Elemental, Dr. Einstein

Cuaderno de bitácora, por Nelson Specchia

Este año triste y largo, de ajustes y recesiones, también traerá a nuestros pagos a algunas visitas ilustres (de las reales, “que ilustran”) a zarandear un tanto nuestro parroquial estanque cultural. Son siempre bienvenidas, y muy especialmente cuando hay tantos lastres que tiran hacia el quietismo, la resignación, ajustarse los cinturones y pasar agosto, como impelía aquel ingeniero de tan insólita actualidad. Para que pasar el trago de agosto sea menos amargo, llegarán a Córdoba dos lumbreras de la música y las letras, Marta Argerich y Leonardo Padura. Ya hablaré aquí –pronto- de la visita de la más grande pianista de nuestro siglo (a quién, es sabido, rindo un culto laico); quiero anotar ahora dos líneas sobre el otro ilustre visitante, el cubano Padura. Tal como publicamos en HDC (en la entrevista que le realizara nuestro columnista Lucas Gatica), Leonardo Padura es la estrella más brillante de la literatura cubana, y desde bastante tiempo antes de que le concedieran el Princesa de Asturias, en 2015: su decisión de quedarse en Cuba, viviendo –y criticando y ficcionando y no guardándose nada- los vaivenes particularísimos de una revolución menguante, lo hizo un escritor a leer con atención; la genialidad de su narrativa hizo el resto. Padura creó un personaje arquetípico de novela policial: un detective privado al que llamó Mario Conde. Y a pesar de que en Cuba no está permitido, junto a tantas otras cosas, el ejercicio detectivesco por fuera de las estructuras policiales del Estado, Mario Conde se las ingenió para protagonizar media docena de novelas “noir”, que fueron traduciéndose a casi todas las lenguas y recogiendo casi todos los premios internacionales (el Café Gijón y el Dashiel Hammett, entre ellos), y hasta se adaptaron a una serie televisiva, “Vientos de La Habana”.

Pero Leonardo Padura guardaba una carta –y gruesa- en la manga: mientras publicaba una aventura tras otra de la serie de Mario Conde, iba también escribiendo una de las novelas históricas determinantes, “El hombre que amaba los perros”: un texto de mil páginas que recorre, de una manera brillante, el exilio de Lev Davídovich Bronstein, León Trotsky (que amaba los perros), su partida de la Unión Soviética, la persecución de los esbirros de Stalin por medio mundo, hasta su asesinato por mano de Ramón Mercader –un español republicano captado por la NKVD, la policía secreta stalinista- en México. Ramón Mercader es ese oscuro hombre que también amaba los perros y que termina sus días paseándolos por el malecón habanero, refugiado y oculto en la Cuba de Fidel Castro. Estoy seguro que, con el tiempo, será reconocido como uno de los libros mayores de las letras americanas. (En mi biblioteca está en el mismo estante que “El nombre de la rosa”, del maestro Umberto Eco, y eso, les aseguro, es mucho decir). El tema es que Leonardo Padura ha escrito una nueva aventura de Mario Conde, “La transparencia del tiempo”, y me han pedido que, con ocasión de su visita a Córdoba lo acompañe en una conversación pública de presentación (en Buenos Aires lo hará Claudia Piñero, aunque los colectivos antiabortistas intentaron impedirlo).

Revisando la novela para ese diálogo, me encontré con algunos pasajes que, como toda buena literatura, alumbran también los dilemas de nuestra cotidianeidad. Porque Padura pone a su detective a seguir los pasos de una virgen negra, románica y catalana, que se han robado de una casa de La Habana. Pero en esa búsqueda surgen escenas que cuestionan la amistad, las viejas relaciones, los nudos personales atados en el colegio o en los tiempos universitarios, a aquel viejo cariño por los compañeros, la fidelidad a los amores tempranos, el respeto por las posiciones, actitudes y opiniones de aquellos días y de éstos. Un texto, en definitiva, sobre la libertad, los absolutos y los relativos. Porque la divulgada fórmula del doctor Albert Einstein, aquella que sostiene que en física todo es relativo, no puede ser traducida acríticamente a las relaciones sociales. Nadie objeta que, en un clima de libertad, la opinión y las posiciones del otro, por diferentes que sean, han de ser respetadas. Pero eso no es una patente de corso, una carta blanca para sostener cualquier cosa, aún las antidemocráticas, fundamentalistas y ultramontanas, con la apelación a que todos deben respetarlas por ser opiniones. El límite de la libertad está en que aquellos que la niegan no pueden apelar a ella para expresarse, como una serpiente que se muerde la cola. “Lo que no sé, Bobby, lo que no puedo entender –le dice el Mario Conde de Padura a su amigo de la infancia- es que un hombre como tú, que jura que cree en la Virgen, en Yemayá, en Dios y en los ángeles y en los arcángeles, que rezas y le ruegas al cielo, sea tan inmoral...”

La mejor literatura, digo, es aquella que alumbra los dilemas de nuestros días: leía esta página de “La transparencia del tiempo” mientras el médico Abel Albino, desde el poderoso lugar que le da ser asesor de los más altos niveles del Estado (y receptor de millonarios subsidios gubernamentales) tronaba desde el púlpito del Senado de la Nación no sólo contra el proyecto de despenalización del aborto, para el que había sido llamado a expresarse vaya a saberse por qué mentes iluminadas, sino también contra la educación sexual y contra los métodos anticonceptivos. Y ya que estaba, contra décadas de investigación científica y formación sanitarista, afirmando que el preservativo no detiene al virus del sida. Eso no es una opinión, y no es respetable en el marco de libertad democrática. Ese extremo roza lo delictivo, y además de la inmediata reacción de la comunidad científica, tal como se dio, se debería revisar también su habilitación médica pública, ya que tal postura comporta un riesgo sanitario concreto para la población. No todo es relativo, y la libertad debe guardarse de los enemigos de la libertad. 

Ilustración: Josh Bryan.

 
© 1997 - 2019 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar