Es casa vuestra

Cuaderno de bitácora, por Nelson Specchia

Quizás el nacionalismo sea una de las herencias más pesadas que acarreamos sobre nuestras espaldas (pesadas de verdad, no esas marketineras “pesadas herencias” que se utilizan en forma espuria para justificar la mala praxis y la ineptitud política propia). No se trata de un fenómeno nuevo: en diversas acepciones y manifestaciones ha acompañado a la política desde la antigüedad. Y no sólo en Occidente: en mis clases de política internacional, cuando vemos China suelo recordar que la Gran Muralla no fue concebida solamente para negar la entrada (o sea, para que los invasores mongoles del Oeste no llegasen hasta el Imperio Celeste), sino también –y quizás aún más importante- para negar la salida: para que los propios chinos del Imperio Celeste no abandonaran el territorio ancestral.

Pero aunque haya estado siempre presente, el nacionalismo hizo eclosión, en su combinación con el Estado autoritario y con la utilización militar de la tecnología, en el siglo XX. Sus mayores oponentes teóricos reconocen una inspiración común: la filosofía de Immanuel Kant. El prusiano que terminaría inventando el idealismo sostenía que la paz –y, consecuentemente, la mayor libertad humana- se alcanzaría cuando el Estado dejara de existir; esto es, cuando el nacionalismo fuera desterrado. Su inspiración, en todo caso, fructificó en dos grandes ramas que, a la postre, terminarían siendo los mayores antagonistas, el liberalismo y el comunismo. Un antagonismo que, también, encontró su cénit en el mismo siglo XX, en la personificación de las dos superpotencias que establecieron un equilibrio (de terror atómico, pero equilibrio al fin) en un mundo bipolar.

Podríamos haber esperado que, con la disolución de la Unión Soviética, el “triunfo” del capitalismo occidental en la Guerra Fría, y el desmembramiento de la bipolaridad en una emergente multipolaridad de los márgenes, el nacionalismo perdiese fuelle. Pero no hay manera de descansar o, como bella y terriblemente lo escribiera Bertold Brech tras el nazismo: no celebren todavía, que “aunque el mundo se alzó y detuvo al bastardo, / la perra que lo parió está nuevamente en celo”. Es difícil de admitir, pero ahí está: metamorfoseándose delante de nuestros ojos, encontrando los caminos más insólitos para marcar las diferencias, impedir la pluralidad, disolver cualquier diversidad, frenar hasta el menor brote solidario, remarcar la separación, reivindicar la exclusión...

En contextos de conflicto el camino está expedito: el “otro” rápidamente se convierte en el “enemigo”. Pero cuando los conflictos se han minimizado, visibilizar como adversario al “otro” para ratificar la pertenencia propia se complica. Y sin embargo el nacionalismo encuentra la vía para llegar y contaminar el agua. Lo pudimos ver inclusive en el debate más reciente que cruzó (y partió) los colectivos sociales argentinos, a raíz del proyecto de ley de interrupción voluntaria del embarazo. Una de las argumentaciones –frecuente, a pesar de insólita- de los sectores antiabortistas fue que la aprobación provocaría una afluencia de mujeres desde los países vecinos, que vendrían a practicarse abortos a las instituciones hospitalarias locales, haciendo uso de nuestros recursos sanitarios públicos. Sería risible por su patetismo si uno no considerara que, con estos argumentos y otros de similar cuantía, la ley fue rechazada en el Senado.

Además de la negación de la solidaridad social, la otra vía por la que el nacionalismo ha logrado colarse con fuerza en el discurso político y mediático es el de los flujos de migrantes. Donald Trump logró ganar las elecciones en los EE.UU. apoyado en una tensión xenófoba que cada día encuentra auditorios más multitudinarios, y tanto la construcción del muro con México, como las desgarradoras imágenes de las policías de frontera separando a niños de sus padres y encerrándolos en jaulas metálicas superan a diario el límite de lo civilizatoriamente tolerable. En Europa, el rol que los mexicanos juegan en el borde texano lo ocupan los musulmanes, en general, y los musulmanes norafricanos en particular. Me escribe esta semana una querida amiga; escritora residente en Roma pero que -ya jubilada- reparte su mucho tiempo libre en reuniones literarias por toda Europa. Su carta me llega desde Malmö, Suecia, una de las ciudades europeas más jóvenes y que concentra la mayor proporción de inmigrantes de todo el continente. Dice en su carta: “... pasamos a buscar a M., que ha llegado de Venecia. Mira la calle por la ventana: ‘todos extranjeros’, murmura. También nosotros somos extranjeros -dos argentinos, un italiano. Pero la frase se refiere a otra cosa. Se refiere a los que se amontonan frente a las sillas voladoras, al tren fantasma de la Feria de Malmö, en medio de humaredas de colores que borran el contorno de las cosas. Niños y hombres oscuros, mujeres veladas. Todas las mujeres, veladas. Pescan premios, peluches de tigres, de osos, de burritos. Estanterías enteras de peluches detrás de un vidrio. ¿Quién conoce esta ciudad? ¿Sus cantos, sus rituales? Ahora llueve. Una lluvia fina. Estuve antes en esta Feria de Malmö, hará cinco años. Pero entonces también había suecos. ¿Qué va a hacer Europa con los que llegan a millares, con su memoria ajena? Es la noche de las Perseidas, pero el cielo está ocupado por las humaredas de los quioscos de comida. Nadie pertenece, todos pasan. Como las Perseidas.”

Los mexicanos enjaulados en Texas; las mujeres veladas de Marruecos, Túnez o Libia mojadas bajo la llovizna en Suecia; la impotencia de ver la cuneta del nacionalismo llenándose de nuevo. Busco en YouTube a Jaume Sisa: “Oh, ¡Benvinguts!, ¡passeu, passeu!, / de les tristors en farem fum. / A casa meva és casa vostra, / si és que hi ha casa d’algú.” Bienvenidos, pasen, que mi casa es vuestra casa, si es que las casas son de alguien...

 
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