Y el papa lo hizo de nuevo

Cuaderno de Bitácora | Por Nelson Specchia

Cuando las primeras imágenes de la pandemia llegando al corazón de Italia recorrieron los portales informativos del mundo, dieron una de esas imágenes antológicas, que terminan llenando las webs de historia contemporánea (hace algunos años habría escrito: “esas imágenes que terminan llenando los diccionarios enciclopédicos”, pero estos mismos ya son objetos arqueológicos, sepultados bajo la levedad de Wikipedia). Al menos yo las he descargado y archivado en las carpetas de imágenes que guardo en la computadora “para alguna vez”. Me refiero, en concreto, a las fotografías tomadas desde la altura de alguna terraza de las que rodean a la Piazza San Pietro, en el centro de Roma y de la Ciudad del Vaticano, un miércoles (día de las audiencias generales del papa) gris y lloviznoso.

Los miércoles -todos los miércoles de todos los meses de todos los años, desde tiempos inmemoriales- Roma se transforma: la policía italiana corta las calles; instala detectores de metales en las veredas; el caos del tráfico cotidiano aumenta su anarquía; los puentes sobre el Tíber se preparan; y una marea humana cruza el río y colma hasta los resquicios más pequeños la gran plaza ovoide que enmarca la columnata de Bernini. Hasta hace algunas décadas, las concentraciones de los miércoles en la Plaza de San Pedro ocurrían por las tardes, pero los tiempos modernos empujaron a una corrección en las rutinas vaticanas: cuando el turco Alí Agca disparó sobre el papa Juan Pablo II mientras éste recorría los pasillos entre la multitud, el miércoles 13 de mayo de 1981, la seguridad y los funcionarios vaticanos no encontraban forma de sacar al papa de la plaza ni podían atravesar la anarquía del tráfico vespertino. Y mientras Karol Wojtyla se desangraba, tampoco encontraban sanatorios, ni médicos ni cirujanos ni servicios de emergencia activos: Roma ya había entrado en la pausa de los atardeceres y todos estaban disfrutando del aperol spritz: esa mezcla amarga y anaranjada de genciana, ruibarbo y quina que compone el inexcusable vermouth diario de los romanos. Desde entonces, las audiencias generales de los miércoles se hacen a media mañana, cuando todos los servicios están activos.

La revolución de la plaza de los miércoles está tan arraigada en el decurso de Roma, que aquella fotografía que menciono arriba es impactante por el quiebre que supone: una plaza vacía, rotundamente vacía; y la figura aislada, solitaria, del papa en su sotana blanca, parado en medio de la llovizna mirando hacia esa nada vacía.

¿Qué mira? ¿o hacia dónde? ¿y ahora, sin gente, qué va a hacer? Ésas fueron las primeras preguntas que me surgieron al ver la foto de la plaza desierta por el golpe de la pandemia, que llegaba a Italia diezmando geriátricos y encerrando a todos en la débil protección de sus casas. Tiempo después, un obispo argentino amigo, que trabaja en oficinas muy cercanas a las del pontífice, me ayudó a dilucidar aquellas dudas: “el papa está pensando” -me respondió cuando se lo consulté. “Y escribiendo. Escribe durante horas, todos los días: escribe cartas, y finalmente empezó a escribir la encíclica de la que viene hablando hace tiempo”.

Jorge Mario Bergoglio quizás estaba mirando, aquel miércoles plomizo bajo la llovizna, en los adoquines milenarios de la plaza vacía la estructura de su nueva carta encíclica: tendría que ser clara y ordenada, que pusiese en relación las ideas sueltas sobre la política, la sociedad y la economía que viene repartiendo en discursos, homilías, viajes pastorales y, principalmente, en esa catequesis de su magisterio que expone, miércoles a miércoles, cuando a la plaza puede llegar la gente.

La forzada reclusión de la pandemia terminó por germinar la encíclica “Fratelli Tutti” (“Todos hermanos”), que, en uno de esos gestos que tanto definen su pontificado, el pontífice argentino firmó esta semana en el altar de la cripta de san Francisco, el “Poverello” del que tomó el nombre, en los sótanos de la basílica francisca de Asís.

Como era esperable, el documento publicado por Jorge Bergoglio es de una radicalidad sociopolítica profunda, y a un mismo tiempo se hunde en las raíces tradicionales del magisterio pontificio -la denominada “Doctrina Social de la Iglesia”- y rompe, de una manera frontal, con los proyectos que pretenden apenas reformas cosméticas para vadear la crisis global a la que nos enfrentamos. No hay posibilidades de cambios sutiles, superficiales, delicados, coyunturales, frente a la velocidad y la gravedad del problema que enfrenta el planeta Tierra y la humanidad interconectada: hay que hundir el escalpelo a fondo: ni el liberalismo de mercado ni el populismo sirven para vadear este tiempo, hay que barajar y dar de nuevo.

Una revolución imprescindible y urgete, propuesta por el revolucionario menos pensado. La analizaremos en estas bitácoras, punto por punto.

 
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