Locura, salud, normalidad

Cuaderno de bitácora, por Nelson Specchia

En su ensayo de los años ’60 –hoy ya convertido en referencia ineludible- “La locura en la época clásica”, Michel Foucault muestra cómo hemos ido generando la exclusión del diferente, del que se aparta de la normalidad; (debería haber puesto estas palabras entre comillas, pero va a haber tantos entrecomillados en esta columna que mejor los obvio a todos: sabrán dónde van esas marcas de “atención que lo que viene hay que tomarlo con pinzas”). El filósofo francés retrocede en el tiempo hasta los leprosarios medievales (hubo unos 19.000 por todo Europa) y hace una lectura de cómo, superado el flagelo sanitario de la lepra, esos mismos sitios de extramuros siguieron ocupándose, reemplazando a los leprosos por los locos. Y los locos (no olvidar las comillas) fueron desde entonces muy difíciles de diferenciar, social y penalmente, de los demás apestados sociales (homosexuales, vagabundos, prostitutas, o simples pobres sin domicilio). Ello condujo a que aquellas colonias de exclusión se transformaran en cárceles, formalmente constituidas como instituciones penales públicas, y se reprodujeran de una manera exponencial.

En el medio siglo que lleva discutiéndose la obra de Foucault, sus derivaciones han sido polisémicas. Interpretaciones desde la seguridad, desde las planificaciones de políticas públicas, desde las perspectivas sanitaristas. Otra, inesperada, reavivó la disputa médica sobre la misma locura, incluyendo los debates sobre la existencia (o no) de esa entelequia denominada esquizofrenia. De todo ello, quiero remarcar una idea foucaultina insoslayable: que alguien esté loco no es una cosa evidente, y es imposible determinarlo sin incluir al entorno. Inclusive hubo épocas –recuerda Foucault mirando el cuadro “La nave de los locos”, del Bosco- en las que el loco fue el genio, el componente extravagante del conjunto por cuya boca hablaba la verdad; (algo que ha quedado en el imaginario popular, como puede verse en el refranero: sólo los locos y los niños dicen la verdad).

Una de las más importantes conclusiones del ensayo foucaultiano tiene que ver con el poder: la modernidad confió en que el conocimiento produciría poder, pero la lógica interna ha dado vuelta esa confianza ingenua al mostrar que es el poder el que genera el conocimiento. Los que tienen poder determinan lo que es normal, ergo, qué es la locura y quiénes son los locos.

Volvimos a repasar estos debates esta semana en el Cabildo. Me invitaron a presentar el libro de mi amigo Carlos Busqued, “Magnetizado”. Nuestra amistad con Busqued tiene larga data: nos conocimos hará unos 30 años, en la Universidad Tecnológica; en aquel tiempo yo era un joven profesor en los tramos iniciales de mi carrera docente, y Carlos estudiante de ingeniería metalúrgica. Pero a ambos, más allá de la cotidianeidad académica, nos acercó la literatura. Fundamos una mítica revista literaria, que aún se menta en los pasillos de la UTN (Busqued la diseñaba y diagramaba a tijera y tinta china, que en aquellos días aún no teníamos Internet). Recordé en la presentación que ya por entonces Carlos estaba obsesionado con los asesinos seriales y la relación de éstos con la locura: era un tema recurrente en esas eternas conversaciones de las madrugadas. Escribió algunos textos rondando esos temas, pero después los abandonó y siguió otros rumbos. Hace diez años, sorprendió a todo el ambiente literario nacional con su novela “Bajo este sol tremendo”: fue finalista del premio Herralde, llovieron las reseñas laudatorias, se formó un público lector de culto, y Adrián Caetano la usó para filmar “El otro hermano”, con Leonardo Sbaraglia y la estupenda Ángela Molina. Allí la locura sobrevuela las páginas como un ave negra. Pero una década después, Carlos Busqued vuelve a mover todas las estanterías y pone, ahora sí, la discusión sobre la locura y la normalidad en el centro de la escena en “Magnetizado”.

Como dije también en nuestro diálogo al presentarlo en el marco de la Feria del Libro, “Magnetizado” no puede encuadrarse en el género novela. Pero tampoco en ningún otro: no es, de hecho, una investigación sociológica, ya que no sigue ninguno de los métodos estandarizados. Se trata del registro -meticuloso, ordenado y literariamente depurado- de sus conversaciones con Ricardo Melogno, preso en cárceles e instituciones psiquiátricas desde 1982, cuando fue detenido tras el asesinato serial de cuatro taxistas.

En aquel año, un adolescente de 19 años, normal, taciturno, de clase media y sin ningún antecedente, subió a un taxi y al final del recorrido asesinó al chofer. Repitió tres veces más, con diferencia de pocos días y de manera casi idéntica, viaje y muerte. Su hermano lo denunció a la policía; ya detenido, admitió ser el asesino, describió en detalle y sin mostrar emoción alguna, coherente, plenamente consciente y racional, los asesinatos. No había locura en él, pero lo encerraron por loco. Sigue encerrado, aunque nunca más después de entonces tuviera un sólo acto peligroso en ninguna de las instituciones mentales por las que ha pasado. Quizás nadie sepa qué hacer con él (de hecho, diferentes distritos administrativos, como Capital Federal y Provincia de Buenos Aires, sostienen conclusiones diferentes de su caso). O quizás sea, como concluía Foucault, sólo una cuestión de poder.

El “Magnetizado” de Busqued, ese texto raro que no es una novela pero sí un texto literario exquisito, que se disfruta a pesar del dolor y del horror que contiene la historia, llena al lector de preguntas. No la menor es cuánta normalidad (o locura) hay en nuestros actos cotidianos.

 
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