Doblaje de lo real

Simulacros del fin del mundo | Por Lucas Asmar Moreno

Fenómeno que destaca por su simpleza e intriga por su efectividad: a un momento televisivo icónico o a un viral se le sobreimprimen voces en español neutro. Basta tipear en YouTube “doblaje latino” para encontrar ejemplos: Pagani vs Fabbri, La tenés adentro, Iorio en Mundo Casella, etc. Que Ricardo Fort diga “madre, nos quedamos sin suministro eléctrico” en lugar de “mamá, cortaste toda la loooz”, es irresistiblemente gracioso. Como toda buena fórmula, el enjambre cibernético empezó a probar sus doblajes, pero el concepto y la correcta ejecución le pertenecen a un cosplayer llamado Santiago Magnone (@vegeta_tributo en redes).

Además de alterar la voz original, Magnone piensa qué palabras serán reemplazadas o qué modismos oficiarán de enroque. Hay un nivel fonético y otro lexical; si con el primero nos extrañamos, con el segundo se enciende el auténtico corazón del chiste. Porque lo atractivo es la materia prima: un pasado audiovisual, recuerdos constitutivos de nuestra Historia Mediática. ¿Acaso alguien desconocería el móvil de Crónica TV con un motociclista accidentado comparándose con Schumacher? Sí, también tiene su reversión.

Estos doblajes latinos adulteran lo autóctono con patrones televisivos internacionales y por ello sería difícil que funcionen con videos extranjeros. Mientras más se alejan de nuestra cultura, más tambalea la idea, como lo demuestra la reversión que hizo Magnone de un video paraguayo (Diez mil Guaraní). La complicidad no desaparece pero se debilita.

Como cajas chinas, al pasado mediático (que compartiríamos todos) debemos extraerle otro pasado generacional (que compartiría una franja específica). Este segundo pasado es un tiempo de crianza contaminado por doblajes latinos, tanto en dibujos como en series y películas. Un detalle en la industria del doblaje es la utilización de un repertorio limitado de voces para un repertorio ilimitado de personajes. Estas voces, además de ser literalmente las mismas, se rigen por estándares del habla que suprimen regionalismos. Pulcritud en aras de sanitarizar el lunfardo para que un niño aborigen diga “diantres” y se entienda con cualquier otro niño hispanohablante. Suerte de esperanto infanto juvenil que neutraliza la identidad sonora de las ficciones. Qué distinto es oír un anime en japonés, con esa dureza hiperbólica, tan simbiótica a la apuesta gráfica.

En diálogo con Santiago Magnone tenemos a Matías Mazzagatti (@matimazzagatti en redes), artista visual que adapta sucesos políticos en formato anime. Mazzagatti es el reverso complementario de Magnone: por un lado, trabaja con un pasado más inmediato, y por otro organiza este material a través de collages narrativos. Mazzagatti también suplanta las voces de los políticos por diálogos falsos en japonés, completando el pack estético. Tales diferencias serán apenas anecdóticas, ambos están obsesionados con sus imaginarios infantiles para calibrar el mundo a una emotividad generacional.

Ni siquiera es correcto hablar de “remake de lo real”: estos artistas enferman lo real, lo descomponen y luego lo atornillan a una irrefutable lógica esquizoide. Sus creaciones son desfasajes de placas tectónicas que se unifican con una inesperada placa imaginaria, negando la incongruencia. ¿Y no es ése nuestro espíritu de época? ¿No somos el déficit comunicacional de nuestras propias experiencias vitales? La realidad parece haber olvidado toda correspondencia simbólica con las instituciones que ordenan nuestra vida comunitaria, por ende, no sabemos cómo lidiar con el devenir salvo a través de la alucinación. Cada suceso se nos torna extraño e imposible pero también innegable. El meme, el gif, el emoji y el sticker gozan de prestigio porque son sobreescrituras nunca definitivas, artificios de antemano declarados, imágenes despolitizadas que pueden usarse en contextos múltiples. Hasta podría instaurarse la siguiente fórmula: una imagen tiene más chances de ser meme mientras más polisémica sea.

El humor de Magnone y Mazzagatti son manifestaciones de locura homeopática, delirios calcificados en nuestra memoria sin el poder suficiente para crear una realidad alterna, pero con el poder necesario para cambiar los modales de lo acontecido. Son representaciones fuera de eje: en el doblaje neutro sabemos que Ricardo Fort nunca diría “suministro eléctrico” y en los clips de anime sabemos que Alberto Fernández no tira rayos para expropiar Vicentin. Pero el carácter ficcional queda curiosamente incompleto, por eso la demencia aquí es triste y conciente. ¿Pero y si estas realidades necesitan ser violentadas suave y cómicamente porque solo así logran internalizarse.

Estaríamos ante la fantasía de reescribirnos bajo las leyes de una educación sentimental millennial. Las adulteraciones del material (íconos mediáticos y aconteceres políticos) son gestos histéricos para que un mundo insoportable encaje como experiencia infantil. Ni siquiera es nostalgia porque no existe el resabio de un tiempo perdido. Magnone y Mazzagatti están atrapados en un bucle estético: sus cogniciones fueron moldeadas por una industria cultural y sus reescrituras, lejos de la sublimación, son síntomas de una generación impotente para ingresar en alguna categoría satisfactoria de adultez. Magnone y Mazzagatti son arquetipos del adulto infantilizado: lo suficientemente profesionales como para crear algo de calidad y lo suficientemente inmaduros como para superar una fase biográfica.

¿Puede acaso esta regresión vislumbrar alguna veta política, cierta resistencia? En la compulsión por distorsionar una herencia, Magnone y Mazzagatti demuestran una tajante disconformidad con el presente. Pero el substrato histórico no es negado, sino fantaseado. Para ambos, “lo argentino” es impropio, sospechoso. En cambio, sí sienten propios aquellos productos culturales que por la fuerza y a contravoluntad los diseñaron afectivamente. El remix debe ser visto como una rebeldía vindicadora. Copias sobre copias que en definitiva crearán esa misteriosa esencia que define a una generación.

 
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