concretar el Brexit frente a la oposición del Parlamento británico; Estados Unidos y China enfrascados en una dura guerra comercial; y el mismo Macri en medio de una decadente situación económica en Argentina. O dos países de la importancia de Brasil y México, representados por presidentes salientes (Bolsonaro asumirá el 1 de enero y López Obrador asumió el 1 de diciembre).

En la cumbre hubo numerosos hechos curiosos, más o menos accesorios pero de una importancia simbólica grande en este tipo de encuentros, como son las cuestiones referidas tanto al protocolo como a las reuniones bilaterales: Macron siendo recibido por operarios de Aerolíneas Argentinas (¡y con chaleco amarillo!) mientras Michetti llegaba tarde e intentaba explicarle los motivos al presidente en un pésimo francés de cocoliche; el desplante (haya sido intencional o no) de Trump a Macri, dejándolo solo en el escenario mientras el mandatario argentino ponía cara de no entender que sucedía; el canciller Faurie bajándole el tono ante periodistas chinos a la vocera de Trump sobre “la actividad económica depredadora china”, de la que supuestamente se habría hablado en la reunión bilateral con Macri; el efusivo saludo de Vladimir Putin al príncipe Bin Salman, marginado por el resto de los mandatarios al extremo de la foto; o la firma del nuevo tratado de libre comercio entre Canadá, Estados Unidos y México en lo que fue el último acto de Peña Nieto como presidente. Postales de la Cumbre, pero también mucho más que eso.

La reunión más esperada era la de Trump y su homólogo chino, Xi Xinping, quien hacía pocas semanas se había referido duramente a la política de restricciones diciendo que iban “a contramano de la historia”, alzándose como portavoz del libre comercio mundial. Lo cierto es que el presidente estadounidense no está dispuesto a abandonar el aumento de aranceles que ordenó en enero de este año, del 10% al 25% sobre productos chinos, lo que representa unos 200.000 millones de dólares. Estados Unidos exige que China ajuste sus planes de desarrollo económico, reduciendo a la mitad su superávit comercial bilateral con EE.UU. para 2020, lo que se traduciría en una disminución de 190.000 millones de dólares en dos años. Algo que el gigante asiático no tiene en sus planes llevar a cabo, ya que representaría un freno a su propio desarrollo económico.

Con Xi Xinping, el hombre con más poder en China desde Den Xiaoping, el gigante parece por primera vez estar dispuesto a asumir un rol de potencia internacional que venía retrasando, priorizando su propio desarrollo interno; algo que a EE.UU. no parece dispuesto a tolerar si se tiene en cuenta aquella afirmación de Donald Trump en campaña: “somos derrotados por los chinos todo el tiempo”.

Rusia se encuentra nuevamente en un recrudecimiento del conflicto con Ucrania, cuyo gobierno decretó la ley marcial en 10 regiones, prohibiendo la entrada a hombres rusos de entre 16 a 60 años para evitar la creación de un “ejército encubierto”. La Unión Europea suma otras preocupaciones: el Brexit e Italia. El Parlamento Europeo aprobó la semana pasada, en una sesión particularmente breve, al protocolo para la salida del Reino Unido; sin embargo la primer ministra Theresa May deberá aún superar el escollo que le representa el propio Parlamento, donde tiene minoría. A su vez, el italiano Giuseppe Conte (y especialmente el vicepresidente del Consiglio y ministro del interior, Mateo Salvini) se muestran rebeldes frente a las exigencias de Bruselas de bajar el déficit comercial italiano, lo que se toparía con sus promesas de instaurar una renta universal básica para todos los ciudadanos y de ampliar programas sociales, algo que no están dispuestos a transigir.

Lo cierto es que esta cumbre, tal y como se esperaba, no logró solucionar cuestiones estructurales ni de fondo, a diferencia de lo ocurrido en la de Washington -hace 10 años- donde, en medio de la peor crisis económica que vivió el capitalismo occidental desde el crack de 1929, se reformó el sistema financiero internacional.

Hoy el mundo vive una situación diametralmente distinta: si bien algunos indicadores económicos podrían comenzar a disminuir, las potencias siguen en pleno crecimiento, especialmente EE.UU., beneficiado por las políticas proteccionistas de Trump. Un rumbo que no parecen dispuesto a abandonar, sino, más bien, a profundizar.

Nuevamente, como en el siglo XX, Estados Unidos se enfrasca en un enfrentamiento político, cultural y comercial con una potencia de diferente ideología. Sin embargo esta “nueva Guerra Fría” encuentra a los contendientes paradójicamente en distintos lugares de la historia.

04 Diciembre 2018
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