Elogio de la entrañable sobriedad

Cuaderno de Bitácora | Por Nelson Specchia

Vivimos, como predijo el gurú Discepolín, revolcados en un merengue donde las varas que miden el éxito son cada vez más livianas, más frágiles, más superficiales.
Estoy convencido de que hubo un cruce de caminos (esos donde -dicen- el diablo acecha para confundir a los caminantes) que terminó por moldear este rumbo de descalabro: el cruce del progresivo abandono de la discusión sobre los grandes proyectos del mundo deseable, viabilizados por la participación política (la hoy vilipendiada militancia en la construcción común de la cosa pública, la “res publica”).

Desde que el filósofo Francis Fukuyama publicase su celebérrima tesis de “El fin de la historia y el último hombre”, decretando en ella la muerte de las ideologías y la hegemonía de un liberalismo renovado y refundado tras la victoria de los Estados Unidos en la Guerra Fría, comenzó a machacarse con la meritocracia individualista como único sentido de existencia. Sin sorpresas, los constructos sociales que habilitaron esas perspectivas no fueron los de un nuevo despertar ético en las relaciones humanas sino, por el contrario, los alegres 90, con su timba privatista de concesión de lo común a la “meritocracia” empresarial de la iniciativa privada, y la reconversión de la producción hacia una economía orientada al capitalismo financiero. Hoy aún estamos sufriendo (y pagando) los enormes costos humanos, en órdenes de generaciones enteras, de aquella fiesta sin sentido.

Pero el diablo que estaba en el cruce de los caminos no solo movió sibilinamente esta flecha, sino que hizo que se cruzase con otra, tan peligrosa -o más- que aquella: el salto tecnológico en los flujos de información habilitó, vía internet, la posibilidad de multiplicar la visualización de cada quién a niveles planetarios. Los enormes aportes en socialización de los bienes culturales de la web han tenido, como en toda moneda, su contracara: convertir a cualquiera con acceso a la web en una usina -sin filtro ni responsabilidad ni límite- de temas, versiones, imágenes y tendencias de impacto multitudinario.

La nueva sociedad del espectáculo al alcance de cualquiera y el aplauso al individualismo exitista moldean este entorno que nos desconcierta. Y que desconcierta también por su fuerza, porque ni siquiera un descalabro como el del coronavirus, que ha puesto patas arriba todo, altera esa tendencia; así, vemos cómo en la televisión sin barbijos vuelven los cantando, o bailando, o comentando, o chimentando. Como si los golpes, por fuertes que sean, no llegasen siquiera a hacer mella en la superficialidad vacía.
En este mar de mediocridades y dudas, a las que el encierro y la cuarentena potencian, me dio una alegría inesperada recibir el nuevo libro de nuestro amigo Esteban Dómina, “Belgrano, a corazón abierto”.

Dómina es un hombre culto y un intelectual pre-Fukuyama: él sigue pensando que la participación en política de los hombres buenos es una responsabilidad personal y una necesidad social; y sigue creyendo que esos grandes proyectos de mundos deseables, las ideologías, son tan necesarios hoy como ayer y como siempre. Nuestra relación viene de vínculos familiares y universitarios antiguos, pero también nos acercan estas posiciones (“modernas”, en sentido estricto), porque yo pienso eso mismo. Y también nos vincula el inútil oficio de la escritura (en su acepción “moderna” asimismo, de actividad “no-utilitaria”, como la filosofía).

Tito Dómina ha hecho de la redacción de obras que reflexionen y cuestionen nuestro pasado como nación una habitualidad. Sus libros sobre Sarmiento, Derqui; títulos como “Historia mínima de Córdoba”; “Mujeres, la otra historia”; o “La independencia argentina”, que antes aparecían como lecturas interesantes, con el agravamiento de la superficialidad cultural se han ido convirtiendo en elementos imprescindibles, crítica de nuestro pasado y documentos para el urgente debate contemporáneo. Y así es este nuevo título, que aparece en un año doblemente belgraniano, cuando los números redondos del segundo centenario de la muerte de Don Manuel hacen que volvamos a mirar a ese hombre tan singular, antítesis de las figuras exitosas de nuestro presente.

Esteban Dómina se documenta profusamente para sus historias y biografías, pero, una vez que tiene todo el arsenal bibliográfico, lo deja a un lado e intenta humanizar el retrato. Es muy logrado su trabajo con la figura de Manuel Belgrano en esta historia, lo acerca al hombre de a pie, y funciona como un espejo para mirarnos y cuestionarnos. Un hombre bueno que entendió que vivir bien era vivir para los demás; que había que jugarse por un futuro mejor para todos; y que terminó tan pobre que solo pudo apelar a un viejo reloj para pagar las deudas de su médico.

Hoy, cuando la vara que mide el individualismo exitista pasa por tener mucho, todo lo posible, sin importar cómo se ha llegado a acumular lo que se tiene, Manuel Belgrano vuelve a ser una pregunta incómoda. Y absolutamente necesaria.

 
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