Furia negra

Cuaderno de bitácoras | Nelson Specchia

“Bueno, por fin este vergonzoso escándalo histórico comienza a terminarse”, me contaba mi padre que había pensado la noche en que escuchó al doctor Martin Luther King jr. pronunciar aquella apología esperanzada de la convivencia interracial y de la conformación de una sociedad civilizada, en el país que había logrado salir de la Guerra Mundial como una potencia mayor del planeta. Mi padre era un librepensador, un científico heredero del iluminismo y de la enciclopedia, que seguía confiando -contra toda prueba- en que la humanidad se encaminaba hacia adelante, evolucionando sobre la superación de sus propios errores, dejando al costado de la historia las suturas con que iba cosiendo las llagas más purulentas de su cuerpo.

No es casualidad que, al pensar una metáfora para describir su pensamiento, acuda a imágenes médicas: él lo hacía permanentemente. Dirigía un hospital modelo y había dedicado su vida a la medicina sanitarista; se internaba, montado en unas ambulancias destartaladas, por esas picadas del monte, en unas campañas que no diferenciaban las vacunaciones de las extracciones de dientes podridos, el reparto de leche y vitaminas, las lecciones de profilaxis sexual de las refacciones en los puestos sanitarios que también servían de aulas escolares. Y todo porque había que superar el atraso, el subdesarrollo, la pobreza estructural, la marginalidad, la diferencia, y avanzar hacia un futuro, ese futuro donde la ciencia, la razón y el conocimiento nos darían la posibilidad de emanciparnos y vivir todos juntos y en paz. El futuro del hombre libre.

Me detengo en estos brochazos gruesos de la descripción de su pensamiento porque no fue exclusivo de mi padre, sino que describe también a todo un ideario y a las expectativas y esperanzas de toda una generación: esa que también integraba el doctor Martin Luther King jr., y uno de cuyos manifiestos liminares fue aquel discurso del líder negro, I have a dream.

“Estoy orgulloso de reunirme con ustedes hoy, en la que será ante la historia la mayor manifestación por la libertad en la historia de nuestro país. Hace 100 años, un gran estadounidense, cuya simbólica sombra nos cobija hoy, firmó la Proclama de la Emancipación, el trascendental decreto que fue un rayo de luz y de esperanza para millones de esclavos negros, chamuscados en las llamas de una marchita injusticia. Llegó como un precioso amanecer al final de una larga noche de cautiverio. Pero 100 años después el negro aún no es libre; 100 años después la vida del negro es aún tristemente lacerada por las esposas de la segregación y las cadenas de la discriminación; 100 años después, el negro vive en una isla solitaria en medio de un inmenso océano de prosperidad material; 100 años después el negro todavía languidece en las esquinas de la sociedad estadounidense y se encuentra desterrado en su propia tierra.

Por eso hoy hemos venido, por esta condición vergonzosa… Este documento era la promesa de que a todos los hombres les serían garantizados los inalienables derechos a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Estados Unidos ha incumplido esa promesa a sus ciudadanos negros, en lugar de honrar esta sagrada obligación, Estados Unidos ha dado a los negros un cheque sin fondos, pero nos rehusamos a creer que el Banco de la Justicia haya quebrado… Sería fatal para la Nación no darle la importancia a la decisión de los negros: este verano, ardiente por el legítimo descontento de los negros, no pasará hasta que no haya un otoño vigorizante de libertad e igualdad. Yo tengo un sueño: sueño que un día esta Nación se levantará y vivirá el verdadero significado de su credo: ‘Afirmamos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales’; sueño que un día, en las rojas colinas de Georgia, los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos, se puedan sentar juntos a la mesa de la hermandad; sueño que un día, incluso el estado de Mississippi, un estado que se sofoca con el calor de la injusticia y de la opresión, se convertirá en un oasis de libertad y justicia; sueño que mis cuatro hijos vivirán un día en un país en el cual no serán juzgados por el color de su piel, sino por los rasgos de su personalidad. Cuando repique la libertad y la dejemos repicar en cada aldea y en cada caserío, en cada estado y en cada ciudad, llegará el día en que todos, negros y blancos, judíos y cristianos, protestantes y católicos, puedan unir sus manos y cantar las palabras del viejo espiritual negro: ¡Libres al fin! ¡Libres al fin! Gracias a Dios omnipotente, ¡somos libres al fin!”

“Lo escuché y me dije: por fin este vergonzoso escándalo histórico comienza a acabarse”, me contaba mi padre que pensó aquella noche de 1963. Poco tiempo después el doctor Martin Luther King jr. moría acribillado a balazos. Su sueño -y el de toda una generación- sigue pendiente y aquel “vergonzoso escándalo histórico” goza de buena salud. De una hiriente, maldita y envenenada buena salud.

 
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