La paciencia del indio

Cuaderno de Bitácora | Por Nelson Specchia

Hace algunos años, en 2012, publicamos nuestro libro “Bolivia. La refundación multiétnica sobre la riqueza del Potosí”, junto a nuestro estimado ex alumno Hernán Camps, y con los ensayos y trabajos de los estudiantes de Política Internacional. En aquel volumen, además de analizar la inédita transformación en materia hidrocarburífera y energética impulsada por el (por entonces) emergente fenómeno de Evo Morales y el Movimiento al Socialismo, nos adentrábamos en unas consideraciones preliminares sobre el propio fenómeno: el de un indio haciendo una revolución política, estructural, radical y profunda, sin apelar a las armas ni a la violencia clasista contra un poder establecido y hegemónico por cinco siglos. De hecho, en la portada de aquel libro, publicado por la Editorial de la UCC, se ve a Evo en las ruinas del Tiahuanaco, con vestimenta y tocado ceremonial aymara, recibiendo de los ancianos amautas los símbolos ancestrales del poder en los bastones con las dos cabezas, la del cóndor y la del puma: el aire y la tierra, el Altiplano y el Beni, la montaña y la selva.  

He vuelto a revisar aquellos ensayos y debates en estos días: por entonces, Evo acababa de asumir su segundo mandato, tras ganar las elecciones y ser reelecto Presidente con el 64,22% de los sufragios; hoy, aquel fenómeno que estudiábamos en su irrupción ha tenido su prueba de fuego. Y ha salido de ella rotundamente fortalecido. Lucho Arce, el ministro de Economía de Evo, el hacedor de la transformación hidrocarburífera y del litio, va a terminar recuperando el poder con una victoria aplastante del MAS, con un resultado final muy cercano al de aquellos guarismos de hace una década.

Y me detengo en la mención y el comentario de aquel trabajo académico nuestro, porque una de las tantas sorpresas del reciente proceso electoral boliviano ha sido el error de interpretación de los analistas políticos, que han confundido, una vez más, la lectura de la realidad con sus propias y personales aspiraciones sobre lo que esa realidad debería ser. Eso hicieron tras el golpe de Estado parlamentario-militar encabezado por Jeanine Añez y avalado por el secretario general de la Organización de los Estados Americanos (OEA), el hoy tan cuestionado Luis Almagro. Cuando el golpe forzó el desplazamiento de Evo Morales, una buena porción de los analistas regionales dio por definitivamente cerrado ese “paréntesis excepcional”, como llamaron a los años del evismo y a la experiencia “poco transparente” de la instauración de la república plurinacional. Un período que, supuestamente, se caía por su propia “anormalidad”. O, como lo expresó la misma presidenta de facto en sus primeras declaraciones tras el golpe, sin ninguna sutileza: “Bolivia libre de ritos satánicos indígenas, la ciudad no es para los indios: que se vayan al Altiplano o al Chaco”, mientras alzaba en sus brazos, ya con la banda presidencial terciada, una inmensa Biblia cristiana.

Una interpretación que fue lamentablemente acompañada por la política exterior argentina, que, rompiendo con su tradición, expresó, por boca del entonces canciller Jorge Faurie, que en Bolivia no había un quiebre institucional ni un golpe de Estado, sino apenas “una sugerencia del poder militar al sistema democrático”. Y no fue una casualidad: esa línea interpretativa respondía a la misma lógica expresada tras la llegada de Mauricio Macri al gobierno en la Argentina: “el peronismo se acabó, no vuelven más”. También aquí la realidad se ha encaprichado en no amoldarse a los deseos de sus comentaristas. Lo central en el error de ambas miradas es la falta de perspectiva histórica, y confundir las alteraciones coyunturales con cambios de ciclo en la dinámica de los movimientos populares.

Pero, en el caso boliviano, esa prédica de una parte de la intelectualidad latinoamericana fue tan extendida que llegó inclusive a persuadir al gobierno de facto de que era “natural” vencer al evismo en unas elecciones presidenciales, organizadas y controladas por ellos desde el Palacio del Quemado y desde la administración de las grandes ciudades. Deberían irle a reclamar a sus analistas y periodistas políticos semejante error de interpretación, porque el cambio de ciclo histórico fue el de Evo, no el de Añez. Pero para ver eso hay que tener alguna distancia de los prejuicios ideológicos y un poco más de formación histórica.

Y un punto a favor sobre el rumbo futuro: cuando le preguntaron a Evo, ya instalado en el exilio argentino que le había dispensado Alberto Fernández (en contra de la opinión de todo el arco opositor, incluyendo la voz oficial del presidente de la Unión Cívica Radical, Alfredo Cornejo), por qué no había resistido el golpe de Estado si tenía con él a las mayorías populares y a los mineros de la COB, Morales respondió que, si lo hacía, hubiese implicado un baño de sangre indígena. Y que, entre la sangre y el tiempo, él prefería el tiempo. Y el tiempo le dio la razón.

Como enseñan los rabinos en las sinagogas comentando el primer capítulo del libro del Eclesiastés, “el que es sabio es paciente, sabe controlar su brazo y habla cuando tiene que hacerlo”. Todos agradecemos esa paciencia, y festejamos esa sabiduría.

 
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