Confianza en la locura

Cuaderno de bitácora, por Nelson Specchia

Es habitual que demos por descontado que nuestra vida social y política, en plena modernidad, se mueve por carriles racionales. Al menos, en su caudal mayoritario. Así, las excentricidades que desbordan ese cauce racional se consideran arte (si agregan belleza, interrogan o cuestionan pacíficamente los usos habituales), o crimen (cuando ese desborde extra-ordinario rompe la legalidad impuesta y las costumbres admitidas). A veces incluso es discutible en cuál de ambos extremos puede ubicarse un acto: ironizando sobre ese borde difuso Thomas de Quincey escribió ese ensayo exquisito sobre filosofía estética y moral que es “Del asesinato considerado como una de las bellas artes”. Pero, tenga una connotación artística o criminal, comúnmente se admite que a nivel social los eventos extra-ordinarios lo son porque rompen con el decurso lógico de las cosas.

Por esta concepción generalizada de la racionalidad del día a día, nos cuesta tanto admitir algunos capítulos históricos recientes que, a la luz de la normalidad cotidiana, aparecen claramente como irracionales. ¿Cómo fue posible –decimos- que la sociedad alemana, una de las más cultas de Occidente, no se diera cuenta que el ascenso de Adolf Hitler conducía a toda la nación al abismo? ¿Cómo fue posible que toda la intelectualidad rusa (y buena parte de la izquierda de todo el mundo) sucumbiera al delirio homicida de Stalin durante tantos años continuados? ¿Cómo las ilustradas élites europeas, a pesar de acumular la experiencia traumática de la segunda posguerra y del Holocausto, pudieron permitir la agresión genocida contra los bosnios musulmanes en Srebrenica, en una fecha ya tan tardía para la conciencia mundial como 1995? El listado de preguntas sin respuestas sobre las agresiones criminales a la supuesta racionalidad cotidiana es, muy lamentablemente, larga. Y ese largo listado permite atisbar, además, una cuestión aún más inquietante: ¿qué golpe a la “normalidad” se está perpetrando en este preciso instante? ¿qué crimen se incuba en estos días -o está sucediendo bajo nuestras narices- que la próxima generación se sorprenda que la nuestra haya permitido?

A fines del año pasado, el estimado amigo Miguel Julio Rodríguez Villafañe me invitó a acompañarlo en la presentación de su libro “Crimen de crímenes. Genocidios entre 1904 y 2005”; un volumen donde se presenta, en forma descarnada y didáctica, los principales delitos de lesa humanidad que esa humanidad ha cometido contra sí misma durante el siglo que nos ha tocado. Revisando el libro de Miguel Julio para preparar las breves palabras que diría en la presentación, me llamó especialmente la atención el capítulo IX, dedicado al choque vivido por los pueblos africanos de las etnias tutsi y hutu en los ‘70 y en los ’90, porque supone un extremo de pérdida del sentido de convivencia, atroz aún para el conjunto de agresiones colectivas, irracionales todas, como han sido (como son) los genocidios.
Estudié con atención ese trozo del libro de Rodríguez Villafañe, su exposición sobre el “mito camítico” de raza superior que los tutsis habían dejado crecer en su cultura; la colonización alemana, luego la belga, y la posterior división del territorio en los Estados de Ruanda y Burundi; los alcances del delirio de sangre y muerte. Hay un párrafo de ese capítulo que permanece subrayado en mi ejemplar: “La matanza desatada el 7 de abril de 1994 (contra los tutsis) tuvo un ritmo inusitado, si tenemos en cuenta que se asesinó a 1.000.000 de personas en 100 días, ello equivale a 10.000 muertes por día, 416 por hora y 25 por minuto”. Difícil resumir una esquizofrenia colectiva con una imagen más dura.

Pero aunque se estudie con detenimiento el fenómeno, lo más difícil sigue siendo aquella básica pregunta inicial: en una sociedad internacional que se autopercibe funcionando según criterios lógicos y racionales, ¿cómo ese extremo del horror pudo ser soportado?. Esta semana he terminado una lectura que complementa muy acertadamente aquel capítulo de Miguel Julio Rodríguez Villafañe: “Pequeño país”, de Gaël Faye, que acaba de lanzar la editorial Salamandra para los lectores en castellano. Faye es un joven músico francés, muy exitoso con su grupo de rap, Milk Coffe & Sugar, y con una ascendente carrera como solista. Gaël nació en 1982 en Burundi, hijo de madre ruandesa (tutsi) y padre francés, y vivió en directo la masacre. Lo sacaron, junto a su hermanita y por el pasaporte de su padre, del medio del baño de sangre en un avión francés. “Pequeño país”, su primera novela (ya traducida a 30 idiomas, 700.000 ejemplares vendidos y premio Goncourt des Lycéens en Francia) se basa en aquella experiencia.

Gaël Faye era un niño de 12 años cuando comenzó el genocidio, y también es un niño el que narra la novela e intenta entender, con esa lógica espontánea de los niños, un mundo que le han asegurado se mueve por pautas racionales: “Miren... los hutus son más numerosos –les explica su padre cuando todo estalla de golpe-, son bajitos y tienen la nariz ancha. Y luego están los tutsis, como mamá. Son mucho menos numerosos, son altos y flacos, con la nariz fina y nunca se sabe lo que les pasa por la cabeza... -¿La guerra entre los tutsis y los hutus es porque no tienen el mismo territorio? -No, no es eso, están en el mismo país. –Entonces, ¿porque no hablan la misma lengua? –No, la lengua que hablan es la misma. –Entonces, ¿es porque no tienen el mismo dios? –Sí, sí tienen el mismo dios (ambos son cristianos). –Entonces... ¿por qué están en guerra? –Porque no tienen la misma nariz.” La novela de Faye, entre tantos aciertos, con el tono justo entre la esperanza y la desesperación plantea que en el medio del infierno los únicos cuerdos son los niños y los locos.

Gaël Faye ya tiene 36 años, pero su cara (y su nariz) tutsi mantiene un aire infantil. Y su excelente libro vuelve a abrir el interrogante sobre la incongruencia de que el horror extremo se cuele por la ventana inesperada de un esquema sociopolítico internacional que se pretende evolucionado, desarrollado, civilizado. Racional.
Ante tantas grietas en la normalidad, no sorprende que cada vez sean más los que apuesten a confiar en la locura.

 
© 1997 - 2019 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar