¿Quién es Lizardo Ponce?

Simulacros del fin del mundo | Por Lucas Asmar Moreno

John C. Reilly es un actor con una peculiaridad: se lo conoce por papeles secundarios. De nombre resulta difuso, pero si uno googlea se sorprende por una trayectoria que lo incorpora al canon cinematográfico contemporáneo: “Pecados de guerra”, “La delgada línea roja”, “Dolores Clairborne”, “Magnolia”, “Las horas”, “Pandillas de Nueva York” o (y aquí ya nos corremos del canon) “Chicago”, por la que obtuvo su única nominación al Oscar. John C. Reilly brilla en los márgenes, ayuda a enaltecer una película con modestia. Asume un compromiso, sacrifica su singularidad, es un siervo del elenco.

Con Lizardo Ponce sucede algo similar: nadie sabe quién es, pero al verlo se lo conecta de algún lugar remoto, como esos recuerdos nubosos pero inobjetables. En los últimos meses hizo lives en Instagram con figuras de peso internacional: Lali Espósito, Sebastián Yatra, Tini Stoessel o Danna Paola (curiosa selección endogámica), pero también con figuras de peso nacional: Santiago Maratea, Martín Cirio, Yanina Latorre, Lourdes Sánchez o Juan Marconi. Hasta Telefe lo contrató para que transmita al término de Bake Off. ¿Su cantidad de seguidores? Atención: un millón doscientos mil hasta la fecha.

Su carrera no arranca en Instagram. El joven es oriundo de Córdoba y supo colaborar con el diario Día a Día. Luego se radica en Buenos Aires y empieza un lentísimo flirteo con la productora de Tinelli, hasta llegar a un resultado contundente: la participación en el Cantando 2020. Forzando la memoria, quizás alguien lo asocie al “jurado outlet”, esas personas sentadas en el piso del estudio del Bailando, que celebraban cosas o disentían puntajes. Lizardo también fue panelista de un programa doblemente satelital: La Previa del Show, por la señal de cable Magazine TV, que no equivale a Este es el Show, transmitido por la señal de aire de El Trece. Durante los veranos era usual verlo en Carlos Paz deambulando con los integrantes de la productora Dabope, y quizás alguien pueda rememorar un móvil en Intrusos, como el testigo imparcial de un conflicto entre Barbie Vélez y Cande Ruggeri.

Lizardo Ponce es tan omnipresente como invisible y esto arroja algunas lecturas. La primera es histórica y reduccionista. Delata nuestro federalismo traumatizado: alguien del interior que disimula su idiosincrasia para encajar en la Capital, espantando cualquier pintoresquismo folklórico (la tonada, por ejemplo) y rodeándose de buenos contactos. Arribismo sano, en absoluto repudiable. La segunda lectura tiene más relieve porque nos aproxima a Lizardo como producto artístico: un bot-interlocutor, sin nada que decir, pero habilidoso para catalizar la palabra ajena. Bot-interlocutor soñado para una celebridad que no quiera salir de su zona de confort. Austero, obsecuente, incoloro, inofensivo o “clean”, como lo describe Santiago Maratea, con quien despliega un teatro de seducción gay que, lógicamente, dirige la tensión hacia Maratea, el chico heteronormado que decidirá la concreción del romance.

Si nadie identifica a Lizardo Ponce pero su caja digital es tan suculenta se debe a un perfeccionamiento como geisha cibernética, compañía que garantiza el control del ego. Todo en él se torna misteriosamente mediocre. De belleza prototípica, agradable a la vista como un paisaje nevado. Cuando busca escándalos carece de sangre; sus rencillas tienen un dejo amable y sobreactuado. Inteligente pero no lúcido. Rápido pero no gracioso. Suelto pero no carismático. Dulce pero no enternecedor. La única cualidad auténtica es una timidez disimulada con excesos de entusiasmo. Una timidez de baja intensidad, inocultable. Acorde a esto, su muletilla mejor diseñada es llevarse la mano a la boca; el resto de su gestualidad no llega a la robótica pero sugiere alienación. Es una silueta trazada con una hoja de calcar, ni idéntica ni distorsionada: apenas distinta para reconocer el carácter de copia.

Conclusiones rápidas dictaminarían que el conjunto es desfavorable, que Lizardo necesita una serie de atributos que hagan del yo un crujido. En absoluto: ser un bot-interlocutor lo convierte en el influencer ejemplar.

Un intelectual -salvo que sea un divulgador- no utiliza la misma materialidad del influencer (Instagram, Twitch, YouTube). Al crear pensamiento o poner ideas en crisis, el intelectual necesita de otros dispositivos que permitan la extensión y la pausa contemplativa del discurso. Influir, en cambio, no demanda elaboración propia, es inercia conductual, algo que antecede al sujeto y que está regido por la forma. ¿No hay acaso una chistosa complicidad cuando el influencer promociona productos de modo “casual” como los actores en The Truman Show? ¿No hay una estela impropia cuando el influencer arroja consignas de tolerancia, inclusión o antibullying? Un influencer llega a serlo cuando se adapta al ecosistema que legitima su investidura.

No antes, sino recién ahora, momento histórico en donde la virtualidad llegó a una saturación delirante, Lizardo Ponce nos resuena. Obvio: es el influencer platónico, médium total, recipiente para cualquier líquido. Este equilibro es lo que toda marca reclama para visibilizarse sin ser eclipsada por su promotor (y por marca también hay que comprender a los personajes que lo rodean).

Bajo este esquema, ¿podría considerarse a Maratea un influencer? Difícil: su pensamiento es inquieto, excede la moldura digital entrecortada y por ello devino en conductor radial de Vorterix. Maratea concreta, como otros íconos espectaculares, aquello que Andy Warhol predicaba: hacer de sí mismo una mercancía. Lizardo, en cambio, es la interlocución en desarrollo, un yo vaciado y vuelto a llenar con suscriptores. Figura genérica que está en todos lados sin estar, como un espectro que no perturba.

Queda un interrogante fundamental: ¿hay autoconciencia en su insipidez? Probablemente no, y esto es lo que marca la diferencia con John C. Reilly. El gris flúor para Lizardo debe significar déficit en lugar de nobleza. No debería, porque lo que consiguió es simbólicamente poderoso. Si uno quiere tener referencias de lo que es una formidable actuación secundaria, debe revisar la filmografía de John C. Reilly. Del mismo modo, a la pregunta del futuro “¿cómo eran los influencers?”, responderemos con un retrato de Lizardo Ponce. ¿Quién? La singularidad no importa en lo más mínimo.

 
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