Dos paradigmas televisivos

Simulacros del fin del mundo | Lucas Asmar Moreno

Dado que nos convertimos en versiones cibernautas de Ana Frank, uno podría suponer que el on demand se impuso sobre el viejo esquema de la televisión en vivo. Las subscripciones a Netflix aumentaron en 180 millones, duplicando las ganancias de los meses de marzo y abril del año pasado. También se abren paso Apple TV, HBO Go y Disney+, en lo que algunos anticipan como la guerra de las plataformas. Los contenidos se multiplican para inaugurar el mayor basural de series y películas de la historia.

Cada tanto nacen entusiasmos como “Fleabag” o “Poco ortodoxa”, manteniendo a las hormonas en vilo luego de una bulimia de decepciones.
Esta colonización audiovisual tiene su trayectoria, solo que hoy se aceleró. ¿Acaso no ha padecido cada hábito socio-tecnológico de un aceleracionismo? Homebanking, teletrabajo, sexting, aulas virtuales, ciberyoga. No obstante, existe otra dimensión, antigua, conocida, en declive, que no cambió sus modales y se hizo imprescindible: la televisión clásica. Es ella la última ilusión de unidad ciudadana, la que oficia como puente de una realidad que no podemos experimentar públicamente pero sí mirar con zócalos y música de thriller.

Testimoniamos la primera pandemia televisada, superior a ese esbozo que fue la gripe aviar en el 2009 (en definitiva, un murciélago conecta mejor con los miedos inconscientes que un pollo ridículo). Cada canal del mundo adhiere a una misma línea editorial: el coronavirus y sus imaginarios. Sintomatología, prevenciones, estadísticas, consecuencias. La supresión de contenidos divergentes es total, en buena medida por la supresión de otros signos culturales que permitían fabricar eventos coloridos. La separación de Laurita Fernández y Nicolás Cabré en un contexto normal hubiese sido Trending Topic, ni hablar de la muerte de Goldie, la melliza de Mirtha, que bajo un funeral con libre circulación hubiese inspirado los memes del año.

La rutina mundial se empareja gracias a los tutoriales de epidemiólogos en el prime time. Es el brote globalizador más contundente desde que la globalización se impuso como concepto: cualquier pueblo, nación o Estado anula sus costumbres en honor a las recomendaciones de la OMS: quedarse en casa, cubrirse la boca, lavarse las manos.
Estamos atrapados en un broadcast macroscópico que transforma a cada dirigente político en personaje de un mismo esquema dramático: la pandemia. El negacionismo de Trump, Boris Johnson, Bolsonaro; la disyuntiva infructífera entre economía y salud; los números en placas que a modo de Excel dividen contagiados, muertos y recuperados según cada país; las construcciones de España e Italia como recintos decrépitos del virus; la exacerbación patriota (idéntica en cada patria) del personal de salud; la especulación de seis vacunas o la salida del closet de substancias como la hidroxicloroquina.

Lo que este tejido narrativo demuestra es que la televisión en vivo resulta performáticamente superior a la televisión on demand: actúa tanto como show y como diseñadora de una realidad vedada. Nosotros, los confinados domiciliarios, obtenemos un cordón umbilical con el exterior. El contenido por streaming, en cambio, se limita a ser un consumo que solo puede construir realidades en diferido, en forma de substratos culturales que modelan subjetividades con el paso del tiempo; lo performático de la televisión en vivo, en cambio, es insustituible, trabaja en la inmediatez y es constitutiva en aquellos acontecimientos que marcan ritmos históricos: una elección presidencial, un atentado terrorista, un mundial de fútbol.

Hay otro detalle que le dará una vida extra a la televisión en vivo: el coma de los rodajes, la parálisis total de la maquinaria audiovisual que en unos meses se traducirá en carencia de contenido. ¿Reciclar lo viejo? Podría hacerse, pero la obnubilación ante lo nuevo es el metrónomo del consumo. El retraso de otra temporada de “La casa de papel” o de algún spin-off de “Star Wars” harán de las plataformas on demand un punto muerto que les quitará interés. El crecimiento actual de los usuarios aburridos en sus casas obtendrá como correlato el empobrecimiento posterior de los catálogos ¿Estafa sigilosa?
Este dato no concierne exclusivamente a las plataformas de streaming pero es ilustrativo: todos los estrenos de Marvel Studios se reprogramaron casi dos años. Esos dos años serán una sequía pop que encontrará su reemplazo en la televisión clásica: reality shows, noticieros, más programas de panelistas y, en el mejor de los casos, algún unplugged inspirado para saciar la nostalgia por los recitales.

Todos somos Ana Frank con WiFi. He allí la singularidad que habilita un tercer paradigma televisivo, quizás síntesis de los anteriores. En los últimos años presenciamos el estallido de los youtubers o influencers, movida que conjugaba una televisión cuasi en vivo con el on demand. Este “en vivo” no solía serlo, los youtubers consagrados diagramaban y producían contenidos que luego subían a sus canales, pero la característica de estos contenidos era el anclaje a un tópico actual y su consecuente fugacidad. Mientras la lógica del consumo seguía respondiendo al on demand (el usuario elige qué ver, cuándo y cómo), la revisitación se tornaba inútil, como recrear un estado de shock con la noticia de ayer.

Este tercer paradigma no inserta a los youtubers como figuras proactivas ni como las nuevas estrellas que acapararán la escena, más bien nos involucra a nosotros como televisores portátiles sumidos en un eterno ensueño táctil.

Porque si una transmisión en vivo es performática y un contenido on demand es la elección del ocio, videollamar a tal o cual amigo, compañero de trabajo, amante o familiar a lo largo del día y en cualquier horario será la concatenación de ambas instancias: artilugio que abre una esfera mitad pública y mitad privada pero que, a su vez, queda controlada por las exigencias y demandas afectivas del usuario.

En pocas palabras, la televisión seremos nosotros bajo un feedback cada vez más esquizoide entre actor, espectador y expectante.

 
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