Pachamamas, pachapapas, pechememes

Cuaderno de bitácora, por Nelson Specchia

Hace algún tiempo, el gran Hernán Jaeggi me invitó a leer algunos de mis textos literarios en el ciclo que, con tesón y perseverancia, mantiene desde hace una década junto al “Piro” Garro en el subsuelo de la Facultad de Letras. Por ese espacio y durante todos estos años ha pasado la casi totalidad de la producción de literatura local, tanto en poesía como en narrativa. Y una buena parte de los escritores visitantes o de paso por esta mediterránea parroquia de campanas y de feudos, a veces tan cerrados que el aire se enrarece hasta lo irrespirable. A contramano, el espacio alentado por Jaeggi/Garro es un oasis de apertura y diversidad: por allí pasan todos, sin que nadie pregunte por carnets, afiliaciones, escuelas estéticas o ideológicas, ni ninguna otra marca en el orillo. Un ágora (más bien “agorita”, por las dimensiones reducidas y por el magro presupuesto asignado por la Universidad) de las letras criollas.

Esa noche en que Jaeggi/Garro me invitaron a “Córdoba Cuenta” estuve acompañado en la mesa por Estela Smania; había escuchado de ella, claro, pero aún no la conocía personalmente, tampoco había tenido oportunidad de leer sus relatos. Me impactó la honda expresividad de un estilo de primer nivel, que gana con la cadencia pausada y amable de la voz de la autora cuando los lee. Esa noche leyó un cuento largo, con una carga biográfica (autobiográfica, reconoció luego, en el diálogo con el público) fuerte, sobre una joven de una ciudad de provincia en los tiempos del primer peronismo. En concreto, en los meses previos y posteriores a la muerte de Eva Perón. El cuento (no puedo recordar ahora su título) retrata magistralmente, y desde la perspectiva desprejuiciada de la mirada infantil, las tensiones sociales, comunitarias, y hasta intrafamiliares, de aquel duelo colectivo y obligatorio: las líneas de ruptura, de quiebre y fricción que recorren oblicuamente los colectivos argentinos. Además del placer estético de un cuento tan bien contado, la lectura de Estela Smania debería ser recomendable, de una manera propedéutica, para todos aquellos que insisten con la supuesta emergencia reciente de una grieta que, como aparición mágica, ha venido a interrumpir el solaz de la armonía comunitaria.

A mí me interesó mucho el cuento, y después de esa noche me puse a buscar, aunque fuese tardío, todo lo que encontrara de “Tely” Smania. Encontré cosas exquisitas y entrañables: “La noche de los ruidos”, “Ay, Renata”, “Bajo siete llaves”... ¡qué buenos cuentos! Por esas coincidencias afortunadas, recibí por estos días una colección entera de los libros que la editorial Comunicarte publica en la serie “El llavero”, dirigida por Marcelo Casarin. En la selección de autores (Daniel Moyano, Jorge Lujan, Mempo Giardinelli, David Voloj, Lilia Lardone) vuelvo a encontrarme con Estela Smania, en un pequeño y exquisito volumen: “La Sacramento”.

Doña Sacramento es una curandera, una vieja de las sierras (quizás cordobesas, pero no necesariamente) que vive sola en su rancho, entre yuyos resecos, brebajes, mates y consejas. Los cuentos son breves, algunos inclusive brevísimos (24 relatos en apenas 100 páginas) pero de una intensidad dramática y existencial que los hace vibrar. Como doña Sacramento, son de pocas palabras, pero por eso mismo cada una está cargada de sentidos.

Sin caer en el costumbrismo gauchesco “for export”, con la misma sutileza que le advertí a “Tely” Smania aquella noche en que leía en público, los cuentos de “La Sacramento”, que es médica y jueza y a veces también testigo impotente de un mundo injusto, van desgranando una rica filosofía popular de trasmisión oral; una ética que no se proclama sino que simplemente se muestra en la forma de habitar el espacio; y una relación con las maneras de vivir (y de morir) tributarias de una coexistencia pacífica con el entorno, con la tierra, con esa Pachamama de dónde venimos y hacia dónde todos vamos.

Cada primero de agosto circulan, con ese toque de ironía urbana con que se suelen mirar “las cosas del campo”, algunas botellas de caña fuerte, más embravecidas aún con el aditamento de ramitas de ruda. De ruda “macho”, la que huele como demonios, agregaba el sexista lenguaje pre-inclusivo. La ceremonia incluye, además de los tragos en ayunas del alcohol aromatizado por el pestífero yuyo, compartirlos con los amigos que se quiere y que anden cerca. Y también derramar algunas gotas en la tierra, compartir la caña con la Madre Común, para dar gracias y para aventar pestes, enfermedades y malos humores.

Ya que acumulamos tantas prácticas inútiles, no se me ocurre una mala idea mantener ésta, que simboliza la unión estrecha con el lugar que todos habitamos y la capacidad de comprender al otro en su auténtica dimensión, sin falsedades ni hipocresías. Aunque, claro, no bastará sólo con el ritual, que será estéril si no va acompañado de actitudes personales y sociales en el mismo sentido. Porque, como dice doña Sacramento, “... los árboles no son las ramas que crecen hacia el cielo, desordenadas y desparejas. Los árboles son la savia que les recorre las honduras y que se esconde a nuestros ojos. Que los pájaros no son las alas que les permiten volar. Los pájaros son el vuelo mismo y el destino que éste lleva prendido como un invisible mensaje. Que los hombres no son su cara ni sus brazos ni sus piernas. Los hombres son lo que hacen, lo que dicen, lo que piensan...”

Bueno leerlo y recordarlo en estos días en que discutimos cómo expandir los derechos de las mujeres, esa parte tan relegada del cuerpo social. Y cómo ser, como país, un poco menos hipócritas. Caña con ruda y feliz agosto para todes.

 
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