De tripas, corazón

Cuaderno de bitácora, por Nelson Specchia

En la emergencia social los hilos se cortan siempre por los filamentos más delgados. En el momento de desembolsar, éstos terminan siendo aquellos que atan los paquetes de la cultura, de la educación, y de la ciencia y la tecnología. En efecto, cumpliendo a rajatabla el guión del liberalismo económico (no el filosófico ni el político, lamentablemente) la administración nacional ha procedido a degradar a los ministerios de estas ramas a meras secretarías. La mutación no es sólo simbólica, para poner de manifiesto abiertamente que ni la cultura ni la educación son prioritarias en un modelo agroexportador dependiente, sino que son modificaciones estructurales: en el corto plazo veremos cómo las partidas presupuestarias para atender a las políticas públicas de las áreas degradadas son achicadas paulatinamente, o reasignadas a otros destinos, desapareciendo programas, coberturas y alcances. De hecho, esta misma semana, cuando ni siquiera se han aquietado las aguas del maremoto de ajuste ministerial, ya se anunció la reasignación de partidas desde Educación hacia Seguridad: menos maestros, más policías. El liberalismo que se pregona es económico y financiero, pero filosófica y políticamente no hay otra cosa que la mano dura de la vieja derecha conservadora.

En el plano local, la gestión cultural municipal hace equilibrios serpenteantes, bailando un vals sobre la navaja afilada de la adscripción a la alianza nacional, y los márgenes de autonomía para diferenciarse de aquellos sopapos a las áreas neurálgicas del Estado. Así, Pancho Marchiaro, el responsable del timón cultural cordobés, publicó en las redes un artículo criticando la degradación del ministerio de Cultura, y argumentando que el gobierno local de Ramón Mestre siguió el camino inverso, elevando de rango a la vieja Dirección de Cultura municipal, convirtiéndola en una Secretaría. Y en cuanto a la continuidad de las políticas culturales de largo plazo, como la edición 33º de la Feria del Libro (a la que ahora se le adiciona “y del conocimiento”), han intentado hacer con las brozas rescatadas de la carnicería en que se ha convertido la escena cultural un digno asadito, si no de matambre y mollejas, al menos de corazón. Como iba a ser muy difícil financiar honorarios (y pasajes internacionales, en dólares) de escritores de la primera plana mundial, esas grandes figuras protagonistas estelares de las ferias, se ha optado por un camino más económico pero que no impacte negativamente en los aportes de fondo del evento. El curador elegido para este año, el muy valorable José Heinz, es un escritor y periodista especializado en nuevas tecnologías. “Jopi” Heinz ha armado una curaduría de cercanía con la realidad: la vida cotidiana desde la mediación de la escritura que aparece en los libros en papel y –cada vez más- en los otros soportes, digitales y virtuales, que nos rodean.

Llegando ya al meridiano de la Feria, hay que reconocerle mérito a la gestión de Heinz: a pesar de todos los pesares la Feria del Libro está cumpliendo su cometido, moviendo las estanterías del quietismo y la resignación. Es una programación, además, donde la presencia juvenil está muy marcada. Tanto a nivel de audiencias y público, como en los eventos y paneles: es una Feria joven. Y eso no implica una complacencia demagógica con un falso imperativo juvenil, sino una apuesta seria de futuro (de futuros lectores, digo). En ese marco, estuvieron esta semana dos jóvenes promesas literarias más que interesantes, la colombiana (pero afincada en Buenos Aires) Margarita García Robayo, y el actor, sex-simbol, y ahora también escritor, Gonzalo Heredia.

García Robayo es una de las voces más frescas de la literatura argentina (a pesar de haber nacido en Cartagena, en 1980), donde la tendencia de la auto-ficción encuentra una escritura clara, como se lee en su “Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza” (Planeta, 2009). Martín Maigua, el hábil e intuitivo editor cordobés de Nudista le publicó el relato “Orquídeas”, en 2012; y por su libro de cuentos “Cosas peores” recibió el premio Casa de las Américas, de La Habana, en 2014. Margarita presentó ahora su última novela, “Tiempo muerto”, que publicó Alfaguara el año pasado.

A Gonzalo Heredia yo le debía un agradecimiento especial hacía tiempo: cuando Edhasa publicó mi libro de cuentos, “La cena de Electra”, Gonzalo lo leyó, le gustó mucho, y lo dijo en una serie de tuits y posteos en las redes sociales que tuvieron un impacto importante en las ventas (especialmente entre el lectorado femenino, donde el actor se ha revelado como un auténtico influencer). Pude acercarle ahora mi agradecimiento por su gesto, y conversar sobre su nuevo libro, un proyecto de largo aliento: una novela que viene escribiendo hace años donde mira su propia carrera actoral y, con una ironía no exenta de ternura, todo ese mundillo del show-bussines, los camarines, los reportajes, la vida pública encima de un escenario o adelante de una cámara, y la correlación con la vida privada, real, del personaje cuando sólo es una persona. Las diferencias entre la vida “de verdad”, y la que se muestra. La novela (¿autobiográfica? ¿auto-ficción?) se llama ajustadamente “La construcción de la mentira” (editada por Alto Pogo, 2018).

Aún en medio de una crisis carnicera, hay resquicios para hacer un asadito. De corazón.

 
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