Francisco y Venezuela: La tempestad arrecia

América Latina | Por Gonzalo Fiore

Del 22 al 27 de enero se llevaron a cabo en la Ciudad de Panamá, las Jornadas Mundiales de la Juventud. En este evento, destinado a los jóvenes católicos del mundo, el papa Francisco fue el principal orador. Se trató de su sexto viaje apostólico a América latina desde el inicio de su pontificado.

Al igual que el año pasado, cuando visitó Colombia tras la firma de los acuerdos de paz, y cuando visitó Chile (en medio de fuertes denuncias de abuso dentro del seno de la iglesia) la situación en la región es compleja. Mientras el papa llegaba a la capital panameña, el condimento especial fue la grave crisis institucional, política, y económica que vive Venezuela.

Juan Guaidó se autoproclamó presidente del país el 23 de enero, inmediatamente fue reconocido por Estados Unidos, luego por los países del Grupo de Lima, y en estos momentos la Unión Europea se encamina a hacerlo. Es sabido que Jorge Bergoglio mantiene una estrecha relación con muchos mandatarios, especialmente con aquellos que tienen una visión similar a la suya respecto a los temas concernientes al mundo del trabajo o al medio ambiente.

Por cierto, es particular el vínculo que lo une a presidentes latinoamericanos cercanos al bolivariano, como Evo Morales, a quien recibió cinco veces en el Vaticano y también visitó en Bolivia. También se reunió con Maduro en 2016, donde, según una nota oficial de la Santa Sede, instó “al dialogo sincero y constructivo entre el gobierno y la oposición”, con el objetivo de “aliviar el sufrimiento” del pueblo venezolano y promover la cohesión social”. Durante aquellos tiempos hubo un intento de diálogo entre la oposición y el gobierno promovido por el papa, que terminó fracasando.

En los días previos al inicio del nuevo mandato de Maduro, un grupo de ex presidentes latinoamericanos le enviaron una carta al papa. Entre los veinte firmantes se encontraban Álvaro Uribe, Fernando de la Rúa, Vicente Fox, Luis Alberto Lacalle y Eduardo Frei. El objetivo de la misiva era pedirle que se pronuncie respecto de las violaciones en los derechos humanos ocurridas en Venezuela y Nicaragua. El pontífice había enviado un mensaje para Navidad a ambos países, donde había llamado a la “concordia”.

Más allá de las coincidencias ideológicas que puedan encontrarse en el discurso del papa con gobiernos que –teóricamente- se encuadran en la izquierda del espectro político, no puede dudarse de que sus mensajes, tanto políticos como pastorales, no legitiman ningún tipo de violencia ejercida desde arriba. La idea que tiene Bergoglio, tanto de la “patriagrande” como de la unidad de América latina es superadora de cualquier tipo de coyuntura.

Por ahora, el Estado del Vaticano y la Santa Sede siguen reconociendo, como presidente de Venezuela, a Nicolás Maduro. De esta manera, el papa toma una postura similar a la tomada por Estados como México o Uruguay, que han decidido mantenerse neutrales, respetando el principio de no intervención. Al momento del inicio del nuevo período presidencial, el 10 de enero pasado, el Vaticano envió un representante oficial. Fue un hecho diplomático importante debido a que una gran cantidad de países no acudieron a la asunción de Maduro, por no considerarla legítima.

Esta medida provocó cierto malestar entre la iglesia venezolana y la Santa Sede, ya que, mientras la Secretaría de Estado vaticana mantiene sus relaciones diplomáticas y no ha anunciado que rompería relaciones con Caracas, la iglesia venezolana, a través de su conferencia episcopal, no reconoce a Maduro y lo tacha de ilegitimo.

El papa Francisco declaró, en un discurso a los obispos reunidos en Panamá, que los pueblos de América latina no son “patio trasero de nadie”, en obvia referencia a los Estados Unidos; y en los días posteriores a la marcha del 23 de enero fue criticado duramente por sectores opositores a Maduro: le recriminaron no tomar posición en el conflicto, ni tocar el tema de forma directa. Sin embargo, el papa sí se refirió específicamente a la situación venezolana en el vuelo de vuelta a Roma: ante los periodistas, se mostró preocupado por un “posible derramamiento de sangre”, al tiempo que ofreció su mediación en caso de que las partes lo quieran.

Cabe recordar el importante papel que el papa desempeñó, tanto en las negociaciones de paz en Colombia entre el gobierno y las Farc, como en el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos, en 2015. A la pregunta de si reconocería a Guaidó, respondió que “sería una imprudencia pastoral, y haría daño ponerse de parte de unos o de otros”, mirando también la división internacional de apoyos y la puja geopolítica existente.

No pareciera haber salida clara del laberinto en el que se encuentra Venezuela. Sólo en las protestas de la última semana murieron 35 personas. No se descarta, incluso, una guerra civil o una probable intervención militar. En otras palabras, el derramamiento de sangre es una posibilidad más que latente,tal y como le preocupa al papa.

Las últimas intervenciones político-militares de los Estados Unidos o la Otan se produjeron en Irak, Libia y Siria. Todas tuvieron resultados catastróficos para las poblaciones civiles de esos países y terminaron en conflictos interminables que continúan al día de hoy. Tampoco hay buenas noticias para América latina, con el foco de la comunidad internacional puesto en la región y la crisis de refugiados más grande de la historia del continente sin visos de terminar.

Si desde la política no se logra resolver la situación, quizás estemos experimentando las primeras etapas de un conflicto largo, de consecuencias impredecibles. Como escribió el poeta romano Virgilio hace más de dos mil años, “la tempestad arrecia”. Palabras que el papa Francisco debe conocer bien.

31 Enero 2019
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